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03 febrero 2013

EL JARDINERO





RATED: M (+18 años)

GENERO: Romance/drama

PAREJAS: Edward / Bella

Universo Alterno - Todos humanos



Sumary: 
Un nuevo jardinero pondrá de cabeza el mundo en el que vive la rica heredera Bella Swan. Él es todo lo que ella siempre quiso... salvo que no tiene un centavo.

¿Será suficiente el amor para vencer las barreras sociales?





































Epílogo Jardinero


EPÍLOGO

EL AMOR VERDADERO NO TIENE FINAL

—Vamos amor, sólo un esfuerzo más— Edward se veía tan dulce tomando mi mano mientras nuestro hijo nacía. Si no me estuviera doliendo tanto le pediría un beso. Ahora sólo tenía las uñas clavadas en sus brazos mientras trataba de no chillar. Y a él parecía no importarle las profundas marcas que le estaba dejando.
Tomé aire, tratando con todas mis fuerzas de pujar… y de no gritar. Ay maldita sea, Edward dice que no se debe maldecir pero esto duele como… no debo decir palabras soeces.
—Eso es, lo tenemos. Lo ha hecho muy bien Bella. Señorita Young hágase cargo del bebé— la voz del doctor Uley, o Sam como quería que lo llamara, sonaba tranquila.
— ¿Qué fue?— pregunté mirando a Edward. Al fin había dejado de sentir esa dolorosa sensación de estar partiéndome en dos. Estaba sudada, despeinada y muy cansada pero no podría pegar un ojo sin saber si mi bebé era un él o ella.
— ¿Sam?— preguntó Edward.
—Es una hermosa niña— podía sentir la sonrisa en su voz.
Una niña, una hija mía y de Edward. Recosté mi cabeza en la almohada muy feliz.
— ¿Amor estás bien?— escuché alarmarse a Edward y abrí los ojos para darle tranquilidad a pesar que el sueño me ganaba.
—Sí, estoy bien, sólo algo cansada.
—Lo sé, eres grandiosa… te amo— me besó, quise continuar con aquello pero entonces escuchamos un gran chillido que hizo que nos separáramos y sonriéramos. Nuestra hija tenía mucha fuerza.
—Se oye tan llena de vida— murmuré.
—No veo la hora de llevármelas a casa— volvió a darme otro beso, pensé en el rostro de felicidad que tendría Esme cuando lleguemos. Viviríamos con ellos mientras reuníamos capital en el nuevo proyecto de decoración que habían iniciado Edward y su madre. Por ahora él estaba asistiendo a una escuela de paisajismo y le iba bastante bien.
Los ojos se me cerraban, apenas era consciente que estaban terminando de asearme.
—Aún no debe dormir señora Bella, aquí le traigo a la pequeña. Necesito el nombre para escribirlo en su muñequera— Emily, la novia del doctor Sam me alcanzó aquella cosita rosada envuelta en una cobija. Era adorable, tenía los ojos abiertos y miraba en todas direcciones buscando algo.
La tomé con suavidad, el dolor que sentía desapareció por un momento.
—Reneé— dije pensando en mi madre. –Esme—volví a hablar, ahora pensando en la madre de Edward. No sabía por cual nombre decidirme.
— ¿Reneesme?— preguntó Edward.
— ¿Los dos nombres juntos? ¿Te suena bien?— lo miré su rostro tenía una gran sonrisa.
—Ok, Señorita Reneesme Cullen— dijo Emily colocando un diminuto brazalete en la mano de mi bebé.
— ¿Se quedará con ese nombre?— pregunté sorprendida por la rapidez de la pediatra.
—Es provisional, pueden cambiarlo luego— volvió a irse.
—Hola Reneesme, soy tu mami— le dije acercándome a besar su pequeña frente.
—Tienes la madre más hermosa del mundo— agregó mi esposo. Le sonreí.
Qué bien sonaba llamarlo así. Y ya teníamos casi 4 meses de feliz matrimonio.
Nos casamos en casa de sus padres, en una íntima y preciosa ceremonia, que desde luego mi mejor amiga Alice organizó. Fue la única vez que he visto a mi padre en este tiempo. No supe de qué forma se enteró, ni como se presentó así, de pronto. Sólo para llevarme de su brazo los metros que me separaban de la escalera al altar. Fueron los pasos más felices que he dado. Luego de terminar la ceremonia y sin despedirse se marchó. Y por lo que sabía estaba saliendo con Sue, su secretaria. Ahora estaban de viaje. Quisiera que conociera a su nieta. Y que me perdone algún día. Edward dice que no me odia pero que todavía no es el momento propicio.
—Reneesme Carlie ¿Qué te parece? Carlie por Carlisle y Charlie— mi pequeñita bostezó lo que le sacó una limpia carcajada a su padre. Ya lo tenía tomado con sus manitas de un dedo.
—Me perece perfecto como ella— besó su frente. Los ojos de Reneesme se abrieron totalmente buscando al dueño de aquel beso. Eran de un marrón claro, más bonitos que los míos, pero se parecían mucho. Su cabello no podría precisarlo hasta que esté seco y crezca un poco más, apenas tenía unas pelusitas.
—Debo terminar de hacerle los exámenes a la princesa y la reina debe descansar— sentenció el doctor Sam. A regañadientes me separé de ella.
—Tiene razón preciosa, estaré pendiente de ella, debes dormir, ha sido un día agotador para ti. Estaré a tu lado cuando despiertes— prometió
.
Me desperté algo preocupada, debían ser de noche porque todo estaba oscuro. Y no había nadie más en la habitación. Pero tenía la sensación que Edward había estado a mi lado todo el tiempo. Es más, el lado derecho de mi cama aún guardaba su calor. Traté de incorporarme. Me dolieron un poco mis partes y mis manos fueron inmediatamente a mi vientre. Ya no estaba, mi bebé…
Ahora recordaba, ya había nacido. Y necesitaba tanto verla otra vez.
Con cuidado bajé de la cama. Di unos pasos, sentí ardor entre mis piernas pero podía caminar. Tomé un suéter de la maleta que había traído y me abrigué bien. Salí a mirar a los pasillos. Si Edward me encontraba era capaz de regresarme en brazos a la cama.
Me arriesgué a caminar un poco más. Si tan sólo pudiera llegar a la sala de neonatología y ver a mi Reneesme aunque sea de lejos. Creo que podría reconocerla.
Caminé lentamente por los pasillos, me crucé con una jovencita que parecía tan asustada como yo, me indicó el camino y llegué a una gran corredor donde en lugar de pared habían vidrios inmensos. Y al otro lado estaban muchos bebés en sus respectivas cuna o en cristales de incubación. Quedé fascinada. Al menos unos 20 bebés entre despiertos y dormidos esperaban por sus padres.
Me acerqué un poco más, había tan sólo una persona allí. Pero a medida que daba mis lentos pasos, la espalda de aquel hombre me pareció conocida.
Era mi padre, y estaba absorto observando una cuna en especial, a un bebé envuelto en una cobija rosa. Mi hija. "Reneesme Cullen" decía la inscripción en su cabecera. Y Charlie la miraba con adoración, incluso de perfil se notaba su amor por mi bebé.
—Tu hija es hermosa Edward— dijo cuando sintió mis pasos. Él creía que hablaba con mi esposo. Seguro por eso Edward me dejó sola, prometió estar conmigo cuando despertara. –Debe ser vanidad de mi parte pero creo que jamás veré un bebé más precioso que mi Bella— dijo aquello con tan emoción en su voz que no pude evitar soltar una lágrima.
—Gracias papá— dije limpiando mi rostro. Él se giró a verme evidentemente sorprendido.
—Pequeña ¿Qué haces levantada tan pronto?— dijo mirándome. Sentía que quería abrazarme pero se contenía.
—Necesitaba ver a mi hija— dije tratando de contener las lágrimas.
—Bella… podrías… ¿Podrías perdonar a éste viejo tonto?— tenía la mirada clavada en el piso. Charlie no era una persona muy expresiva, así que eso era muy significativo para mí.
—Papá…— me arrojé a sus brazos. Me abrazó y besó mi coronilla. Lo había extrañado tanto, me había hecho mucha falta su presencia. –Perdóname tú papá… yo debí haberte dicho, no debí ocultártelo— traté de hablar pero no me dejó continuar.
—No. Creo que habría actuado igual de intransigente si lo hubiese sabido antes. Yo… nunca me di la oportunidad de conocer a la gente por lo que es en realidad. Siempre evaluaba primero su posición y su dinero para hacer amistades— confesó. –Pero tu madre no era así, a ella no le importaban las clases sociales, ni la divisiones de ese tipo, ella era tan auténtica… te pareces mucho a Renée— limpió mis lágrimas.
—Eso no es cierto… yo no era buena cuando conocí a Edward. Pero me enamoré de él, y eso me cambió por completo— él volvió a abrazarme.
—Te entiendo, en estos meses hemos conversado mucho, le pedí que no te contara nada. Él me buscó antes de su boda, me pidió que estuviese allí, fue muy insistente— sonrió. –Y en las últimas semanas yo fui el que me acerqué para saber de ti. No quería que te alejaras más. Siempre hemos sido nosotros contra el mundo ¿Lo recuerdas?— yo sonreí. –Edward es buen sujeto, lo habría aceptado aunque siguiera siendo un jardinero, porque sé que te ama y que cuidará bien de ti cuando yo ya no esté—
—No digas eso— me abracé otra vez a él.
—El tiempo pasa hija y yo sólo deseo que seas feliz— me abrazó nuevamente.
—Y lo será, yo me encargaré de eso— era la suave voz del amor de mi vida. Después que me solté de Charlie me giré a verlo, traía una hermosa sonrisa en sus labios.
—Gracias— le dije. Estiró sus brazos y me acomodé para que me llevara de vuelta a la habitación.
.
Al día siguiente desperté con la habitación llena de flores, globos y pequeños peluches rosas. Edward y Alice estaban conmigo.
—Ey enana viniste…— le sonreí.
—Hace horas, ya la vi, es una cosita preciosa. No veo la hora de probarle ropa, le he traído algunos conjuntos de verano tan monos— se veía realmente feliz. Se levantó a mostrarme la ropa para mi hija.
—Es precioso, no había visto estos modelos en las visitas que hicimos con Esme al centro comercial— le dije.
—Porque son exclusivos. Yo misma los hice y ahora estoy en un proyecto para una línea de ropa de niñas. Tengo tantos vestiditos en mente— parecía tan feliz con esto.
—Amor iré pedir que nos traigan a Reneesme, la familia llegará en unos minutos— Edward me dio un beso y salió.
—Se ve que te ama, ya nos hicimos amigos y me cae bien… Bella, tengo algo que decirte— parecía querer saltar por la habitación. La conocía bien, algo grande debía ser.
Me miró alargando el silencio y mi curiosidad. Simplemente elevó su brazo hacia mí para mostrarme en el dorso de su mano una preciosa sortija que brillaba en su dedo corazón. Era preciosa, con un pequeño diamante coronando la joya. Solté un pequeño grito de felicidad y ella casi se arrojó sobre mí.
—Felicidades… Alice— dije cuando nos abrazamos.
—No lo puedo creer, yo pensé que mi Jasper esperaría a terminar su MBA, a comprar una casa, tú sabes lo previsor que es. Pero la semana pasada después de una tarde juntos me llevó a dar un paseo a la luz de la luna y se arrodilló. Fue… perfecto Bella— sus ojos brillaban, supe que serían inmensamente felices. Siempre me había parecido que eran el uno para el otro pero ya llevaban casi tres años juntos y temí que su relación se enfriase.
Una boda… sonaba tan bien.
— ¿Será pronto? Debo ponerme en forma, o no entraré en el vestido— me quejé.
—Esta noche será la petición oficial, nos casaremos en tres meses, justo el día que nos conocimos. Y quiero que seas la dama de honor en mi boda, como yo lo fui de la tuya— me hizo tan feliz oír eso.
—Claro que acepto— volvimos a chillar y a abrazarnos.
Escuché llamar a la puerta. Alice fue a abrir. Eran Emmett, Rosalie, Esme y Carlisle. Me alegraba tanto que mis nuevos padres aceptaran a Rose. Con el tal Royce condenado a 20 años por intento de asesinato y otros tantos años por tráfico de drogas, la vida de se presentaba sin problemas.
— ¿Dónde está mi sobrinita?— entró mi amigo sonriendo como siempre.
—Ey, grandote— chillé.
—Bella, querida, felicidades— Esme llegó antes y me abrazó. Creo que nunca me acostumbraría a esa sensación de calidez. Eran todos los abrazos que mamá no llegó a darme, los sentía con Esme, ella era mi mamá ahora. Había tomado ese rol con tanta naturalidad que me abrumaba.
—Gracias, voy a necesitar toda la ayuda que pueda— le sonreí. Carlisle a nuestro lado se limitó a sonreírme y a acariciar mi hombro. Su semblante protector era muy parecido al de Edward. Sin muchas palabras pero sus gestos y sus actos decían mucho de él.
—Claro, nos turnaremos el cuidado de la florecilla— dijo mi amigo.
—Su nombre es Reneesme— le corregí. Emmett seguía insistiendo en llamarme jardinerita, florecilla… y no dejaba de bromear a cerca de lo buen jardinero que era mi marido. Pero sus insinuaciones eran a veces sexuales y me hacían sonrojar.
—Compórtate tonto—Rosalie le dio un coscorrón antes de venir a felicitarme. Escuché unos pasos. Edward entró con nuestra hija en una cuna con ruedas.
Todos se acercaron a ver a la nueva integrante de la familia Cullen. Yo fui la última después de casarme. A Carlisle y Esme no les fue difícil volver a restituirle el apellido a mi esposo, claro que decidieron agregarle el nombre al que estaba acostumbrado. Carlisle bromeaba diciendo que su padre se había salido con la suya y su nieto se llamaba como él.
Muchas personas más vinieron a ver a mi hija, creo que todo el orfanato pasó a verla. No había tenido ocasión de conversar con el padre Eleazar, en verdad era una buena persona, se notaba amable y tranquilo. Me dio algunos consejos sobre la formación cristiana de mi hija. Y bueno, con él vino también Tanya. No era mi persona favorita en el mundo, pero he de aceptar que no se portó mal. Es más, creo que yo habría sido mejor villana que ella de haber estado en su lugar.
Nos miramos midiendo nuestras reacciones. Era la primera vez que estábamos a solas, Edward se llevó al padre Eleazar. Condenado marido que tenía.
—Tu hija es hermosa— me dijo mirándome todavía con recelo.
—Gracias— bueno al menos trataba de ser cortés. La última vez que la vi fue en mi boda y odié la forma como abrazó a Edward, tan posesiva.
—Oye, no quiero que me sigas viendo como amenaza… no pretendo quitarte a Edward— me dio una sonrisa dudosa.
—No podrías, aunque pusieras todo tu empeño— le respondí devolviéndole la sonrisa.
—Tienes razón, él siempre fue tan cerrado, hasta creí que era la reencarnación de algún santo— sonrió un poco más contenta. Si ella supiera las cosas que San Edward me hacía. Solté una carcajada.
— ¿Amigas entonces?— dijo algo más confiada.
—No…— dije firmemente, la sonrisa se le congeló en los labios. — Qué te parece… ¿Hermanas? Mi hija necesita una tía— se acercó a mí y nos dimos un suave abrazo.
—Pero seré una tía muy consentidora— me advirtió.
—Prefiero que seas la tía que le enseñe el valor de las cosas, no quiero que sea una niña engreída como yo— ambas reímos con mi comentario.
—Sí que eras estirada… bueno yo seré la que me encargue de llevar a Reneesme al orfanato para que aprenda de la vida. Por cierto Bella… ya que andamos intentando ser hermanas… estoy saliendo con un muchacho y si suavizaras a Edward para que no se ponga en contra mía con el padre Eleazar, lo consideraría un gesto muy de hermanas— me sonrió de lo más fresca.
— ¿Con quién sales?— pregunté ante su revelación.
—Es cantante de un grupo de rock… pero es buen sujeto— dijo muy seria.
—Veré que puedo hacer— pareció más tranquila.
Conversamos un rato más. Era muy divertida para hablar, cuando hallaba confianza. A diferencia de Edward ella tenía un historial de novios bastante largo. Me sorprendí de eso, debido a la educación estricta del orfanato pero Tanya de lo más tranquila me dijo que desde que tenía 14 años había hecho de todo para trabajar fuera y poder conocer muchachos.
Hasta me narró su historia. O al menos lo que había averiguado de su vida. Según había logrado investigar en el lugar donde nació en Port Ángeles, sus padres fueron una pareja de franceses rastas seguidores de Bob Marley y fumadores de marihuana, de esos que se dejan el cabello lleno de trenzas. Cantaban en las calles donde ofrecían artesanías hechas a mano. Nunca la inscribieron en el registro de nacimientos y murieron asfixiados en un incendio. Dejándola sola al cuidado de una vecina que no supo ni siquiera su apellido. Y así pasó al orfanato a los 5 años. Pero ella creía que podría tener familia.
Su historia me asombró tanto, mucho más que la de Edward. Me prometí ayudarla a buscar sus orígenes. Y limar asperezas… No me vendría mal una amiga.
.
Unos días después ya estaba en casa, instalada y muy a gusto, sintiéndome tan feliz por todo lo sucedido. Papá venía a vernos todos los días. Su pequeña nieta era su adoración. Había insistido en que fuéramos a vivir a su casa pero no aceptamos su invitación. Tal vez más adelante.
Por ahora yo disfrutaba de la calidez de una familia, unos padres amorosos, un hermano juguetón, un maravilloso esposo y una preciosa hija.
Esme y yo salimos a pasear una tarde, ya casi me había recuperado del parto y quería ir al centro comercial por algunas cosas que necesitaba. Empujaba el precioso cochecito rosado de Reneesme, que mi padre había mandado a hacer especialmente para ella.
Ahora Rose tenía una tienda en la galería, donde se dedicaba a la estética. Trabajaba mucho pues su sueño era tener su propio Spa, de seguro que lo lograría pronto porque le iba muy bien.
—Bella, debo recoger un vestido en el tercer nivel ¿me esperas?— pidió Esme, mi nueva madre.
—Claro, te espero, la bebé está dormida así que me sentaré aquí— le dije mirando un acogedor lugar.
El día estaba especialmente bonito. Imaginaba que Edward ya estaría por salir de sus clases y nos alcanzaría en cualquier momento. Era realmente bueno con eso del paisajismo y su preparación de jardinero le servía mucho. Había diseñado y construido ya 3 jardines para diferentes residencias.
—Isabella Swan… perdón… ¿ahora eres Cullen verdad? Yo todavía me pregunto qué pasó allí— la voz babosa de Jacob Black me arruinó el día. Menudo perro tonto. Todavía me daba rabia recordar la foto que le hizo llegar a papá. Y que me coaccionara a besarlo para no delatarme cuando planeaba hacerlo de todas formas. Estaba parado frente a mí de lo más fresco.
—Jake… ¿Todavía estás vivo?— le sonreí con sarcasmo.
—Vivito y coleando— cruzó los brazos.
—Ya sabía que eras un animal— le dije sin hacerle mucho caso.
— ¿Todavía me guardas rencor por las fotos? Bella, debes perdonar y dejar entrar la paz en tu corazón— sonrió de manera burlona.
—Piérdete Jake… o voy a hacer que te tragues tu pipa de la paz— le gruñí.
—Qué bonita es tu hija— dijo mirando al cochecito.
—Porque tuve muy buen gusto para escogerle padre— dije presumida. No había punto de comparación entre Edward y él. Mi esposo era simplemente la perfección hecha hombre y Jacob… era un perro.
—Es bonita porque se parece a ti— dijo algo ofendido.
—Gracias. ¿Ya te vas?— le sonreí invitándolo a desaparecer de mi vista.
—Sí. Mira Bella… sé que me equivoqué ¿Bien?, sé que me porté mal contigo pero en mi defesa diré que estaba celoso. Bueno, aún lo estoy… desde que éramos niños estaba detrás de ti y no te dabas cuenta. Cuando me aceptaste como novio enloquecí de alegría pero me ganaban los celos. Todo mundo me parecía una amenaza y terminé echando a perder nuestra relación— parecía avergonzado.
—Sí, la echaste a perder, deberías ir a terapia— le dije menos molesta que antes. Al menos sí reconocía sus errores. En realidad no era malo después de todo. Sólo… un chico inmaduro.
—No estoy loco, quizás sólo estaba furioso. Bueno, el hecho es que lo siento ¿Sí? Me enteré unas semanas después que le dejé la foto a tu padre, que te desheredó. Me sentí realmente mal, yo sé cuanto quieres a tu viejo.
—Eso ya quedó atrás. Papá y yo estamos bien— dije tristemente recordando lo mal que la pasé.
—Que bueno. Pero en serio lo siento. Yo sólo quería que el tipo ese se fuera a volar. No entendía como podías salir con un jardinero y no conmigo. ¿Lo adoptaron los Cullen o qué? Porque sigo sin entender que ahora es su hijo— su mirada de curiosidad me causó gracia.
—Edward era hijo de Carlisle y Esme. Un hijo que les robaron cuando era muy pequeño. Así que por eso ahora mi hija y yo llevamos su apellido. Creo que… fue cuestión de karma— le dije muy segura.
— ¿Karma? Suena muy místico para mí— se rascó la cabeza. Bueno tampoco iba a darle una clase de filosofía hindú al tonto de Jake. Siempre había destacado en la escuela por hacer deportes no por ser listo.
—Lo que das es lo que recibes. Lo que haces te regresa. ¿Capicci?— le dije tratando de ser lo más sencilla posible. En realidad así me lo había explicado Edward la primera vez. Él sabía tantas cosas, me asombraba que teniendo tan pocos recursos había logrado educarse tan bien.
—Pues no entiendo de esas cosas. Nos vemos Bella. Me dio gusto saber que estás bien— miró una vez más a mi bebé y caminó cabizbajo.
Sonreí, tal vez no volveríamos a ser amigos como antes pero ya no había rencores. Es bueno aclarar las cosas, así no nos matamos pensando u odiando a los demás. Me alegraba que Jake de cierta forma se disculpara.
No pasé más de diez segundos en mi reflexión cuando escuché un ruido escandaloso. Me sobresalté y vi que Reneesme empezaba a despertarse. Busqué el origen de aquel alboroto. Dos empleados de seguridad del centro comercial corrían hacia un contenedor de basura, donde alguien había caído de cabeza. Esperaba que no fuese grave, siempre me pareció peligroso esos basureros al lado de las barandas de las escaleras. Claro, para aquellos malabaristas o que les gusten los deportes extremos. Nadie normal caminaría por las barandas de las escaleras.
Reneesme empezó a desperezarse y abrió sus preciosos ojitos. Le sonreí.
—Hola princesa ¿Dormiste bien? ¿Soñaste con papá?— movió sus manitas como queriendo tocar mi rostro.
Miré nuevamente hacia el lugar donde se habían acercado algunas personas. Cuál fue mi sorpresa al reconocer a Jake saliendo de aquel basurero. Me levanté de inmediato y empujé el cochecito hacia el lugar. Al menos para verificar que mi ex amigo… no estuviera herido.
Me fijé en su semblante. A parte de haber pasado la vergüenza de su vida no parecía con mayor daño.
— ¿Estás bien Jake?— le hablé en voz alta pues no quería acercarme mucho, Esme decía que había que evitarle los gérmenes a mi hija.
—Sí. Creo que ahora entiendo eso del karma— sonrió. Me reí de buena gana. –Ok, tampoco te burles. Ahora si voy necesitar terapia para mi trauma— los miembros de seguridad le pidieron que los acompañase ofreciéndole ropa limpia y un lugar donde asearse. Me despedí de él con la mano y una sonrisa.
Creo que había sido el primer paso para retomar una amistad de infancia. Tal vez. Ahora ya no lo recordaría como el ex novio celoso que quiso vengarse de mí, sino sólo como un tonto que no se fija por dónde camina. Y con restos de pizza y malteada en la cabeza.
—Ves hija… no es bueno hacer maldades, puedes terminar en un basurero— le dije a mi pequeña, pareció entender porque me sonrió.
— ¿Maldades? ¿Basurero?— esa voz. Me derretía el corazón. Era Edward. El jardinero de mi vida.
—Hola guapo. Sólo le enseñaba a nuestra princesa sobre el karma— le di un beso apasionado que me correspondió al instante.
— ¿No crees que es muy pequeña para eso?— me sonrió.
—No. Creo que nunca es demasiado pronto para empezar a reflexionar— lo abracé.
Caminamos un buen rato mirando tiendas mientras conversábamos de sus clases y sus proyectos. Me interesaba mucho la empresa que estábamos formando con sus padres. En cuanto Edward terminara sus estudios yo iniciaría un curso de administración y negocios.
Mi vida estaba llena de felicidad y tenía tantas esperanzas en el futuro pero ahora sólo quería centrarme en el presente y disfrutar cada segundo junto al hombre que amaba tanto. Y para felicidad mía, él parecía más enamorado que yo.
Ser amada es algo maravilloso ¿Conoces ese sentimiento? Él me mira y también sonríe, me abre su alma, me confía sus sueños y me siento la princesa de un cuento. Pero uno que ya no me da miedo. Uno que es tan mágico.
Sé que lo que siento por Edward no volveré a sentirlo con nadie más, que jamás dejaré de amarlo y que él me mirará de la misma forma aunque pasen los años.
Sé que vendrán pruebas, problemas, dificultades y tal vez hasta decepciones pero también sé que el amor es la fuerza más poderosa del mundo y que nada puede destruirlo.
El amor verdadero no tiene final feliz… ni triste, porque simplemente no tiene final.


F I N


Ahora sí llegamos al final, fue un gusto compartir esta historia con ustedes. Como premio a su esfuerzo les dejo unas lineas que me imagine decir a Edward, cuando era jardinero pobre jeje.
Gracias.

PATITO

Soy feliz entre los arboles
y las flores que cantan a la vida,
las hojas que se mecen con el viento
y van cayendo con la fatiga.
Me gusta sentir la tierra en mi piel,
imaginar que mis pies tienen raíces
que a algún lugar pertenezco.
Sé que Dios está cerca
cuando riega las plantas por mí
y con sus rayos las hace crecer.
Sobre la hierba del jardín cierro los ojos
y sueño con la flor de tu sonrisa.
No soy un hombre que merezca tu amor,
no tengo nada que ofrecerte, ni dinero, ni bienes
sólo mi trabajo, mis manos... mis obras
y un amor que no muera con las estaciones.

Cap 33 Jardinero


CAPÍTULO 33

TE AMO TANTO

El bus salió pronto, sentí un gran alivio, respiré profundamente para calmarme. El doctor había dicho que los sobresaltos le hacían daño al bebé.
Hacía tanto frío, tal vez debía pedirle al chofer que pusiera la calefacción. Caso temblaba.
Estaba a punto de levantarme de mi asiento cuando de la nada un auto plateado pasó a nuestro lado y empezó a maniobrar contra el autobús. Tal vez era un asalto, o una persecución.
Nos movimos bruscamente y pronto fuimos perdiendo velocidad. El autobus se detuvo por completo, ya estaba de pie para preguntar qué pasaba.
Miré hacia delante, el mismo auto plateado estacionado en medio de la carretera impidiéndonos avanzar. ¿Qué rayos?
—¿Sucede algo?— pregunté cerca del conductor.
—Algún loco. Voy a llamar a la policía, tranquila señorita, siéntese— me indicó.
Estaba tan nerviosa que apenas pude sentarme en un asiento cercano, el autobús no iba lleno. Rezaba porque no fueran ladrones, esos tipos asaltantes de carreteras de los que hablaban las noticias. O peor, secuestradores.
Escuché abrirse la puerta y recargué mi peso en el asiento, me dolía un poco la cintura, debía ser el peso extra, ya había subido casi 4 kilos, creo que es demasiado para los escasos 4 meses que tengo de embarazo pero siempre tengo hambre y hoy no había almorzado bien, ni cenado todavía. Mi estómago gruñía y el viaje sería largo.
Ojalá el autobús se detuviera más adelante en algún restaurante o en un macdonalls… no, apenas tenía para una hamburguesa barata.
Escuché gritos fuera, alguien aporreaba la puerta. Me levanté nuevamente pero no podía ver nada, los demás pasajeros me tapaban la ventana que daba a la gresca.
La puerta se abrió y alguien subió al autobús. Los gritos cesaron, esperaba que todo se haya arreglado y continuar con el viaje.
—¡Bella!— casi grito del susto. Era la voz de Edward. —¡Bella!— escuché que avanzaba, me agazapé en el asiento vacío.
Mi corazón latía muy aprisa y sujeté mi pancita para calmar a mi bebé que debía estar igual de asustado que yo. Me había encontrado. Esa Tanya le dijo.
—Bella… amor— escuché muy cerca de mí. Me atreví a levantar la vista. Era mi Edward, era él. Estaba diferente. Bien vestido pero con unas ojeras muy notorias. –Ven conmigo— me ofreció sus brazos.
¿Había venido por mí? No, debía ser que Tanya le contó de mi embarazo, sólo debía estar interesado en su hijo. De todas formas tenía derecho a él. Yo no podía impedírselo. ¿Y si quería quitármelo?
Le di una de mis manos con temor. No quería mirarlo porque empezaría a llorar, ya llevaba horas tratando de contener el llanto. Me levanté lentamente hasta ponerme de pie, él me ayudó con suavidad. Pasó una mano por mi espalda tratando de abrazarme. Me alejé, no quería que notara mi pancita.
—¿Porqué huyes de mi? Perdóname amor, perdóname por favor— decía mientras me abrazaba y besaba mis cabellos. Sonreí un poco mientras mi me acurrucaba en su pecho.
—¡Joven tengo un horario que seguir!— escuché reclamar al conductor del autobús.
—Sí, gracias por su comprensión, ya nos bajamos— dijo él, siempre educado con todo mundo.
Me tomó de la mano y suavemente me hizo descender. Afuera hacía mucho frío, ya había oscurecido y no tenía idea de donde estaba.
Edward me acomodó en aquel automóvil. Se subió con rapidez al asiento del conductor y salimos de allí muy rápido. Yo todavía no había dicho ni una palabra, todo había pasado de prisa pero empezaba a sentirme extrañamente feliz.
Algunos kilómetros más allá, estacionó el auto y se giró a mirarme. Estaba llorando.
—Nunca podré pedirte perdón las suficientes veces, todo este tiempo he querido lanzarme por un barranco por lo que te dije aquel día…— la sola mención de eso me estremeció, yo no podría vivir si él ya no estaba. De alguna manera siempre deseé que viniera por mí.
—No digas eso…— dije apenas.
—Necesito tu perdón Bella, me pondría de rodillas en este momento si no fuera por la posición en que me encuentro— me miraba desesperado, sus ojos húmedos me hicieron llorar a mí.
—Yo también me porté mal, siempre fui mala contigo… tenías razón para no creerme— dije recordando todas las veces que lo había usado para mi satisfacción personal. Todos los desprecios que le hice y la forma como rompí con el por orden de mi padre.
—No… debí haberte escuchado, no sabía que me dijiste aquello en casa de los Mallory porque tu padre te había obligado… ni que te bajaste del avión… ni que intentaste vender todas tus cosas por mí… perdóname…
—Olvídalo…— temblaba esperando el momento en que me reclamara lo del bebé.
—¿Entonces sí me perdonas mi Bella?— tomó mis mejillas para besarme pero lo esquivé. Parecía tan ensimismado en pedirme que lo perdonara que no decía nada de nuestro hijo. –Sé que te hice mucho daño y que tal vez jamás me puedas perdonar pero te prometo… no… te juro que dedicaré mi vida a ganarme tu perdón— se oía tan desesperado.
Quise arrojarme a sus brazos, sus palabras eran como una cura milagrosa a mi dañado corazón.
—No hay nada que perdonar. Sólo… quiero… una hamburguesa— mi pancita ya no resistía el hambre. Nada más imaginarme unas papas fritas se me hacía agua la boca, Edward me miró confundido y entendí todo. Tanya no le había dicho sobre el bebé. Entonces, ¿Vino por mí? ¿Sólo por mí?
—Siempre me sorprendes amor. Te llevaré a algún buen lugar, te ves pálida, debes tener hambre. ¿Te alimentabas bien?— preguntó preocupado.
—Si— dije apenas. Tenía mucha confusión en mi cabeza, todo eso mezclado con un hambre voraz. Debían ser las hormonas. Estas locas hormonas que me hacían llorar por todo y tener antojos ridículos.
Llegamos a un restaurante de comida rápida, no encontramos nada mejor en esa carretera. Edward pidió dos órdenes y salimos con rumbo a Forks. Me revolvía en mi asiento, últimamente había pensado mucho en papá, lo extrañaba a pesar de todo. Quería preguntarle por él pero no me animaba.
En menos de una hora llegamos a la casa de los Cullen, me estremecí. No quería que me vieran así. Estaba desarreglada, el embarazo me había sentado fatal, creo que no me parecía mucho a la Bella de meses atrás. Alice diría que estoy fatalmente vestida y mi cabello había perdido brillo, además se me caía mucho últimamente.
—¿Prefieres ir a nuestro lugar?— preguntó Edward. Lo miré y asentí.
Me obedeció y volvió a encender el auto. Llegamos, Edward estacionó muy rápido, tal y como Emmett lo hacía, no había duda, era un Cullen. Igual que mi bebé, me preguntaba si sería idéntico a su padre.
Edward abrió mi puerta, me ayudó a bajar pero evité que me abrazara, no quería que sintiera mi vientre todavía. A simple vista no se notaba pero si me tocaba lo sentiría.
Subimos las escaleras tomados de la mano.
—Quise dejar la habitación pero me traía muchos recuerdos, por eso todavía duermo aquí algunas noches— dijo cuando prendía las luces.
Todo estaba tal cual lo dejé. Incluso nuestra foto sobre el velador.
Y algunas ropas mías donde seguro ya no entraba.
Edward me atrajo otra vez hacia él y lo rechacé con un ágil movimiento.
—Aún no me perdonas— dijo con tristeza. Me senté en la cama sin decir palabra, no sabía cómo empezar a contarle. Cuando me fui no sabía lo del bebé. No quería que creyera que no lo quería cerca de nosotros o que pensé en alejarlo de su hijo.
Se arrodilló delante de mí, mis ojos se abrieron más de la cuenta.
—Bella, sé que te hice demasiado daño, sé que no quise oírte, que fui un completo idiota. Te pido, no, te suplico que me perdones, que me permitas enmendar mi error. Viviré para hacerte feliz, si tú todavía me quieres claro— su voz se quebró, ¿Edward dudaba de que lo quisiera? No podía amarlo más.
—No hay nada que perdonar Edward, creo que yo me precipité al irme de esa forma…
—No amor, te hice daño y nunca me lo perdonaré— otra vez trató de llevar sus manos a mi cintura y me levanté de golpe. Debía decirle de una vez antes que se dé cuenta por sí mismo.
—¿Ya no me amas Bella?— preguntó mirándome con seriedad.
Valor Bella, sólo dile que va a ser padre.
—Edward… yo, tengo algo que decirte… cuando estaba en Port Ángeles...— empecé titubeando.
—¿Conociste a alguien?— preguntó caminando hacia una silla. La tomó y se sentó frente a mí. Yo había vuelto a posarme en la cama.
—Bueno, hice algunos amigos pero eso no es lo que quería decirte… mi salud no era la mejor y fui al hospital, el doctor Uley fue muy amable…
—¿Un médico?— ay ya me estaba fastidiando que no me dejara terminar.
—Sí, un médico, lo necesitaba para…
—¿Para qué necesitabas un médico? Yo te buscaba como loco, fui a Seattle, a Chicago, hasta viajé a Londres a buscarte— era la primera vez que veía furioso a Edward y me gustó. Siempre había sido tan dulce, creo que de ahora en adelante aprendería a verlo de otra forma. Como alguien que podía protegerme y a quien respetar.
—Necesitaba un médico para que me realizara una prueba de embarazo— su mirada cambió de pronto.
Y sus ojos volaron a mi pancita.
Tomé sus manos y las coloqué en mi pequeño y duro vientre.
Edward no salía de su asombro. Con lentitud movió sus manos hasta llegar a mi cintura y atraerme a su pecho. Esta vez no lo rechacé y me aferré a su cuello, necesitaba escuchar su corazón.
—Bella… porque… debiste haberme dicho… yo no lo sabía— murmuraba frotando mi espalda.
—Tenía miedo, que sólo quisieras al bebé y no a mí— empecé a sollozar.
—Eso jamás pasará, siempre, siempre será lo que más ame en la vida— buscó mis labios y nos fundimos en un desesperado beso. Lo había necesitado tanto, estaba tan feliz de volver a estar entre sus brazos.
El deseo se encendió como la pólvora, en segundos tenía las manos de Edward recorriéndome.
—Edward, te extrañé mucho— susurré.
—No tanto como yo— nos separamos, acarició mi rostro, todavía respirando con dificultad. –Entonces vamos a ser padres… un hijo…— sonrió.
—¿Te alegra?— pregunté.
—No tienes idea de cuánto… pero ¿Pensabas irte sin decírmelo? ¿Pretendías seguir huyendo sin que yo supiera nada?— me reprochó.
—Edward, tenía miedo— me quejé haciendo un puchero.
—¿Cómo puedes temerme, si sabes que te amo tanto?— volvió a besarme. Lentamente, con devoción, cómo sólo él sabía hacerlo.
Traté de decir algo pero no pude. Edward estaba demostrándome cuanto me amaba. Lo podía sentir no sólo en sus caricias, en su respiración y en las dulces palabras que me decía.
No quería pensar en que haríamos más adelante ni las decisiones que ibamos a tomar, confiaba en el futuro y tenía muchas esperanzas ahora.
Todo mi mundo había cambiado, por completo. Un año atrás mi máxima preocupación sería mi Ipod y una buena manicure. Ahora tenía a alguien que amaba y por alguna increíble razón él parecía más enamorado que yo. Esperábamos un hijo, lo cual me asustaba un poco, pero al lado de Edward no tenía miedo de nada.
Es cómo si pudiese enfrentar todo lo que esté por venir.

Cap 32 Jardinero


CAPÍTULO 32

LA VIDA DA VUELTAS...

Tres meses después…
—Isabella, ve a limpiar el pasillo 4— me ordenó mi jefa. Corrí a tomar un trapeador y un balde. Llevaba dos meses trabajando en un supermercado en Port Ángeles.
Literalmente había desaparecido del mundo, al menos el mundo que yo conocía, lejos de Forks y mis seres queridos. Me había refugiado en ésta ciudad. Era mucho más grande que el lugar donde nací y nadie me encontraría aquí.
Hace unas semanas encontré anuncios en los diarios, donde discretamente me buscaban, pero sin fotografías, sólo pequeñas notas. Y eran los números telefónicos de los Cullen, no de papá. Me preguntaba que estarían haciendo… ¿Me extrañarían?
Llegué al pasillo dónde alguien había roto un envase, lo limpié tratando de hacer el mínimo esfuerzo. Todavía podía agacharme pero me cuidaba mucho.
Las primeras dos semanas que llegué a esta ciudad me encerré a llorar en un hotel barato. Sentía muchos malestares, algo inusual en mí. Lo achaqué a mi estado de depresión pero los días pasaban y esas nauseas no se iban.
Temí lo peor y mis dudas fueron aclaradas en un examen médico. Estaba embarazada, tenía más de un mes. Con tantos problemas y cosas ni me había fijado en el retraso. Pero aún así no podía volver. Edward no me quería, me aceptaría por el bebé, no por mí.
—Swan cubre la caja 13— me anunció el jefe de departamento.
Guardé los útiles de limpieza y fui a colocarme una malla en la cabeza y guantes. Las cajas del supermercado eran muy estrictas, recién la semana pasada me dejaron entrar en una. Eso quería decir que no lo hacía tan mal.
Ahora sabía lo que era trabajar para vivir, no tener nada y mantenerme con mi esfuerzo. No fue tan difícil, me ayudaba a olvidarme por un rato de los problemas.
Dejé de llorar y de lamentarme cuando me enteré que esperaba un hijo, mi bebé no debía sentir mi tristeza. Ni el miedo que tenía del futuro.
Era sólo vivir un día a la vez, como dar un paso detrás de otro y no ver el camino por donde vas.
Abrí la caja y empecé a pasar las cosas de las personas. Debía fijarme bien en los productos y en las promociones. No era tan complicado pero debía concentrarme.
El invierno ya había comenzado y hacía frio, tenía que comprarme un suéter más abrigador con mi siguiente paga, hace días que temblaba al regresar a mi habitación.
—Yo quiero un huevo de Chocolate, por favor— escuché la voz de un niño, miré su rostro sonrosado. ¿Así sería mi hijo cuando creciera? No, tal vez sería más apuesto, su padre era hermoso… su padre… mi Edward.
—Está bien, lleva uno para Jane— esa voz se me hizo conocida y me asusté. Miré de reojo a la mujer rubia. Tanya.
— ¿Y unas gomitas?— volvió a pedir el niño.
—Alec, no seas goloso— le reprendió ella.
—Pero Edward dijo que no nos negaras nada, anda, sólo una vez he comido estas gomitas cuando él nos llevó dulces ¿Te acuerdas?— mi corazón saltó de improviso al oír su nombre.
Me aventuré a mirarlos una vez más porque ella parecía concentrada leyendo las etiquetas de los dulces.
Estaban muy bien vestidos. Tanya ya no llevaba la ropa sencilla de cuando la conocí y el niño traía un traje de béisbol debajo de un hermoso abrigo.
Edward debía ocuparse ahora de sus hermanitos, eso estaba bien.
Con temor esperé que llegaran a la caja. La mayoría de gente apenas repara en las cajeras, quizás ella ni se diera cuenta.
Pasé sus cosas rápidamente y les dije el monto, Tanya ni me miró, sacó algunos billetes de su cartera y pagó. Pero cuando le daba su cambio reparó en mí.
— ¿Bella?— dijo visiblemente asustada. — ¿Eres Bella verdad?— volvió a mirarme.
—Usted me confunde— dije sin mostrar ningún emoción. Empecé a pasar los productos del siguiente cliente.
—No te confundo, sin tu auto y la ropa de marca no eres nada— me dijo con voz agria.
Sólo la miré un par de segundos. ¿Qué podía decirle? Yo también me sentía así… nada. Pero con algo porque luchar, mi hijo. Sólo por él, o ella, estaba aquí de pie, con esta ropa sencilla, enfrentando todo lo que viniera, incluso humillaciones. No me avergonzaba hacer esto, si con el dinero que obtenga de mi trabajo iba a dar a luz.
—Qué tenga buen día— le dije furiosa. Le habría marcado la cara sólo por hablarme así. Pero no podía, ya no era la Bella de antes y además debía conservar el empleo. Mi hijo y yo lo necesitábamos. Suspiré y seguí con mi tarea.
Ella salió detrás del niño, volteó un par de veces a mirarme y se perdieron de vista. Esperaba que no dijera nada, es más, casi estaba segura que no hablaría. Ella alguna vez me había advertido… que estaría para Edward cuando yo le fallara.
Pero yo no le había fallado a Edward, bueno tal vez sí, tal vez debí quedarme para aclarar las cosas, pero ya era tarde.
De cualquier modo, ya tenía su oportunidad. Y parecía que la aprovechaba bien.
"Ya Bella, deja de pensar en eso y concéntrate porque si das más cambio del necesario te van a descontar"me dije para alejar mis pensamientos de los problemas.
Terminé la jornada muy cansada, conforme mi vientre crecía, mis pies parecían también tener problemas. No sabía cuánto tiempo soportaría mi peso. Pero mi barriguita era pequeña aún, se notaba un poco, nada que la ropa holgada no cubriera.
En el market aún no lo sabían y esperaba decirle a mi jefa la semana que viene, porque tenía un ultrasonido.
Salí por la puerta trasera y me coloque mi suéter preferido. Lo tomé antes de irme. Era el de Edward, con el que me había cubierto la primera vez que hicimos el amor. Antes me parecía sólo una pieza vieja y desgastada, ahora era como un tesoro para mí. Es lo único que tenía de él. La medalla se la había dejado en la cama antes de irme. Esa joya probaba que era hijo de los Cullen, así que no podía quedármela. Y la echaba mucho de menos.
Caminé unas calles en silencio, habitación que rentaba no quedaba lejos de mi trabajo, tal vez iría a comer por allí antes de arroparme en mi cama y leer un rato.
Volteé la esquina, la humedad se sentía cada vez más fuerte, pronto tendría que venir con un grueso abrigo. Y no tenía uno.
— ¿Qué haces aquí?— escuché otra vez la voz suave y melodiosa de Tanya. Me asusté al verla. Estaba recostada contra una pared, me estaba esperando.
—Discúlpame pero ese no es tu problema— le dije tratando de caminar más rápido.
—Estuve a punto de llamarle a Edward cuando te vi— dijo siguiéndome.
—Pues qué bueno que no lo hiciste, yo sólo quiero desaparecer ¿Me entiendes? ¡Así que aléjate y haz de cuenta que nunca me viste!— le grité.
—Debiste irte más lejos entonces— me dijo empujándome por delante, no sé en qué momento me había alcanzado.
— ¿Qué es lo que quieres?— le grité protegiendo mi barriga. Es lo más valioso que tenía.
—Si vas a desaparecer, has un mejor trabajo. Edward suele venir a Port Ángeles a vernos cada fin de semana— dijo evidentemente para hacerme sentir mal.
—Me doy cuenta— le dije mirando su vestimenta.
—Que bueno. Ahora que se deshizo de ti estamos saliendo, así que ¿Por qué no te vas más lejos?— me increpó. Quise llorar al oír eso. Así que finalmente ella tenía su oportunidad.
—Nos iremos pronto— apenas podía hablar.
—Vaya, que rápida eres ¿Ya estas con alguien?— se burló. – ¡Contéstame!— tomó mi suéter con fuerza, lo cual hizo que se le salieran dos botones delanteros y parte de mi vientre quedara parcialmente descubierto. No era muy grande, esperaba que no se diera cuenta.
Me arropé de inmediato otra vez. Pero ella tenía los ojos clavados en la zona donde antes había estado mi pancita al descubierto.
—Me iré más lejos...— le dije apenas. Caminé todo lo rápido que pude, ella no me siguió. Deseaba llegar a mi habitación y tomar todas mis cosas para volver a marcharme. No soportaría verlos si alguna vez me cruzaba con ellos.
"Qué rápido me olvidaste Edward, tu y papá ya ni se acuerdan de mí"sollocé.
Llegué a mi refugio e hice mi maleta. La misma mochila gastada que Edward usaba antes. La que una vez me había dado tanta pena. No me importaba. Me gustaba llevarla conmigo.
Me puse una bufanda gruesa y un gorro de lana que hace un par de días había comprado. No me había alcanzado para los guantes así que metería mis manos en los bolsillos.
Me cargué la mochila a la espalda y bajé las escaleras lo más rápido que pude. Debía irme ahora, antes que Tanya diga algo.
Detuve un taxi y subí mis cosas, luego con cuidado lo abordé. A pesar de la prisa, no podía exponerme a hacer un mal movimiento.
Escuché el sonido de la otra puerta y me sobresalté.
— ¿A dónde vas?— era otra vez la rubia estúpida esa.
—Más lejos. ¡Ahora baja y piérdete!— le grité muy fuerte. Odiaba que me hiciera sentir así. Mi corazón latía muy aprisa.
—No. No te vas a ir. Jamás me lo perdonaría… yo sé lo que es crecer sin padre— me miró y comprendí que ella lo sabía.
— ¿Quién dice que mi hijo es de Edward?— le solté de pronto.
—No te irías así si no lo fuera. Y no estamos saliendo… él no deja de buscarte como un loco— casi me emocioné con lo que dijo, parecía molesta con mi presencia, era evidente que dentro suyo se debatía. ¿Valía la pena seguir huyendo?
—Déjame ir Tanya, yo… no quiero ver a Edward— todavía me sentía muy dolida, todas estas semanas había tratado de no recordarlo, cuando supe de mi bebé fue más fácil seguir adelante.
—Pero él si quiere verte, lo llamé, viene para acá— me miró con algo de malestar todavía.
Aproveché que parecía dudosa y sin decir nada salí del auto dejando mi mochila dentro.
Conocía bien esta parte de la ciudad, no me demoré mucho en perderla. Corrí entre los callejones y algunas calles pequeñas.
Llegué jadeante a la estación de buses… bueno ahora yo era la que no tenía para un boleto aéreo. Me subí al primer bus que salía, iba a Seattle.
No tenía nada que perder, traía mi bolso de mano con el dinero ahorrado y mis documentos. Ya vería allá en que trabajar y cómo me las arreglaría para vivir.
No quería que tuvieran lástima por mí y menos él...

Cap 31 Jardinero


CAPÍTULO 31

¿NO CREES EN MÍ?

Llegué a la delegación a preguntar por Emmett, me informaron que no me podían comunicar con él. Respiré hondo.
—Soy Isabella Swan, vengo a… no sé, si tiene cargos contra mí— me encogí de hombros. Dos policías voltearon a verme.
—Me debes 20 dólares Tony, te dije que aparecería— sonrió uno de ellos, no podía creer que hayan apostado con mi desgracia.
—Acompáñenme señorita Swan, este es un caso inusual pero debo mantenerla detenida hasta que aparezca su padre, soy el comisario— se presentó
— ¿Qué no tengo derecho a un abogado?— pregunté.
—Sí, ya contacté con una. Lo extraño en este caso es que su padre trata de hacer las leyes con su dinero y hay muchas cosas que no puede saltarse, si no es mucha indiscreción ¿Qué pasó realmente?— me preguntó mientras me ponía en una habitación que al menos tenía dos sofás cómodos.
—Es una larga historia— le susurré. –Pero se la puedo resumir, me enamoré de mi jardinero y papá se debe haber vuelto loco por eso— le sonreí, cuando vi sus expresión.
— ¿Por eso se llevó todo? ¿Pretendía fugarse con su jardinero?— preguntó el hombrecillo de la ley absorto en la historia.
—No. Papá trató de enviarme lejos y escapé. Pero Edward, es decir, el jardinero, fue herido en una gresca, y me llevé esas cosas para pagar su operación porque mi papá no le tramitó un seguro social cuando trabajaba en nuestra casa— dije muy segura de mí.
—Es una historia fantástica, llamaré a su padre pero antes a la mejor abogada que tenemos, quiero ver por una vez en mi vida que un ricachón se va de aquí sin obtener lo que quiere— salió casi corriendo de allí.
"Una historia fantástica" pensé, si supieran que Edward es el hijo perdido de una familia rica, vendrían reporteros de todas partes a cubrir la noticia. Si parecía un culebrón digno de cualquier telenovela.
Pero mi vida no estaba para ventilarse públicamente. Yo sólo quería que esto pasara pronto, que Edward despertara y podamos volver a ser tan felices como antes.
La abogada llegó una hora después.
—Buenos días soy Carmen Denali— me saludó.
—Isabella Swan, disculpe si soy muy apresurada pero ¿Ya liberaron a Emmett?— pregunté.
—Aún no. Vamos a resolver esto en una conciliación privada, su padre se niega a hacerlo en una corte por temor al escándalo— me sonrió.
Le relaté todo lo que pasó, ella parecía muy comprensiva, así que hasta le di detalles íntimos que desde luego no escribió en sus notas.
—Me parece que en realidad el problema es que tu padre está molesto porque lo desobedeciste. El auto que diste a vender, era tuyo, eres mayor de edad y tenías libertad de disponer de ese vehículo, en cuanto a las joyas, hay problemas, casi todas fueron compradas por tu padre, él presentó el recibo de algunas, pero las más antiguas no.
—Esas eran de mamá. Jamás creí que me desharía de ellas pero Edward estaba herido y necesitaba dinero— traté de explicarle.
—Comprendo. ¿Dices además que tu padre no el tramitó seguro social a pesar que él trabajó por más de tres meses en tu casa?
—Sí. Fueron tres meses y una semana.
—Podemos acusarlo por eso. Pero Edward tendría que firmar— dijo pensativa.
—Pues, Edward sigue en el hospital.
— ¿Quiénes lo atacaron?
—Un tal Royce King, a Edward y a Emmett, el joven que está detenido por mi causa.
—Creo haber leído algo sobre un arresto, si ellos testifican y con las pruebas de balística, se puede acusar al tal Royce y darle cuantos menos 20 años de prisión— me dijo
—Sería una bendición, ese tipo merece la cárcel— la abogada se fue y escuché a papá gritar fuera, dos horas después, pero no le permitieron verme.
Esa noche la pasé en una celda, pero no me trataron como detenida. Esme y Carlisle vinieron a verme, me dieron su apoyo. Edward estaba mejorando y los médicos esperaban que despertara pronto.
Al día siguiente nos llevaron a Emmett y a mí a una sala de juzgado. Al vernos nos abrazamos, sus padres ya habían hablado con él.
—Así que serás mi hermanita— me dijo sonriendo. –Nunca tuve una hermanita pequeña a quien molestar— se burló.
—Eso parece y no me hace muy feliz emparentar contigo si vas a estar molestando todo el tiempo—le sonreí.
—Yo sabía que conocía a Edward de otro lugar, creo que lo sentí cuando lo hirieron, me dolió como si también me hubiera travesado esa bala— decía muy concentrado.
Me alegraba que resultaran así las cosas, papá no podría hacer que me retuvieran mucho tiempo, pronto estaría al lado de Edward como debía ser. Y de ahora en adelante nada se interpondría. Era maravilloso.
.
Mi padre estaba sentado del otro lado de aquella enorme mesa. Temblé un poco al verlo así tan molesto.
—Buenos días jóvenes y bienvenidos, queremos aclarar algunos puntos incongruentes en esta sesión— nos recibió un señor mayor y entrado en canas, asumí que sería el juez o el conciliador, o algún abogado que estaba a cargo. –Tengo en mi poder los recibos de compra de los objetos declarados como robados, pero da la casualidad que los mismos están a nombre de la señorita Isabella Swan, la presunta acusada.
—Esos objetos se los compré para su uso personal, no para que los revendiera por allí— dijo mi padre furioso.
—Aquí tengo un documento excluyendo al señor Cullen de cualquier responsabilidad. ¿Está de acuerdo con firmarlo señorita Swan? Si él actuó por pedido suyo, entonces no es culpable de nada— me miró sonriente. Parecía buena persona.
—Si, Emmett sólo hacía lo que le pedí— tomé un lapicero y me apresuré a firmarlo.
—Puede irse señor Cullen— dijo el señor.
—Si no le molesta me gustaría quedarme, Bella es mi mejor amiga— pidió Emmett, le agradecí en el alma que no me dejara sola. Bueno, mi abogada estaba cerca de mí pero no era un apoyo moral.
—Continuemos. ¿Señor Swan, insiste usted en acusar de robo a la señorita Swan a pesar que los objetos eran de propiedad de ella?
—Algunas joyas están a mi nombre, ese auto lo compré yo. Y ella obviamente los quería vender con otros fines— papá no me miraba.
—Pero si usted los compró a nombre de su hija… son propiedad de ella y por ende, puede disponer a su libre albedrío de los mismos— le sonrió aquel hombre.
— ¡No puede! No para lo que quería, no para gastárselo con ese imbécil arribista— gritó Charlie.
— ¡No hable así de mi hermano!— se levantó Emmett. Mi padre lo miró como si fuera un fantasma. No salía de su asombro, me imagino que cuando se entere que Edward no es pobre su odio por él tan sólo desaparecerá como por arte de magia.
—Señor Cullen, señor Swan tratamos de arreglar esto en los mejores términos y sin llegar a una corte, así que por favor— aquel buen hombre los invitó a sentarse. – ¿Mantiene su declaración señor Swan? Sinceramente no veo cómo puede acusar a su propia hija. Según los recibos, sólo tres de las diez joyas son de su propiedad señor Swan. Y si son devueltas y pagada la fianza, la señorita Swan podrá irse. Pero, yo soy un juez de conciliación, no puedo dejar este asunto inconcluso, según mis investigaciones, éste es un problema familiar, en el cual debo entrometerme por la armonía común. Usted, ha incluido entre la demanda un documento desheredando a su hija ¿Es eso correcto?— preguntó. Sabía que papá haría eso, aún así me dolía mucho.
—Isabella me ha ofendido de gravedad, me ha mantenido en una constante mentira, es mi deseo repudiarla como hija. Ni mis propiedades, ni nada de lo mío pasará a ella, no tendrá derecho a nada de los Swan— dijo él firmemente. Me encogí un poco, yo no quería dinero, ni sus propiedades, sólo lo quería a él, por mucho tiempo habíamos sido muy unidos.
—Está en su derecho de repudiarla señor Swan, más no puede despojarla de toda la herencia. El 50 % de las propiedades de su madre le corresponden por derecho propio, si la señorita Swan apela tendrán un juicio quizás manoseado por la prensa— nos advirtió.
—Yo… yo no quiero apelar nada. Aceptaré lo que mi padre diga— dije tratando de conseguir al menos una mirada suya. Su abogado sólo me alcanzó un papel con el fin de firmarlo.
—Una decisión muy apresurada señorita. Lo lamentará más adelante— me sonrió el hombre que dirigía el proceso.
—Isabella no debes firmar nada sin leer, déjame guardar el documento y lo revisaremos con calma— habló por primera vez mi abogada.
—No. Si esto es lo que papá quiere, lo firmaré. Puede quedarse con el auto y las joyas de mamá. No las quiero por la fuerza— dije tomando un lapicero.
— ¡Eso Bella! Ya nos necesitarás nada de todas formas— dijo Emmett algo presumido. Pero no iba a vivir de ahora en delante de sus padres. Ya veríamos Edward y yo como nos las arreglaríamos. Tal vez montemos un negocio o nos vayamos lejos de aquí.
Firmé los papeles y se los regresé al abogado. Terminamos el proceso con más firmas, papá salió antes que pudiera darme cuenta. Me sentí tan triste y vacía. Emmett me apoyó todo el tiempo y no me dejaba llorar haciéndome bromas tontas y llamándome hermanita torpe.
Carlisle estaba esperándonos afuera, pagó mi fianza y nos encaminamos al hospital. Quería dejar atrás todo este episodio. Quizás papá reflexione con el tiempo y me perdone. La vida sería muy triste sin él.
—Edward despertó esta mañana— nos dijo Carlisle, casi salto de mi asiento. –Está algo atontado, Esme y yo le hemos hablado. Le contamos algo sobre su pasado, pero parece muy triste, obviamos hablarle de ti. Queremos que tú misma le expliques todo, creo que contigo va a estar bien— me sonrió.
Quise que se apresurara más para poder estar ya con é nos estacionamos bajé como una flecha y fui directo a la habitación que Carlisle me indicó.
—Respira, calma Bella. Tranquila, él de seguro va a estar más que feliz de verte— Emmett me frotó la espalda y entré casi conteniendo la respiración.
Edward estaba con ropa de hospital y recargado en su almohada.
Tenía los ojos cerrados y parecía dormir. Se veía tan pálido, debía ser por la sangre perdida. Avancé lentamente, a pesar de querer abrazarlo con todas mis fuerzas.
Me senté en la silla de al lado, tomé su mano. Al instante reaccionó y abrió los ojos. Quise llorar de alegría, por fin estábamos juntos nuevamente.
—Edward— dije a punto de echarme a llorar.
—Isabella— dijo con frialdad. — ¿No estabas en Londres?—preguntó.
—No. Edward, no sé si Esme y Carlisle hablaron contigo, ellos son…
—Mis verdaderos padres. Han tratado de explicármelo toda la mañana, como si no fuera capaz de comprender… lo que no entiendo es que haces aquí, pensé que estarías muy lejos— quitó su mano de la mía.
—Es que… han pasado tantas cosas, por donde comenzar…— traté de ordenar mis pensamientos, debía ser clara, él estuvo dormido todo este tiempo y no se enteró de nada.
—Entonces te enteraste que tengo una familia rica y regresaste— su voz no era cálida, parecía un reproche. Estaba en un error, yo no supe de su familia rica hasta que Esme reconoció la medalla.
—No. Edward… ¿Crees que estoy aquí porque… eres un Cullen?— pregunté.
— ¿Que otro motivo habría para tu presencia? ¿Ahora que no soy un huérfano, te parezco más interesante que tus estudios en Londres?— me miró con reproche.
—Edward…— no podía resistir eso. No de él.
—Me dejaste por ser pobre, ahora que sabes que no lo soy, has vuelto— trató de sonreír.
—No he vuelto… bueno… yo nunca…
— ¿Te enteraste antes? ¿Cómo lo supiste? ¿Contrataste algún investigador?— miró hacia la pared.
—No… ¿Edward que te sucede?— retrocedí un par de pasos.
— ¿Qué me sucede Bella? Me dejaste, me rompiste el corazón, me hiciste ver que era muy poca cosa para ti, un jardinero no puede aspirar a tu amor pero alguien con dinero o un Cullen ¿si verdad?— me miró con una sonrisa fingida y con reproche.
— ¡Eso no es cierto!— grité.
—Cuando no tenía nada que ofrecerte me dejaste, ahora que sabes que tengo padres ricos vuelves ¿Qué quieres que piense?— gritó.
Retrocedí hasta la puerta aturdida, era lo último que esperaba. Podía soportarlo hasta de mi padre pero no de Edward.
—Eso no es cierto— dije mientras me llevaba las manos al pecho, me dolía el corazón, me apretaba el pecho y apenas respiraba. Sus palabras dolían mucho.
—No te creo Bella, lo siento— dijo mirando hacia la ventana. No pude resistirlo más. Abrí la puerta para salir, respiré muy fuerte y camine por el pasillo. Emmett estaba recostado contra la pared esperando para entrar.
— ¿Qué te dijo? ¿Está bien? Quiero hablar con él— me sonrió.
—Entra… apenas hablamos, Edward… no me quiere— dije muy despacio para que no escucharan sus padres.
— ¿Qué? Debe estar atontado, voy a sacudirlo un poco— Emmett entró a la habitación y aproveché para salir del hospital. Sentía que me habían golpeado en el pecho. Necesitaba aire.
No me detuve a pesar que Esme y Carlisle me llamaron. Yo no quería hablar con nadie.
Tomé un taxi hasta la habitación que una vez fue nuestro hogar, Llené una mochila con algunas cosas, un poco de ropa, un par de libros, una foto.
Ya no tenía ningún lugar en el mundo donde pudiera ser feliz. Sin mi papá y sin Edward ¿Dónde podía ir? No lo sabía, pero quería irme lejos, muy lejos, dónde nadie me encontrara.