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22 junio 2013

Cap 13 ¿Quién llamó a la cigüeña?






CAPÍTULO 13

EMBARAZADA Y ABURRIDA


Mi padre trabaja todo el día, Jake viene de vez en cuando, Leah se apareció dos veces, Ángela no ha venido a verme. Yo no puedo salir sola, no puedo caminar mucho, no cocino ¡No hago nada! Vegeto todo el santísimo día. Y me siento cansada, de mal humor… ¡Aburrida!

No puedo salir a pasear la barriga, no hay forma que tenga un poco de mi vida normal.

Trato de mantener el buen humor, en serio lo intento. Pero todo el día sola, me desanima.

Ya me terminé todos los libros para el embarazo que compré. Ya he revisado los portales para embarazadas. Tengo suscripción en todas las páginas de pañales, que prometieron enviarme muestras gratis apenas nazca mi bebé. No sé qué más hacer.

Intenté tejer… con manual y videos. Apenas pude terminar un par de zapatitos deformes. Me encanta verlos, los hice de hilo blanco. Pero sigo pensando que el derecho es más grande que el izquierdo, a lo mejor puse un par de puntos demás. Pero no puedo, me desespero en esto del tejido, creí que sería más fácil. He dejado una mantita a la mitad. Se me terminó el estambre y Jake se ha olvidado de comprármelo. La próxima vez que venga le voy a poner una cinta en la mano para que no se le vuelva a olvidar.

Miro a mi derecha, hacia la hermosa cesta-moisés que me trajo mi amigo. ¡Es preciosa! Tejida con juncos de La Push, delicadas figuras de aves en vuelo la adornan. Dentro hay dos delicadas mantas de lana de oveja, Jake me explicó son tejidas con lana de la primera esquilada de las ovejas pequeñas. También tiene unos juguetes pequeños, hechos de madera tallada y algún tipo de calabaza pequeña, relleno de semillas.

Esa era la gran sorpresa que me tenía. Había estado tallando y pintando los pequeños juguetes que ató a la cunita.

Una mañana llegó con este hermoso presente y lloré como un bebé al verlo. Jake se asustó por tantas lágrimas. Se lo agradecía de corazón, mi bebé tendría el mejor padrino del mundo.



Me miro al espejo y me veo llenita. Mi rostro, usualmente en forma de corazón, está redondo. Toda yo estoy hecha un globito.

Y sigo con este aburrimiento que mata. Leo revistas y las dejo a medias, intento escribir pero las palabras no me salen. Sólo puedo plasmar algunas cosas. En ningún lugar me está permitido gritar lo que siento. ¡Y en verdad no sé lo que siento!

Aburrida, desesperada, quisiera gritar.

Mi embarazo es algo inusual, no tengo un hombre al lado que espere a este bebé conmigo. No hay un “nuestro hijo”. Mi pequeño es sólo mío. O tal vez mi pequeña.

Me he distraído un poco esta semana escogiendo nombres. Sigo dándole vueltas al asunto. Debiera tomar una decisión pero no puedo, no hasta que me digan si es niño o niña… incluso creo que esperaré hasta verlo.

Si es niño quisiera llamarlo Charlie, como mi papá. Jake dice que no es bonito y no me importa. Charles Edmund Swan, o tal vez Charles Williams Swan. Esas dos combinaciones me tienen emocionada. Pero si es una preciosa princesa… hay tantas posibilidades. Pensé en muchísimos nombres: Emma, Anne, Jane (éste último lo retiré de mi lista debido a cierta enfermera malvada del hospital), Marianne, Alice… pero mi favorito sin dudar es Elizabeth. “Elizabeth Swan”, aún no decido el segundo nombre. Y no permitiré que le llamen Lizzie como es usual, yo la llamaré Liz o Lis… como la flor de lis que significa inocencia y pureza. Tantas leyendas que rodean ese símbolo y todas son hermosas, aunque algunas más mundanas que otras. Estoy decidida a llamarla Liz, si el cielo me envía una nena. Y Charlie si es varón.



Una mañana desperté y me di cuenta de algo extraño. Mis pies estaban más grandes de lo habitual. Usualmente si estaba de pie o caminaba en el día, mis piececitos aumentaban de tamaño pero al día siguiente amanecían igual que siempre. Pero hoy no. Durante la noche y con el descanso no había disminuido su tamaño.

Debo decírselo a la doctora en mi próxima consulta. Y es mañana. Otro día feliz en el hospital. ¡No puedo esperar para ver a la perfecta Tanya!

Me estoy volviendo tan hipócrita.

No la odio, no le deseo mal… pero me cae como una patada. Por más esfuerzo que hago en verla bien, cada cosa que hace me lleva a tenerle más ojeriza. Siempre creo que conspira contra mí. Luego pienso que son ideas mías. Y finalmente llego a la conclusión que le doy demasiadas vueltas al asunto, sólo porque ella tiene lo que yo… lo que yo quise tener alguna vez.


Ella lo tiene a él. Va a ser su esposa, la madre de sus hijos, su compañera para toda la vida.

Y yo sólo podré verlos, si siguen por aquí luego que se casen. Tal vez Edward sea el pediatra de mi bebé, un tiempo. Luego se marcharán.

Yo me quedaré aquí, con este secreto. Jamás se lo revelaré a nadie. No compartiré mi verdad. Me iré a la tumba con ella. Mi hijo, será sólo mío, sin padre. Yo seré su papá y su mamá. Su maestra, su amiga. Y no necesitará de nadie más. Nos tiene a Charlie y a mí. También a su padrino Jake. Seremos felices juntos.



En mi siguiente cita me crucé con Edward pero él no me miró. Pasó con la vista fija en unos sobres que traía en las manos. Cómo director del hospital debe tener mucho trabajo.

Tampoco llamé su atención, Jake estaba a mi lado. Simplemente giré mi cabeza para ver otra cosa y pasamos desapercibidos.

—Debes empezar tus clases de psicoprofilaxis prenatal— sugirió Tanya. –Debí sugerírtelo hace semanas, se me debe haber olvidado— dijo revisando sus papeles. –Acá está, es que eres de alto riesgo, debes asistir a las clases aceleradas, creo que hay un grupo que inicia hoy— me sonrió.

—Pero no estoy preparada— dije protestando. No tenía nada que hacer pero el hecho que ella lo olvidara me indignó.

“Calma Bella, ella sólo hace su trabajo, eres tú la que la tiene en el ojo de la tormenta” me dijo la vocecita de la conciencia. Esa que aparece muy rara vez.

Es que últimamente cada cosa que decía o hacía esa mujer lo tomaba como algo personal. Si sigo teniéndole ese rechazo puede ser peligroso, leí por allí en un libro antiguo que las abuelas decían que tu hijo se parecía a la persona que le tomabas repulsa en tu embarazo. Y yo ni de cerca deseo que mi hijo o hija se parezca a esta vieja. No es que sea fea, ni siquiera es mala persona, pero preferiría que mi bebe se parezca mucho a mí. Sólo a mí. Si se parece a Edward voy a tenerlo difícil cada vez que me mire a través de los ojos de mi bebé.

—Tengo que ir a una clase, Jake— salí del consultorio desanimada.

— ¿Y el ultrasonido?— se quejó mi amigo.

—Me lo hicieron en la cita anterior, la doctora dice que para la próxima consulta, tal vez. No es algo que se pueda hacer seguido.

—Oh bueno. ¿Y cuánto va a durar tu clase?

—No sé.

—Puedo volver por ti en una o dos horas, debo entregar un auto antes del medio día— me sonrió.

Me dejó en el área del hospital y se marchó. Y me acordé que no le hablé a la doctora de mis pies hinchados.

Algo nerviosa, avancé hasta llegar a la puerta y llamé, esperaba que sea el lugar correcto o de lo contrario confirmaría que esa doctora me odia.

— ¿Vienes para la clase?— me sonrió una rolliza mujer. Era de baja estatura y su cabello estaba lleno de rizos pelirrojos. Era muy joven, Parecía amable así que asentí sonriéndole. –Yo te llevo, debes anotarte primero.

Dejé mi nombre y me dieron las fechas en las que debía asistir hasta terminar el curso, eran dos veces a la semana, los días martes y jueves. Me hacía ilusión compartir con otras embarazaditas como yo. El grupo era poco numeroso, había 6 señoras sentadas en sus cómodas sillas, una de ellas parecía que iba a dar a luz en cualquier momento, su barriga era enorme. Pobre de ella, la espalda debía estar matándola.

— ¿No puedes caminar?— me preguntó la instructora.

—Sí, sí puedo, es sólo por mi embarazo de alto riesgo.

Me levanté despacio y caminé hasta colocarme en medio de la más panzoncita.

— ¿Cuánto tiempo tienes?— pregunté.

—Mañana serán 36 semanas, espero gemelos— sonrió haciendo que su redonda cara forme un hoyuelo hermoso. Creo que todas las que estamos esperando tenemos algo de luz en nosotras.

— ¡Gemelos, es estupendo!— la felicité.

—Eso espero— dijo asustada.

— ¡A ver gorditas, vamos a empezar! Pónganse de pie…

Nos mandaron a hacer algunos ejercicios de estiramiento, muy suaves, mover la cabeza, la espalda, las piernas. Me sentía mucho mejor ahora que podía compartir con otras amigas que estaban pasando lo mismo que yo. Seguro tenían mucho que contar, tal vez algunas ya tengan experiencia previa sobre los embarazos. No podía esperar para hacerles preguntas, intercambiar números telefónicos e iniciar amistad con ellas.

— ¿Qué dicen si bailamos un poco? Esos bebés necesitan movimiento niñas. Por favor, las de alto riesgo, Jen e Isabella, solo balancéense, nada de saltar o girar.

El vaivén me hizo sentirme bien, con los ojos cerrados, al compás de la música me dejé llevar. Parecía un vals o una polka, no sabría decirlo, nunca lo había oído. Pero me recordó la última vez que bailé, sería mejor decir nos balanceamos. La noche que me encontré con Edward en aquel jardín, dentro del hospital. Él intentó bailar, yo lo seguí, nos movimos lentamente, el olor a tierra y a césped me había hecho recordar nuestro prado.

La música acabó demasiado pronto, un ritmo más rápido lo sustituyó, abrí los ojos para ver muchas barriguitas moviéndose. ¡Qué bien se sentía estar rodeada de otras embarazaditas como yo! Debí haber buscado compañía de este tipo hace mucho tiempo y no encerrarme a llorar mis penas en casa. Esperaba no tener que aburrirme el resto de mi embarazo si podía hacer amistad con más de una gestante.

— ¡Eso! ¡Vamos!— nos animaba Maggie la instructora. Movía los brazos de forma tan rítmica, yo no podría hacerlo ni después de dar a luz. Mi coordinación pies-manos nunca ha sido muy buena. Mamá intentó hacerme bailar de niña. Creo que se dio por vencida cuando no me pusieron en la obra de la escuela a pesar de llevar clases particulares de ballet. Yo veía su rostro de preocupación cuando ensayaba. Aun así siempre me animó a seguir.

—Eso es todo, vamos a reunirnos ahora para conocernos mejor— nos anunciaron.

Fuimos ocupando sillas que traían dos enfermeras ayudantes de las que apenas me había percatado de su presencia. No sabría decir si en verdad eran enfermeras o practicantes. ¿Qué especialidad tendrían?

—Nos presentaremos, algunas ya me conocen pero hoy tenemos dos nuevas integrantes al grupo.

Me di cuenta que muchas eran más jóvenes de lo que había pensado viéndolas a la distancia.

—Isabella Swan— dijo y me asusté. La miré con una sonrisa.

—Soy yo— levanté una mano.

—Cuéntanos algo de ti Isabella— sonrió.

¿Contarles algo? Podría narrarles una novela de mi vida… ¿Por dónde empezar?

—Prefiero que me digan Bella. Tengo 24 años, he vivido en Forks toda mi vida. Soy maestra de pre-escolar. Tengo embarazo peligroso por eso me han confinado a casa— sonreí tímidamente al decir esto. –Y… a veces me aburro sola, ojalá pudiera hacer amigas— me sonrojé al afirmar lo último.

—Cuéntanos como tomó tu familia tu embarazo Bella. El padre del bebé, tus padres, amigos ¿Alguna anécdota de especial?

Tomé aire. Ya estaba harta de la mentira de la inseminación, la cual no podría mantener por mucho tiempo. En mis registros médicos no figuraba, así que mejor obviarla.

—Mi hijo no tiene padre— dije bajando la vista.

—No hay nada de qué avergonzarse Bella— advirtió Maggie.

—Lo sé. Sólo que… me gustaría contar con alguien que me ayude— mis ojos se llenaron de lágrimas.

—Tranquila— me susurró la compañera del lado la que esperaba gemelos. Tomé aire para continuar.

—No tengo mamá pero mi papá está muy emocionado con mi embarazo. Mi mejor amigo también, ellos me apoyan mucho. Tengo pocas amigas, la mayoría eran de mi trabajo pero he perdido contacto por mi estado.

— ¿No tendrás baby shower?— preguntó otra gordita.

—No— dije tristemente.

—No, no, no. Sí vas a tener fiesta. El baby shower aquí es la próxima semana, podemos añadir tu nombre a la lista— me sonrió Maggie.

— ¡Sí!— dijo una rubia pequeña a unos metros.

—Lo hacemos cada dos o tres meses, te va a agradar— me animó Maggie. –Ahora, Jennifer Evenson por favor— llamó a otra. Miré entre ellas a la única que no se había movido en el baile junto conmigo.

—Yo… soy Jennifer pero todo me dicen Jen. Tengo 16 años, soy huérfana, nací en Port Ángeles y he estado en hogares provisionales toda mi vida. No sé quién es el padre de mi hijo— dijo endureciendo el tono de su voz. ¡Santa madre! 16 años y aparenta más de 20. Pobre chica, huérfana.

— ¿Qué pasó Jen?— preguntó dulcemente Maggie

—No lo sé. Salí, me fui de fiesta, hice mi vida. Un día empecé a sangrar y me dijeron en el hospital que estaba embarazada. Desde entonces debo estar quieta y mi barriga crece.

— ¿Dónde vives?— le preguntaron.

—Aquí en Forks, en un hogar para madres adolescente, no está lejos. Si quieren saber más, daré en adopción a mi bebé. No puedo quedármelo, no podría alimentarlo, no he terminado la escuela y no sé hacer mucho. Estará mejor con otras personas— su voz vaciló y pude darme cuenta que a pesar de la máscara de indiferencia que mostraba, le dolía.

Bajé la vista porque mis ojos se habían vuelto a aguar y no quería que ella se diera cuenta.

—Gracias Jen ¿Te anoto para el baby shower?— preguntó Maggie.

—Como quiera— respondió la jovencita.

—Vamos ahora con otra nueva integrante. Mary Bangs— dijo Maggie intentando animarnos.

— ¡Yo! Dijo una joven morena. —Tengo 19 años, vivía en Calawah pero me mudé a Forks porque mi esposo vino a trabajar a un depósito de maderas— a pesar que no dejaba de sonreír pude notar que no estaba a gusto.

—Qué bueno tenerte entre nosotras— dijo Maggie. Todas le sonreímos.

—Sí, gracias— respondió la morena. La barriga de Mary era muy pequeña por lo que deduje que no tendría más de 5 meses.

—Ahora vamos con otra de las antiguas. A ver… Kristie preséntate por favor— le pidieron a una joven afroamericana con un avanzado estado de embarazo.

— Kristie, 18 años, vivo en el motel Huckleberry…

— ¿La posada que está en el bosque?— preguntó Jen.

—No, el motel que está en la 101 y Huckleberry— le corrigió molesta la aludida.

—Continúa Kristie — dijo suavemente Maggie.

—Mi ex no quiere saber nada del bebé, así que también lo daré en adopción. Fin— dijo con agresividad. Nadie dijo nada, yo no me atrevería a preguntarle alguna cosa.

—Shelly, tu turno— pidió Maggie. Una jovencita latina soltó una risita.

—Soy Shelly Lombardo, tengo 22 años y nací en Colombia pero viví en Chicago desde los 2 años. Estoy casada, mi marido es piloto y no lo veo mucho— suspiró.

— ¿Tu primer bebé?— preguntó una rubia que aún no se había presentado.

—No… perdí uno hace dos años. Placenta previa—sonrió tristemente. Recordé lo que me había pasado hace poco tiempo, cuando creí que había perdido al mío. Un escalofrío me recorrió.

–También voy a estar en el baby shower así que me da emoción, no tengo muchas amigas en Forks— sonrió.

—Gracias Shelley. Vamos con… Ivanna— llamó. La joven castaña con quien había hablado primero se presentó.

—Ivanna Perkins tengo 36 semanas, espero gemelos, varones. Y estoy asustada, el padre de mis hijos tiene otra familia así que estaré sola, espero que mi madre venga a ayudarme pronto— sonrió. –Trabajo aquí en el hospital, en la cafetería pero creo que tendré que dejarlo en pocos días... ah también estaré en el baby shower.

—Y por último y no menos importante Cassandra— la rubia pequeña saltó de alegría al escuchar su nombre.

—Soy Casandra, este es mi tercer hijo, tengo dos niñas así que espero que sea un varón— parecía bastante feliz. –Tengo 29 años vivo en la avenida principal y soy maestra de secundaria. Voy a celebrar mi propio Shower, todas estás invitadas desde luego pero también estaré en el que organiza el hospital ¡Traeré regalos para todas!— Ivanna, Mary y Shelley sonrieron, a Jen no pareció importarle pero Kristie hizo un gesto obsceno con su dedo medio. Nadie más que yo lo notó.

—Eso quería recordarles, las que van a estar en el shower deben traer regalos para todas las gorditas…

—Pero yo no tengo dinero— acotó Jen.

—Puedes ayudarme a hacer los cupcakes ¿Verdad Ivanna?— preguntó Maggie.

—¡Sí!. Si te encargas de hacer los cupcakes especiales para cada una será tu obsequio— le sonrió.

—Perfecto…todas participarán, sólo falta que me confirme Kristie ¿Nos acompañas linda?— preguntó amablemente Maggie a la rebelde de la clase.

—No le veo la gracia. Me voy a deshacer de esta lombriz apenas nazca, ni siquiera voy a verlo ¿Para qué celebrar? No quiero obsequios que no voy a usar— dijo con frialdad. Me sorprendieron sus palabras. ¿Lombriz?

—Kristie, ya lo hablamos— susurró Maggi. –Puedes darlo en adopción y a pesar de ello permitirte quererlo.

— ¿Para sufrir más? No, gracias, mi padrastro mataría a mama si me lo quedo, fue culpa mía por abrir las piernas, así que no tengo opción— dijo furiosa.

—No eres la única aquí que sufre si no te has dado cuenta— le reclamó Mary. Todas la miramos. Ella estaba casada, no creí que tuviera problemas.

—Yo no sufro— le corrigió Kristie. –Me da lo mismo si la lombriz es niño o niña, me da igual si se lo llevan los duendes. Sólo quiero que todo vuelva a ser como antes, lo más rápido que se pueda.

—Nada volverá a ser como antes— dijo Mary triste. – ¡Nunca! Yo me casé enamorada, pensé que con este bebé tendríamos un hogar. Pero no es así… mi esposo ha cambiado, ya no me quiere. No llega a dormir… apenas me habla y casi no me da dinero. ¡Yo tampoco sé cómo voy a hacer cuando mi bebe nazca! También tengo miedo, a veces creo que podría darlo a alguien para que tenga una familia que lo quiera y no me vea sufrir. ¡Pero lo amo! Es mío y no lo voy a regalar aunque tenga que trabajar con él a cuestas— dijo llorando.

—Mi vida tampoco es una feria saben— dijo Ivanna. —Soy la amante de alguien y siempre viviré esperando un poco de su tiempo. Y con gemelos creo que la voy a tener difícil.

—Al menos todas ustedes saben quién es el padre de sus hijos— susurró Jen. Me volví a verla. Parecía querer reírse. —Tal vez no estaba en nuestros planes preñarnos pero ya no podemos hacer nada así paz ¿Ok?— dijo haciendo una señal elevando los dedos medio e índice de su mano.

— ¿Alguien más tiene algo que decir?— preguntó Maggie que asombrosamente no había intervenido.

—Es la tercera clase a la que asisto, a pesar del buen humor que tengo y el esfuerzo que hago por comprenderlas siempre salgo peor que como entré— dijo Casandra. La profesora de secundaria. –Chicas por favor, un esfuerzo. Ya nos falta poco, sé que llevar un hijo… o dos en tu cuerpo es bastante pesado, esta es mi tercera vez…

—Tú no te cansas— se burló Kristie.

— ¡No! Porque los amo, aún a este que llevo dentro y no conozco, lo amo. Algún día te vas a arrepentir de haberlo entregado, solo espero que te consuele el hecho de saber que hiciste lo correcto— le dijo mirándola directamente.

—Yo… —dije para aliviar la tensión. – ¡Yo engañé al padre de mi hijo!— lo hice en un arranque de evitar un enfrentamiento entre ellas. Todas me miraron esperando. –Por favor no lo repitan. Qué esto no salga de aquí. Yo necesitaba embarazarme porque tengo que extirparme el útero y me acosté con una persona que estaba cayéndose de borracho y él no sabe que será padre— dije.

Kristie soltó una carcajada, Jen sonrió. Ivanna me miró con pena, Mary y Shelly me lanzaron una sonrisa de lástima y Casandra parecía asombrada.

Miré a Maggie buscando aprobación.

—Aquí no vamos a juzgar a nadie Bella. Estamos en reunión y nada de lo que digamos saldrá de aquí. Al menos no con nombre y apellido ¿Estamos todas de acuerdo?— nos preguntó.

—Eso ya nos advertiste desde que empezamos— dijo Kristie.

—Si alguien tiene algo que decirle a Bella, quedará entre nosotras— dijo Maggie suavemente.

— ¿El padre de tu hijo es rico?— preguntó Jen.

—No… bueno es profesional pero no es millonario.

—Entonces no vale la pena, no le digas nada— me respondió y dejó de interesarse en mí.

—Deberías decirle— dijo Cassandra. –Tiene derecho a saber…

— ¿Y si no lo quiere?— preguntó Kristie.

—Podrías arriesgarte Bella. Quizás él también te quiere— me sonrió Shelley.

—Se embarazó de un borracho, para que quiere un padre así para su hijo— se rió Jen.

—Aunque tenga familia e hijos deberías decirle— aconsejó Ivanna.

—Ya déjenla en paz— Kristie parecía querer defenderme.

—Bien… ya hemos terminamos por hoy. Hay cosa pendientes para organizar el shower ¿Alguna de las nuevas se anota? Necesitamos alguien que me ayude a la decoración, otra gordita que se encargue de los bocaditos con Ivanna…

— ¿Puedo hacer decoración? Tengo materiales para pintar, hacer guirnaldas, pompones, centros de mesa… puedo hacer las cajitas para el árbol de los deseos— me ofrecí.

—Pareces saber mucho de esto— me sonrió Maggie.

—Me gustan las manualidades— contesté. Recordé cuánto me gustaba decorar pero hace tiempo sólo lo hacía en mi aula de clases.

—Está bien, Bella se encargará de la decoración, usa tonos pastel neutros y deja volar tu imaginación— me sonrió la conductora.

— ¿Bueno ya nos podemos ir?— preguntó Kristie.

—Sí… ah me olvidaba, tú vas a dar el discurso de agradecimiento a los que vengan— le dijo Maggie. Ella se quedó boquiabierta.

— ¿Qué?— dijo molesta.

—Sólo agradeces a los que vengan, ya saben todas que pueden traer un par de invitados— nos dijo Magie a todas, ignorándola.

— ¿Y si no vengo?— la retó Kristie.

—Pues no le agradeceremos a nadie— le sonrió.

Todas nos miramos. Ivanna y Casandra se me acercaron e intercambiamos números. Mary se despidió de mí con un abrazo. Shelley conversaba con otra de las ayudantes de Maggie.

Kristie salió rápidamente y Jen se quedó a conversar con Maggie.

Impulsé mi silla después de despedirme pero antes de salir alguien interrumpió mi marcha.

Vi sus zapatos y me disculpé porque lo había pisado con una de mis ruedas.

—Fue mi culpa, entré muy rápido— me contestó. Elevé la vista para encontrarme con aquellos ojos verdes que hace tanto me había hechizado.

—Hola— saludé intentando que no me afecte.

—Te sienta de maravilla el embarazo, no recuerdo haberte visto tan hermosa— susurró. –Lo siento— se disculpó avanzando hacia dentro del lugar.

Salí lentamente, mientras procuraba que mi corazón dejara de latir y mi bebé se tranquilice. Lo sentí patearme insistentemente.

Alcancé a oír que estaba coordinando con Maggie lo de la fiesta que se organizaba para nosotras.

Llegué la salida y por fin pude respirar a gusto. ¿En qué me estaba metiendo? ¿Cómo diablos se me ocurrió compartir con las demás la forma en que concebí a mi bebé? Esperaba que a nadie se le ocurr
a abrir la boca ahora.

***


Gracias por la espera amigas.

23 mayo 2013

OUTAKKE #1 ¿Quién llamó a la Cigüeña?





OUTAKKE #1 

¿QUIÉN LLAMÓ A LA CIGÜEÑA?

EDWARD POV

—Felicidades hijo— mi padre fue el primero en abrazarme. Alice hizo un puchero pero se unió a la fila de saludos.

—Gracias Carlisle— traté de distinguir en sus ojos lo que en realidad estaba pensando. Era bueno en eso, si pudiera tener un súper poder sería leer mentes.

Papá se veía casi tan feliz como mamá. Un estado de felicidad extraño. Sonreían, eso era obvio pero su felicidad no llegaba a colmarles la mirada. Y mis hermanos, ni se diga. Alice reaccionó de la misma manera que cuando empecé a salir con Victoria en mi segundo año de medicina, hace expresiones raras, muecas desagradables pero no me dice nada.

Rosalie si apreciaba a Tanya y fue la primera en ir a saludarla. Jasper y Emmett por otro lado eran bastante comprensivos.  Ellos de alguna manera me animaron a dar este gran paso.

Es un cambio radical en mi vida. En 8 meses,  prácticamente la siguiente primavera me casaré.

Tanya y yo llevamos más de un año saliendo, entre peleas, distanciamientos y reconciliaciones. Yo la admiraba. Era una excelente profesional muy entregada a su carrera. Estaba en falta con ella, cuando se inscribió conmigo en la facultada de medicina, hace años, pensé que lo hacía por mí. Para estar cerca. Pero el tiempo hizo que me trague mis palabras iniciales. Ella es una excelente médico obstetra muy cotizada en la ciudad.

—Bendiciones mi amor, me hace muy feliz que formes una familia— mamá no dijo más. Y yo estuve de acuerdo, por un tiempo no tocaríamos el tema de niños en la familia. Rosalie y Emmett perdieron un bebé el verano pasado, costó tanto poder sacar a Rose de su depresión. Por ello Alice y Jasper no tienen planes de encargar todavía.

Mis 4 hermanos llevan un par años casados, pero se aman desde mucho tiempo atrás. Casi desde que se conocieron. Yo… yo no creo en eso del amor a primera vista.

La doble boda fue hermosa… me nombraron padrino, creo que me otorgaron ese honor para no sentirme menos importante. Me hubiera encantado que sea una boda triple…

—No te felicitaré— Alice me abrazó y pegó sus labios a mi oído. –Porque sé que esa boda nunca se realizará.

— ¿Qué?— pregunté atónito.

—Lo sé, lo he visto— me sonrió.

Los abrazos de Emmett y Jasper me dejaron sin aliento y no pude preguntarle más a la pequeña vidente que teníamos en la familia.

Sé que el futuro es impredecible, la vida nos lleva por caminos extraños a veces nos sentimos perdidos… parece que entramos en un túnel sin salida. El tiempo no se detiene y te empuja a seguir, hasta que de tanto caminar vuelves a encontrar la luz.

Yo, había encontrado mi luz, nuevamente. Era Tanya. Ella y su infinita paciencia pudieron conmigo.

—Gracias a todos, papá y mamá están muy felices también, vendrán la semana que viene para felicitarnos— les comunicó Tanya.

—Hablaré ahora mismo con Elezar— respondió Carlisle.

—Alice, Rose ¿Podrían ayudarme a planear la boda?— pidió mi novia.

—Con mucho gusto— respondió Rosalie sin dudar. Eso le vendría bien como distracción estos meses.

—Tenemos bastante tiempo aún, podemos planear todo con calma— me sorprendió escuchar esas palabras en boca de Alice. Ella nunca tomaba con calma una boda. Planeó la suya con años de anticipación.

—No estaremos aquí para ayudarlas, hermanas. Es que… Edward y yo nos vamos de la ciudad— confesó Tanya.

Ahora venía la parte difícil, la de dar explicaciones. Esperaba que mi familia entienda como lo hizo Tanya, mejor dicho, esperaba que ellos intenten creerme.

— ¿Qué?— preguntó mamá.

—Así es. Vamos a Forks— Alice disimuló bien sus sonrisa, papá levantó una ceja, Emmett arrugó la frente, Rosalie abrió la boca y Jasper se cruzó de brazos.

La tensión era evidente, nadie se atrevería a pronunciar su nombre pero podía ver claramente que toda mi familia tenía una imagen en sus mentes. “Bella”

— ¿A Forks?— preguntó Carlisle ya que nadie más dijo nada. — ¿Para qué Edward?

—Me presenté para el puesto de director del hospital y me aceptaron, es una buena forma de practicar la maestría que terminé hace unos meses— dije con bastante seguridad.

Mis planteamientos fueron pensados desde un principio para que no dejaran dudas ni murmuraciones entre mi familia. Estaba decidido a volver a Forks a ocupar la plaza de director del hospital. Había terminado mi maestría de administración de hospitalaria, que en un inicio pensé que me serviría para abrir una clínica con mi padre y Tanya.

Y, aunque tengo un bien ensayado discurso que dar sobre esta decisión, debo confesar que mis motivos son otros. Muy egoístas y oscuros.

Desde que salí de aquel pueblo, me persigue el recuerdo del primer amor. Sufrí una gran decepción, me encerré en mi propio mundo y durante mucho tiempo no dejé que nadie, que no fuera de mi familia, entrara en mi vida.

Sólo yo sé lo que he sufrido y las incontables noches en que en silencio me lamenté. Primero porque la persona que tanto amaba me traicionó y luego porque no tuve las agallas de enfrentarla para pedirle explicaciones. Yo amaba a Bella con toda el alma. Nunca quise lastimarla reclamándole su error.  Temía convertirme en un monstruo, perder los estribos y ofenderla. No pude manejar mis emociones en ese entonces.

Y ahora, luego de más de 5 años quiero terminar definitivamente con esos recuerdos y no encuentro mejor forma de hacerlo que volviendo a verla.

Volver a saber de mis antiguos compañeros de la preparatoria me trajo recuerdos, ahora que existen las redes sociales, encontré a Mike, Tayler y a Jessica y supe que había llegado el tiempo de volver.

Los sueños se hicieron más frecuentes, sueños que no solamente me traían el recuerdo de Bella, sino algunos en donde podía ver parte del futuro que ella me negó. Un futuro que no debía soñar porque Bella Swan ya no estaba en mis planes.

Le hablé de estos sueños recurrentes a un colega psiquiatra quien me recomendó una serie de métodos que me habían funcionado bien, hasta aquel día, el aniversario del hospital.

Sé que el licor es un mal consejero por eso siempre he evitado tomarlo en dosis elevadas pero esa noche estaba especialmente alegre. Había terminado mi maestría, gané el sorteo que realizaron en el hospital y además,  James y yo hicimos las pases. Él es un reconocido cardiólogo que por tres años fue mi peor enemigo. ¿La razón? Yo salí con Victoria, su novia de la infancia, en una época en que me encontraba emocionalmente inestable. Y eso James jamás me lo perdonó.

Entre copa y copa de whiskey  creí ver a Bella entre la gente que bailaba, al otro lado del salón, en los servicios higiénicos. Pero aquella noche la soñé. Y fue algo perturbador. Demasiado realista, podía jurar que hicimos el amor. Pero desperté solo, con las manos vacías, como cada mañana.

Y me tomó varias semanas hacerme a la idea que fue sólo un sueño. En esos días no quise salir con Tanya, me volví esquivo y melancólico nuevamente. Busqué entre los contactos de Facebook de Mike y de Jessica. Bella no tenía cuenta en esa página. Pero hallé algo que me interesó, el hospital de Forks solicitaba un nuevo director. Y sin detenerme a pensar mucho, envié mi hoja de vida por email. Grande fue mi sorpresa cuando me contestaron afirmativamente.

Tanya lloró mucho cuando le compartí la noticia. Ella es bastante sensible, tras largos años de haber batallado a mi lado, esperando que la ame, decirle que volvería al pueblo donde vivía la mujer que tanto amé, le afectó profundamente.

Ella hizo algo que yo no esperaba, me pidió ir conmigo. Nuevamente me sentí un canalla, porque muy dentro de mí, sabía que no era la medicina lo que me movía a volver a Forks pero traté de hacerle ver que quería hacer algo por el pueblo y por el hospital.

Es por eso que le pedí que se casara conmigo. Porque yo quiero tener un motivo para regresar a Vancouver. No es bueno bajar a los infiernos sino tienes quien te saque del averno. Como Odiseo, necesitaba amarrarme a un mástil para poder ver a las sirenas, en este caso, sólo una, sin la locura de querer correr tras ella.

Temía caer. Nuevamente sentirme vulnerable e intentar acercarme a Isabella más de lo debido.

—Yo iré con él, Eddy se va primero pero yo lo alcanzaré, debo terminar mi contrato con la clínica de mujeres— Tanya siguió explicando nuestros planes.

La idea era trabajar juntos allá unos meses, regresar a Vancouver para la boda y terminar mi contrato en Forks. Luego de eso, si conseguíamos un buen local, montar nuestra propia clínica. En Canadá, porque Seattle ya no sería una opción.

—Bueno, si lo tienen todo planeado, no queda más que apoyarlos muchachos— sonrió papá.

—Iremos a verlos apenas tengamos un fin de semana libre— anunció mamá.

—Yo también iré— gritó Alice. –Digo, iremos, Jasper y yo ¿Verdad amor?— volvió la cabeza para buscar el apoyo de su marido. Quien se lo dio sin pensarlo si quiera.

Pero en el fondo, yo sabía que Alice, deseaba tanto como yo volver a verla. Siempre fue un tema vetado entre nosotros. Hace muchos años, mi pequeña hermana y yo hicimos un pacto. No volver a ver a Bella, hasta que mi herida haya sanado. Me lo juró una madrugada en que yo había tomado mucho e intenté ahogarme en el lago.

—Yo no quiero volver a Forks, me quedaré aquí planeando la boda— Rosalie me miraba con rencor. Ella también sabía en el fondo cuales eran mis intenciones. 

Pero yo sólo quería, no, necesitaba cerrar esa parte en mi vida. Debía ver a Bella una vez más, saber que está bien, casada o tal vez con hijos. Debía des hacerme de esos recuerdos que me atormentaban o esos sueños donde había una niña entre nosotros.

Tengo que verla tal y cómo es hoy. Ya no la adolescente que me engañó, porque yo tampoco soy ese adolescente herido. Ella es ahora una mujer, que continuó su vida y sigue adelante.  Y yo soy un hombre que ha madurado, firme en sus decisiones y que ya no le teme al pasado.

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A lo largo de la historia iré subiendo pequeños fragmentos relatados por Edward. No quisiera esperar al final para subirlos, pues me gustaría que los leyeran.


PATITO

06 mayo 2013

Cap 12 ¿Quién llamó a la Cigüeña?




CAPÍTULO 12

AY SI, LA DULCE ESPERA

Quien se inventó eso de “la dulce espera” seguramente no estaba embarazado. Apuesto mis calzones con refuerzo, a que fue un hombre. Porque ellos no saben nada de esto. Estar embarazada es a veces muy desesperante.

Las horas más tranquilas para mí, era cuando estaba dormida. Sin querer me estoy convirtiendo en un perezoso, duermo la mitad del día. Y la otra mitad apenas me arrastro por la casa. Estoy cansada. Bostezo cada cinco minutos.

Y cuando estoy totalmente despierta tengo ganas de llorar. Me siento sola, papá está todo el día trabajando, Jake apenas viene a vernos, Ángela ya me consiguió reemplazo permanente en la escuela. Qué triste es no tener madre ni mejor amiga.

Algo que me tenía muy desmoralizada eran los gases. Odio hablar de esto pero es algo que no puedo negar. Siento que voy a elevarme como un globo de helio. La panza se me hincha y debo abrir las ventanas todas las noches. Algo leí en internet y creo que como muchas verduras flatulentas o harinas. Quizás hago malas combinaciones. Además, transpiro mucho. Me despierto en las noches empapadas, cómo si llegara de correr un maratón. He cambiado toda mi ropa por prendas de algodón, sino no soporto el escozor.

Voy al baño cada hora, meo más que un borracho. Y cuando río, toso o estornudo debo correr al baño o me hago “pis” encima. ¡Ay cómo detesto eso! Pero tengo mucha sed y debo hidratarme.

Me duele la espalda, la cintura que no tengo, me pican los pechos y también tengo comezón en la panza. Debo aplicarme más crema o tendré estrías horribles.

Ahora las suaves pataditas se habían convertido en una retumbante sesión de pataleo.
“¿Acaso bebé Swan está practicando algún deporte dentro de mí?” le susurré.

Aún no dolía pero si molestaba un poco. Sólo espero que no se le ocurra a mi gusanito seguir pateando de ese modo en el futuro. No podría soportarlo.

Me arrastré hasta la cocina a tomarme un enorme vaso de leche y todo lo que encuentre, me comería un puma si pudiera.

Miré la hora, eran las 8 de la mañana.

¡Ah por Dios!

Tengo cita en el hospital. Con esa patilarga, rubia y perfecta doctora prometida para casarse con el padre de mi hijo, el donador inconsciente: Edward Cullen.

Qué raro que Jake no viniera todavía. Corrí, o bueno, caminé lo más rápido que pude hacia el teléfono. Y le marqué.

— ¿Bella? Jake se fue hace más de una hora para tu casa— dijo Billy. ¿Y dónde rayos se habrá metido?

Me alisté velozmente, me puse el vestido más bonito que tenía. Muy coqueto. Esperaba no sentirme tan adefesio al lado de la doctora Denali.

Jake no llegaba. Intenté subir con mucho cuidado en mi vieja camioneta. Y no entraba. ¿El volante había crecido? Ah no, soy yo quien ahora está enorme como un balón.

No me quedaba de otra que llamar a un taxi. Casi entraba a casa cuando escuché un coche estacionarse estrepitosamente. Me giré a ver, era Jake.

— ¡Bella! Vamos retrasados— gritó.

No respondí. Subí sin decirle nada. Intentaba no reclamarle pues no era su obligación llevarme pero me molestaba que se retrasara y me haga llegar tarde a mi cita.

— ¿Molesta?— sonrió.

Llegamos al hospital, como siempre, Jake trajo una de las sillas de ruedas y empujó hacia la consulta.

Había dos embarazaditas sentadas esperando turno.

—Voy a dejarle tu ficha a la doctora— Jake se acercó a llamar a la puerta.

Ella salió a atender y en cuanto me vio me regaló una sonrisa. ¡Cómo quisiera odiarla pero es tan amable!

—Espere un momento— le dijo a Jake.

Segundos después salió a hablarme.

— ¿Estás en ayunas?— preguntó.

— ¿Qué?— respondí.

— ¿Desayunaste?

—No. No me dio tiempo— sonreí.

—Perfecto, ve con esta orden al laboratorio. Te van a sacar sangre para un análisis— me mostró nuevamente sus enormes y blancos dientes.

Jake empujó mi silla hacia el lugar donde nos indicó.

— ¿Qué estabas haciendo?— no pude resistir mi curiosidad.

—Que curiosa— dijo entre sonrisas.

—Eres malo Jake— lo reprendí.

—En la tarde lo verás.

Llegamos al laboratorio y me extrajeron la sangre. Tuve que girar mi cabeza hacia otro lado para no ver u oler nada.

De regreso a la consulta, Tanya me estaba esperando, parecía impaciente.

—Debes tomarte esto inmediatamente y esperar una hora— me dijo.

— ¿Qué es esto?— pregunté.

—Azúcar disuelta. En realidad es un test para saber si eres propensa a contraer diabetes gestacional. Debemos medir tus niveles de absorción de azucares. ¡Vamos, hasta el fondo!— me animó.

Apenas le di un sorbo a esa cosa me sentí mal. Era demasiado dulce. Miré a Jake de reojo. Él sólo tenía ojos para Tanya.

— ¡Valor! No sabe tan feo— me sonrió la doctora—prometida Denali. Como ella no tenía que tomar ese menjunje asqueroso.

Traté de no respirar y me lo tomé completo. Un vaso grande lleno de sabe dios qué cosa viscosa amarillenta entró en mi cuerpo.

—Vamos a esperar una hora para hacerte otro análisis de sangre— me dijo sonriendo. ¿Qué nunca se le iba esa sonrisa?

– ¡No señora!— dijo Tanya mirando a la mujer que estaba sentada en la banca. –Si lo devuelve va a tener que tomarse otra dosis.

Me asusté. ¿Tendría que volver a tomar eso si no puedo contenerlo dentro de mí? Esto es tortura.

Ella sonrió nuevamente y volvió a entrar. Me quedé allí, al lado de Jake, sintiendo que mi estómago y cabeza me daban vueltas.

Minutos más tarde otra de las pacientes se puso pálida.

—Creo que voy a devolver— dijo tomando la mano de su marido con fuerza.

Se levantaron y caminaron rumbo a los servicios.

Miré a Jake asustada.

—No debe ser tan malo— dijo preocupado.

—Creo que si lo es— dije mientras sentía que algo se revolvía peligrosamente en mi estómago.

—Oye Bella, no he comido— se quejó.

— ¿No tomaste desayuno?

—Bueno sí, a las 6 de la mañana, pero mi segundo desayuno no. Ya es hora— dijo serio.

— ¿Tomas dos desayunos? Ni yo.

—Es que todavía estoy creciendo— se defendió.

—Pero para los lados— le repliqué.

—Quiero una hamburguesa— pidió.

—Vale, ve a comer. Yo espero aquí, no me voy a ir a ningún sitio— dije cerrando los ojos. Intentaba dormir un poquito o al menos concentrarme en alguna película o pasaje de algún libro para ignorar las náuseas salvajes que galopaban en mi estómago.

Pasaron veinte minutos y no lo soportaba, esa cosa iba a salir de mí. Intenté rodar mi silla de ruedas lo más rápido que pude hacia los servicios. Pero iba demasiado lento y esa cosa ya estaba en mi esófago. Me levanté apurada, caminé unos cortos pasos y no pude resistir.

Fue realmente asqueroso, vomité todo aquel líquido amarillo viscoso. Pero un par de zapatos negros se interpusieron entré mis fluidos y el piso del pasillo. Quería morirme, que papelón.

Con el esfuerzo caí en cuatro patas y me ensucié el vestido tan bonito que me había puesto. Rápidamente unos brazos me levantaron.

— ¿Qué te pasa Bella?

¡Ahora sí me quería morir! ¡Era Edward! ¿Por qué siempre me pasan estas cosas a mí? De toda la gente que trabaja y se atiende en el hospital tenía que ser el director, ex novio, padre donador de mi bebé y antiguo amor de mi vida a quien le vomitara.

—Esa cosa— dije intentado limpiarme con las mangas de mi cárdigan.

Pero él me detuvo y limpió mi rostro con algo suave.

— ¿Qué pasó? ¿Tienes nauseas así de fuertes? ¿Le has contado a Tanya? ¿No te ha dado algo para evitarlas?— preguntaba rápidamente.

—No tengo nauseas, es lo que me dieron a tomar… la prueba del azúcar— dije sintiéndome fatal. Sentía algo de líquido en mi nariz, que asco.

— ¿Prueba del azúcar?— preguntó.

—Sí, ahora debo tomar eso otra vez— quise llorar.

— ¿Te han hecho el Test de O´Sullivan?— preguntó. Yo ni siquiera sabía cómo se llamaba esa prueba.

—No sé— respondí, sintiendo algo de emoción al verlo limpiar una parte de mi vestido que se había manchado.

—Vamos al consultorio— dijo ayudando a ponerme de pie. — ¿Esa es tu silla de ruedas?— preguntó al verla en medio del pasillo.

—Sí.

—Sube, tengo que hablar con Tanya.

Mientras Edward empujaba mi silla de alguna forma me sentí protegida.

Llegamos a la puerta del consultorio, afuera estaba la señora que había vomitado antes que yo. También se veía muy pálida.

Edward llamó a la puerta.

—Necesito hablarte— le dijo a Tanya apenas ésta abrió. Por su tono de voz, estaba segura que alguien sería reprendido.

Edward entró y no salió de allí en varios minutos. Si no hubiera gente afuera habría pegado mi oreja a la puerta paras saber que le decía.

— ¿A qué hueles?— Jake llegó a mi lado y arrugó su nariz apenas percibió el olor.

—Mi estómago es débil— sonreí. No porque me diera risa su cara graciosa sino porque imaginaba que Edward reprendía a Tanya, le gritaba por haberme dado esa cosa y terminaba su compromiso.

Pero eso sólo pasó en mi cabeza. Minutos después la puerta se abrió, dejándome ver a la rubia sonriendo. En el umbral de la puerta abrazó a Edward y le dio un rápido beso en los labios. Él parecía abochornado, se repuso y se marchó sin siquiera despedirse de mí.

— ¿Vomitaron?— preguntó Tanya cómo si no lo supiera.

—Sí— me ganó en hablar la otra embarazada.

— ¡Cuánto lo siento!—se excusó. —No importa, no les daré otra dosis, bastará con que me digan si no tienen algún familiar con diabetes.

¿O sea que nos hizo sufrir sin motivo? ¡La mato, yo la mato! Médico embustera. ¿Está experimentando con nosotras o qué?

Esperé más de una hora, estaba muerta de hambre, con nauseas, oliendo a vómito y sucia.

Tanya y su sonrisa de aviso dental salieron a invitarme a entrar.

— ¡Hoy es tu ultrasonido! No lo recordaba sino te habría mandado directo con Jane. Bueno, ve allá y luego regresas— me tendió una orden médica.

Echaba humo pero como soy una mujer madura y madre, me tragué mi orgullo y sin decir palabra le hice señas a Jacob para que me lleve.

—Pudimos ir y volver de tu casa para que te cambies— susurró Jake.

—Ni me lo digas— dije entre dientes.

—Noto algo de furia por aquí— soltó una suave carcajada.

—Es que ella no tenía por qué hacernos esa prueba, bastaba con que nos pregunte si teníamos familiares con diabetes.

—Pero a lo mejor era importante— no le respondí, esa mujer no me quería, eso era seguro. Debió acordarse de mí, de nuestra conversación telefónica hace años… o peor, de lo que pasó en Vancouver.

La antipática de la enfermera malvada, Jane, no se quejó de mi deplorable estado pero sí se colocó una mascarilla y guantes para poder atenderme. Creo que ella nunca ha sonreído, al menos no por amabilidad. Tiene la cara tiesa.

No me dijo absolutamente nada durante el ultrasonido. Nada, ni siquiera me dijo que había terminado, simplemente apagó la máquina y me dio una hoja para llevársela a Tanya. Esa enfermera debe tener algún problema con el mundo.

De regreso con mi obstetra, me explicó que el ultrasonido era normal, que mi bebe estaba en las medidas y el peso adecuado. Y que era muy pequeño aún para saber su sexo. Ni modo, a esperarme un tiempo más.

— ¿No tienes ningún síntoma anormal? ¿Visión borrosa? ¿Pies hinchados? ¿Zumbido de oídos?— preguntó.

—No. Sólo tengo demasiado sueño— respondí.

—Tu presión arterial está algo elevada pero puede que se deba al mal momento de hoy. Siento mucho que te fuera mal, pero la prueba de azúcar se realiza en muchos países del mundo, aún no me llega el medidor de glucosa que pedí, por eso debo recurrir a este método.

—No hay problema— dije intentado sonreír.

Regresé a casa con la moral por el piso, comí algo y volví a mi lugar favorito: mi cama. No debí levantarme hoy, que mal me fue.

Cap 11 ¿ Quién llamó a la Cigüeña?




CAPÍTULO 11

¡HAGAN LLORAR A BELLA!

Noté un suave burbujeo dentro de mi adorada pancita, luego unos suaves jaloncitos. Parecía que mi bebé estaba despierto y quería jugar. Me había pasado toda la semana sintiéndolo moverse. Era adorable, me llenaba de emoción cuando sentía eso. Verdaderas mariposas en la panza, no de esas que dicen que se siente cuando te enamoras, no. Estas son tan reales. 

Muchas lágrimas se derraman en mis mejillas, cuando te siento mi pequeñín, mi tesoro. Ya te amo, ya te quiero, mi pequeño milagrito. La espera es larga, necesitas crecer y hacerte fuerte. ¡Cómo anhelo ver tu carita!

Mi cuerpo es ahora tu hogar, yo te cobijaré, juntito a mi corazón. Quédate quieto, no tengas miedo. Cada célula de mi cuerpo sabe que debe cuidar de ti. Yo te arrullaré con dulces cantos, te daré calor para que puedas crecer. Mi sangre te dará el alimento, mi amor la fuerza que necesites. ¿Lo sientes chiquitín? ¿Escuchas mi corazón? No dice tun tun… dice te amo, te amo, te amo.

Mi pequeño inquilino, cada día tú casita es más grande, ya casi no puedo ver mis pies. Mi pancita se ensancha, la piel se estira… ya no tengo cintura y nunca estuve más feliz. Tengo un par de pechos que te esperan, listos para alimentarte.

¿Sabes chiquitito? Nunca creí que se podía sentir tanto amor, tanta ternura. Ni que algo podía ser tan maravilloso, hasta que te sentí dentro de mí.

Ya no existe el “mío”, ahora todo lo que tengo es “nuestro”. Nuestra casa, nuestra habitación, nuestro Charlie…nuestra vida. ¡Lo podemos todo, juntos!

¿Sabes? Siento mucha curiosidad, quiero saber si eres “el” u “ella”. Quiero hacerte zapatitos de estambre, camisitas de lino. Y no sé qué color darles. También hay que pintar tu habitación, no sé cómo decorarla. Si con lindas princesas o con atrevidos astronautas.



Ha llovido todo el día, me di cuenta cuando estuché los truenos a lo lejos. Imagino que son dioses gladiadores que chocan sus espadas. He empezado a leer cuentos infantiles, en voz alta. Quiero que mi chiquitín se acostumbre a los versos y a mi voz. Descargué muchas melodías para que se familiarice con la música.

En un rato saldré hacia la parte trasera de la casa, Charlie me ha acomodado allí una mecedora, que era de la abuela. Quiero escuchar cantar a los grillos, el croar de las ranas y los pajaritos, cuando deje de caer agua del cielo. Yo sé que los grillos festejan las inmensas charcas de agua y las ranitas cantan felices porque el aguacero terminó.

Quiero que mi bebé escuche eso, tal vez no lo distinga aún o sus oídos no estén lo suficientemente desarrollados. Pero creo que si yo lo oigo, él podrá sentirlo también.

.

Dos horas después, ya estaba oscuro. Jake llegó, él sabe que me gusta estar aquí en las tardes.

— ¡Bella!— escuché su grito.

— ¡Aquí!— lo llamé.

—Traje pescado— sonrió. Eso debía enviarlo Sue. Últimamente papá no ha ido mucho a verla. Se la pasa las noches conmigo, no quiere dejarme sola. Jake viene casi todos los días pero también tiene sus responsabilidades.

—Vamos, entonces a cocinarlo— le sonreí. Me ayudó a ponerme de pie y caminamos lentamente hacia la cocina. Ahora usaba mucho el microondas. No podía estar de pie para guisar, lavar trastes o picar verduras y carnes. Debía permanecer sentada y hacer el mínimo esfuerzo.

Órdenes del doctor Cullen, que sin saber, era de cierta forma quien nos cuidaba. ¡Qué rayos! Siempre pienso en Edward “sin querer”.

Ahora me da risa lo que pasó en nuestra última consulta. Fui tan tonta. Parecíamos unos viejos cascarrabias peleando por todo. Nosotros somos dos extraños, ya no queda nada del amor que un día nos unió. Aunque lleve un hijo suyo en mi vientre. Él no lo sabe… y este secreto pienso llevármelo a la tumba. Mi bebé es sólo mío.

— ¿En qué piensas?— preguntó Jake.

— ¿Yo?— dije respondiéndole con otra pregunta.

—No… le hablo a los pescados— me miró fastidiado.

—Quiero que me ayudes a pintar la habitación del bebé pero no sé de qué color— hice mi mejor puchero. Jake era tan bueno con nosotros, no quería hacerlo enojar.

—Puede ser un color neutral. ¿Cuándo te hagan el ultrasonido no te pueden decir el sexo del bebe? A lo mejor lo sabemos antes de empezar a pintar— se sirvió un vaso de mi leche.

—Sí. Espero que en la siguiente consulta me programen un ultrasonido— sonreí.

Charlie acababa de entrar, apenas lo sentí llegar, mi pancita me hizo cosquillas. Alguien se había despertado.

Piqué unas cebollas y preparé la fuente para poner los pescados. Le pedí a Jake que lo metiera en el horno y fuimos a sentarnos en el sofá.

Me alegraba tenerlos a mi lado por las noches. Era muy divertido, Jake y yo jugábamos cartas o dominó. Papá nos contaba cómo le fue su día, quien rebasó el límite de velocidad, si hubo algún arresto o simplemente se sentaba a mirar la televisión.

.

¡Mi corazón saltó de alegría cuando sentí su primera patadita!

Fue la noche siguiente, se me hacía agua la boca por un buena tajada de pastel que Jake me trajo del supermercado y tardando en abrirlo.

Sólo fue un golpecito leve desde dentro de mi pancita. Lo suficientemente fuerte como para notarlo.

— ¡Me pateó!— grité.

— ¿Qué?— Jake se giró a verme.

— ¿Pateó?— Charlie llegó corriendo desde el salón. –Va a ser un futbolista nato— dijo emocionado.

— ¡Allí está otra vez!—dije al volver a sentir otro golpecito.

—Tu panza se mueve— Jake miró horrorizado cuando otro golpecito más fuerte movió parte de mi blusa.

— ¡Si, es maravilloso!— dije conteniendo las lágrimas de felicidad.

—No, si has visto demasiadas películas de terror— Jake volvió a seguir partiendo el pastel. Charlie también parecía asombrado, me sonrió y se fue a seguir mirando su partido.

—Ellos no entienden porque no pueden sentirte bebe. Yo estoy muy feliz que por fin puedas comunicarte conmigo— le hablé a mi barriguita.

Nuevamente otra patadita me sorprendió. Empecé a jugar con mi pancita, a hacerle toques, caricias, a simular que mis dedos caminaban sobre ella. Pero ya no lo sentía más por ese día.

.

—Qué bueno que hoy viniste sin esa silla de ruedas— me burlé de Jake. Había llegado el día de mi siguiente cita. Amanecí nerviosa, quizás me tocaría otra vez con Edward. Había ensayado la noche anterior, estaba lista para una perfecta representación teatral. Mi obra se llamaría “No me importas”. No volveré a perder la paciencia con él. Voy a tratarlo como a un médico más, ni siquiera cómo a un médico al que le tienes afecto y confianza. No. Yo seré de piedra.

—Me ahorré unos buenos dólares— se defendió mi amigo.

Subimos al coche y partimos rumbo al hospital.

Creo que era mi imaginación, o tal vez Jake manejaba muy lento. Me estaba desesperando.

— ¿Tu coche está fallando?— pregunté.

—No. Ayer le hice un afinamiento.

— ¿Y por qué vamos más lento que el camión de la basura?— reclamé.

—Tu papá me pidió no ir a más de cuarenta kilómetros por hora— se quejó.

— ¡Ay Charlie!— suspiré.

— ¿Tienes prisa por llegar?— preguntó alzando una ceja.

—No. Es sólo que siento que caminando llegamos más rápido— le sonreí.

—Ya va, falta poco.

Se estacionó y me trajo una silla de ruedas como la vez anterior. Mi corazón se aceleró al entrar por la puerta del hospital. Quería negarle a mis pensamientos que trajeran a Edward pero mi cerebro no me hizo caso. Dale a pensar en él otra vez.

—Consultorio 3— dijo a recepcionista al mostrarle mi cita.

Jake empujó mi silla en silencio, también él estaba pensando en Edward. ¿Qué pensaría de él? ¿Estaría celoso? ¿Querría volver a hacer de las suyas?

Al girar el último pasillo me di cuenta que habían cambiado muchas cosas. Los consultorios estaban numerados y tenían el nombre de la especialidad en sus puertas.

Debía alegrarme por eso, tendría a alguien que pueda chequearme correctamente. Un médico obstetra que me oriente mejor que un pediatra. Pero no me alegré.

—Es acá, no hay fila, voy a tocar— me anunció Jake.

Esperé sentada tranquilamente. Segundos después que mi amigo llamara a la puerta salió una mujer rubia. ¡Yo la conocía! ¡Era la misma mujer que estaba cerca de Edward en Vancouver! A la que le presté la bufanda del vestido. ¿Será alguna amiga suya?

—Dígame— sonrió.

—Venimos a la cita de mi novia— dijo Jake, algo intimidado por ella. Era impresionante. Bastante más alta que yo, podía verse el vestido que traía debajo de la bata y sus hermosos zapatos de tacón alto. Perfectamente maquillada y con el cabello recogido. Incluso sus gafas eran hermosas.

—Pase por favor— sonrió abriendo la puerta. –Soy la doctora Tanya Denali y yo me haré cargo de sus consultas a partir de ahora, hasta que llegue el momento de dar a luz.

¡Era ella! No me importaban sus dientes perfectos ni su sonrisa de aviso de dentífrico. Era ella. La que me atendió el teléfono de Edward hace 5 años y no me quiso comunicar. La misma que parecía perra en celo alrededor de Edward en Vancouver.

¿Ella iba a atenderme el resto de mi embarazo? ¡Maldita sea! Prefiero que sea Edward quien lleve mis citas, pero eso ya no es posible, yo misma que quejé.

No tengo opción, más que hacerme la loca. Pero se dará cuenta en cuanto le entregue mis documentos. No parece haberme reconocido, su sonrisa perfecta estaba intacta, esperando que entremos. Me habría mirado raro si me reconociera. Sinceramente no creo que lo haga, yo estaba bastante arreglada aquella noche, me maquillé y llevaba un vestido bonito. Ahora traigo el cabello suelto, ropa ancha y común. Confío en que no me recuerde.

Jake empujó mi silla y se sentó en la que estaba libre. ¿Por qué ahora no se iba y me dejaba sola como hace dos semanas, cuando Edward me atendió?

—Su apellido por favor— me miró.

—Swan. Soy Isabella Swan— le respondí. Medí su reacción pero no pareció afectada.

—Aquí tengo su ficha. Amenaza de aborto, debemos cuidar a ese nene travieso. Venga por acá, le ayudaré a colocarse la bata ¿Puede caminar?— preguntó. Yo no quería que me toque, podría desvestirme perfectamente sola.

—Si puedo caminar, la silla es sólo preventiva— dije poniéndome de pie y caminando hacia detrás del biombo.

— ¿Es su primer bebé?— le preguntó a Jake mientras me fui a cambiar.

—Eh… sí es el primero— parecía que Jake estaba embobado con la nueva doctora. Creo que le miraba el enorme escote que traía. Cachorro tonto, luego me va a oír. Puede mirar a cualquier mujer del mundo pero no a esta. Por culpa de ella no pude hablar con Edward hace años y aclararle las cosas.

Regresé con la bata puesta.

—Acuéstese por favor— pidió. Creo que vamos a realizarle un ultrasonido la siguiente consulta. Estoy segura que tienen deseos de saber si es niño o niña— sonrió poniéndose el estetoscopio.

—Sí. Bella quiere pintar la habitación del bebé— contestó Jake.

—Qué alegría que lo esperen con amor, el bebé siente las emociones de su entorno a través de la madre— me descubrió la bata y puso su aparato sobre mi pancita. Nos hablaba como si fuésemos un par de críos, tal y cómo yo les hablo a mis niños en el pre escolar. ¿Qué seguirá? “El papá pone la semillita en la mama y así nace un niño”.

— ¿Y usted de dónde es?— preguntó Jake. Si pudiera le daría una patada. Se supone que estamos aquí por mi bebé, no para que coquetee con esa doctora.

—De Vancouver. Pero crecí en Seattle, regresé a Canadá para la universidad y vine a trabajar aquí hace sólo una semana. Me encanta este pueblo.

¡Qué hipócrita era! A nadie le gusta Forks. Dice eso para quedar bien, lo sé.

— ¿Qué la trae por aquí?— en cualquier momento Jake empezaría a babear como un perro.

—El amor. Mi prometido fue nombrado director del hospital y decidí venir a ayudarle— sonrió mostrándome sus enormes y blancos dientes. En cualquier momento destellarían como en los dibujos animados.

— ¿Es la prometida de Cullen?— preguntó Jake.

Cómo si me importara. ¡Qué diablos me iba importar a mí si era su prometida o su esposa!

— ¿Lo conoce? Sé que él vivió algunos años aquí, siempre quiso volver y hacer algo por este pueblo.

—No mucho. Apenas hemos cruzado palabras— sonrió Jake.

— ¡Qué fuerte late este corazoncito!— dijo ella sorprendida. –Estoy segura que será un niño tan fuerte como su padre— miró a Jake que sólo le devolvió la sonrisa.

¡Idiotas! ¿Yo estaba pintada o qué? Ella tan “amigable” y él hecho un estúpido.

—Vamos a medir esa pancita— tomó una especie de centímetro de colores vivos y procedió a hacer su trabajo. Cuando Jake me miraba le lanzaba dardos envenenados por los ojos.

— ¿Y cuánto tiempo van a quedarse?— preguntó Jake haciendo gala de su indiscreta personalidad. ¡Que nos importaba cuanto tiempo se queden!

—Un año. A Eddy le dieron la dirección del hospital por un año entero. Vamos a pesarla señora— por fin se dirigió a mí.

Me levanté lentamente, me envolví bien la bata y bajé despacio. Me ubiqué en la balanza.

— ¿Y cuándo se casan?— miré a Jake pero él estaba pendiente de la respuesta de Tanya. ¿Qué rayos le pasaba? ¿De cuándo acá tan interesado por la vida de Edward?

—En seis meses— respondió la rubia con una enorme sonrisa. –Mi cuñada Alice lo está preparando todo, viajaremos a Vancouver para la ceremonia. Pero no se preocupe, su hijo nacerá antes y no dejaré a su novia sin atención.

¿Ellos se van a casar? ¿Edward se casará con esta mujer? Con razón ella estaba tan pendiente de él en Vancouver. Pero se marchó a cambiarse su vestido manchado… por eso yo me encontré con Edward a solas y pasamos la noche.

Él está comprometido, a puntos de casarse. Y Alice les está ayudando.

Traté de bajarme de la balanza pero trastabillé y caí hacia adelante. Jake me sostuvo antes de darme contra el suelo.

— ¡Señora tenga cuidado!— se espantó la doctora. Yo no había abierto la boca hasta ahora.

—Lo siento. Soy torpe, lo siento— me disculpé.

—Ella es así, pierda cuidado— Jake no ayudaba en nada.

—Tranquila, voy por un vaso de agua.

Rápidamente Tanya salió del consultorio.

— ¿Estás bien?— preguntó Jake.

—Si— respondí.

—Oh no. Es un sí a secas. Estás molesta.

— ¿Puedes dejar de ser tan intruso en la vida de la doctora?— pregunté con la mandíbula tensa.

— ¿Estás celosa de mí o molesta porque Cullen se va a casar?— me ayudó a regresar a mi silla de ruedas.

No quise responderle, porque ni yo misma sabía la razón. Me enfurecía que él coquetee abiertamente con Tanya. Supuestamente yo era su novia y estaba esperando un hijo suyo. ¿Qué puñetero novio coquetea con una doctora cuando lleva a su mujer a la consulta?

Pero no eran celos de Jake. Me daba rabia que sea tan amable con “esa”.

Tanya regresó con un vaso con agua y unas gotas. Le acepté el vaso pero no el frasquito.

—Son Flores de Bach, no es medicina, se usa para calmar los estados emocionales— me sonrió.

—No estoy alterada— dije muy seria.

—Es para el bebé. Debe haberse asustado.

Se lo acepté de mala gana, leí las indicaciones, me aseguré que estuviese sellado en envase.

—Gracias. ¿Cuánto le debo?— traté de sonreírle pero me salió fatal.

—No es nada, yo trabajo con un laboratorio homeopático y reparto muestras de productos en mis panzoncitas. A veces las emociones hacen que el embarazo sea difícil pero con las Flores de Bach he notado que se relajan y se estabilizan.

—Pues consígame un litro de eso porque Bella lo necesita, últimamente ha estado llorando por todo o se molesta muy rápido— sugirió Jacob. Casi le aviento el frasco.

—No es necesario, sólo debe tomar 4 gotas, cada 4 horas. Le durará bastante— sonrió mientras se sentaba a anotar algo.

—Gracias Doc, en serio, es de lo mejor que he visto por estos rumbos— siguió alabándola Jake.

Apenas salgamos del hospital voy a patearlo tan fuerte que sus ancestros nativos van a enterarse. Y vamos a ver si puede tener descendencia.

—Acá tiene su nueva cita, nos vemos en dos semanas, tenga mucho cuidado por favor— la rubia nos alcanzó el papel con la fecha y hora de mi siguiente cita.

—Gracias doc, fue un placer. No se preocupe que no le quitaré el ojo de encima a Bella— se despidió Jake. Yo apenas le sonreí, lo intenté, juro que intenté que la sonrisa fuera sincera pero no pude.

No tenía ni un ápice de ganas de sonreír. No ahora.

De regreso no abrí la boca, entramos a casa despacio y me senté en mi sofá.

— ¿Estás triste o molesta?— preguntó Jake.

— ¿Por qué eres tan preguntón?— le grité.

—Sólo quiero saber que te sucede— se encogió de hombros.

—Me avergonzaste. ¡Te pasaste toda la consulta sonriéndole y coqueteando con esa!

— ¿Estás celosa de mí?— Jake parecía haber escuchado un chiste y no un reclamo.

— ¿Sabes quién es ella?

—Es tu doctora, está guapa pero comprometida…

—Es la misma idiota que no me quiso comunicar con Edward hace 5 años. ¿Te acuerdas que te conté?

— ¿Qué?

—Si te conté que le llamé a casa de los Cullen en Vancouver y una tipa no quiso pasármelo y me colgó.

—Entonces no estás celosa de mí— Jake caminó hacia la cocina.

— ¡Oye no he terminado de hablarte!— le grité.

Pero no me hizo caso, se tardó un par de minutos y regresó con un vaso de agua.

—Toma, a lo mejor así te enfrías— me ofreció.

—No soy un radiador de auto— le dije molesta.

—No, los autos son más fáciles de entender— dijo entre dientes.

—Ella sabe quién soy— dije tomando un sorbo e agua. –Yo le di mi nombre aquella vez. Pero parece que no se acuerda o finge bien.

—Oye Bella, sé que no debo llevarte la contraria pero creo que estás loquita— me miró con pena.

— ¿Qué te pasa?— me ofendí.

—Yo sé que tuve la culpa de tu alejamiento con Cullen y te he pedido mil veces que me perdones pero ya han pasado varios años. Supéralo ¿No? Sobre todo porque ahora estás embarazada y ya no hay ninguna posibilidad que ustedes vuelvan. Y él va a casarse con esa guapa doctora…

Me levanté y caminé hacia mi habitación. No le hice caso a Jake y le tiré la puerta en las narices, cerré con llave y no quise saber nada más, ni de doctoras sexys, amigos metiches o matrimonios.

Miré por la ventana y si querer las lágrimas empezaron a caer. Ni siquiera las forzaba. No había suspiros, ni lamentos. Tampoco gestos en mi rostro. Sólo mis últimas lágrimas diciéndole adiós a un amor que pudo ser. Que ya nunca sería.

Cap 10 ¿Quién llamó a la Cigüeña?




CAPÍTULO 10

EXAMEN DE MAMOGRAFÍA

Debido a al incidente del súper mercado ya no podía ir a Port Ángeles a hacerme mis chequeos con Bree. Debía aceptar las recomendaciones médicas y quedarme en Forks a pasar el resto de mi embarazo. 

Estar en cama las 24 horas resulta aburridísimo. Leí Orgullo y Prejuicio nuevamente. Cumbres Borrascosas, incluso Jane Eyre. Y sólo habían pasado cinco días.

¿Qué haré para no morir de aburrimiento? Miré varios los capítulos de “No sabía que estaba embarazada” y una maratón de “Un bebé por minuto”. Acabé con trauma. Ver a mujeres pujando me puso al borde de los nervios. Me iba a doler, lo sabía. Una sabe eso desde que se embaraza. Pero cada vez queda menos tiempo para sentirlo. ¿Y si el parto se me complica? ¿Si me paso dos o tres días con dolores? ¿Quién va a estar a mi lado?

Eso me deprimía. Papá y Jake trabajan todo el día. No puedo pedirles que abandonen sus labores para estar conmigo mientras doy a luz o tengo las contracciones. Es en estos momentos que más falta me hace mamá.

Tenía una cita en el hospital de Forks para dentro de dos días. Esperaba que me toque con una doctora. No estoy en contra de los varones pero me agradaría más ser atendida por una mujer. Imprimí mi hoja clínica que Bree me envió y esperaba que la nueva persona que me atienda, tomara en cuenta mis antecedentes y sobre todo que necesito que me hagan la histerectomía al dar a luz.

Papá había hablado con Jake para que me acompañe a mi cita en el hospital y le había advertido que si me dejaba caer nuevamente iba a conocer su arma. A veces Charlie es muy sobreprotector. En muy raras ocasiones.

Me preguntaba si vería a Edward en algún pasillo del hospital. ¿Seguirá molesto conmigo? ¿Se acordará de algo?



Jake llegó muy temprano con una enorme silla de ruedas. A lo que me opuse rotundamente. No me iba a subir en eso. Parecía hecha para alguien enorme.

—Bella sé razonable, quizás en el hospital no hay. No vas a caminar por los pasillos.

—No me vas a subir en eso. ¿Qué te pasa Jake?— le grité.

—Anda, me costó 20 dólares el alquiler. Era de la suegra de mi primo Kevin— trató de persuadirme. Pero yo estaba decidida a no andar en algo tan feo.

— ¿Y qué le pasó a esa señora?— pregunté.

—Bueno… pasó a mejor vida pero la silla es nueva— sonrió.

—No voy a poner mi trasero en la silla de una difunta Jake.

Peleamos y al final acepté que lleve la condenada silla de ruedas en su camioneta con la condición que si en el hospital había sillas disponibles usaría esas y no el armatoste que me consiguió.

—Te ves muy bien— comentó Jake en el auto.

—Gracias— sonreí. La verdad me había cepillado el cabello y me maquillé un poco. Muy discretamente, mis labios apenas tenían brillo transparente.

—Espero que no sea por el idiota de Cullen.

Jake me quitó la sonrisa de agradecimiento. A veces los hombres son tan… directos, indiscretos, brutos… Giré mi cabeza hacia la calle. El paisaje era más interesante.

Para mi suerte el hospital contaba con varias sillas de ruedas disponibles. Así que no tuve que pasar la vergüenza de entrar en una silla donde podría sentarme con Jake y sobraría espacio.

Al preguntar en recepción nos indicaron el número del consultorio. Lo extraño era que no parecía una consulta pre natal. No había carteles en las puertas. Simplemente una consulta y una fila numerosa.

Suspiré y tomé una revista. Jake se revolvió a mi lado.

—Esto va a demorar un poco— suspiró mi amigo.

—Parece que sí.

—Este… tengo un poco de hambre— se quejó.

— ¿No desayunaste?

—No. Charlie me dijo que debía ser puntual y yo me levanto tarde— sonrío.

—Pues ve a la cafetería.

— ¿Estás loca? Todo mundo sabe que la comida de los hospitales es horrible.

—Jake, la comida para enfermos no tiene grasa ni condimentos. Pero la cafetería es otra cosa.

—No me quiero arriesgar. Regreso en un rato ¿Sí? A dos calles está la sandwichería de un amigo— se llevó una mano al estómago para convencerme.

—Está bien. Ve a comer— le sonreí.

Nunca me puedo molestar con Jake por mucho tiempo. Él es tan divertido, siempre sale con algún comentario gracioso.

Esperé una hora, enfrascada en esa revista sobre chismes reales británicos. El príncipe estaba más guapo que de costumbre, parecía que el matrimonio le sentó de maravilla. Que buena vida se pueden dar en Europa, vacaciones que duran meses en la playa. Castillos y propiedades en el campo…

Yo soy feliz si puedo ir a Port Ángeles algún fin de semana. Y viajar a Seattle es toda una hazaña. El viaje más largo que he hecho en los últimos meses fue una tour de fertilidad a Vancouver. Y la verdad estuvo muy buena…

La puerta del consultorio se abrió y la persona que salió me dijo que era mi turno de entrar. ¡Y Jake que no aparecía!

Ni me dio tiempo de acomodarme el cabello. Empujé las ruedas de mi silla y entré. Edward estaba sentado anotando alguna cosa importante. Ni siquiera me miró.

Cómo pude cerré la puerta a mi espalda.

—Buenos días, siéntese por favor— dijo sin mirarme.

No sabía que decirle, ya estaba sentada. Tomó mi expediente y lo revisó, al ver mi nombre sus ojos se agrandaron un poco. Levantó la vista para verme.

–Hola— dijo forzando una sonrisa. Yo estaba a la par asombrada e indignada. ¿Esto era un juego? Se supone que Edward es pediatra ¿Cómo rayos me iba a atender?

— ¿Qué significa esto?— pregunté muy molesta.

—No entiendo su pregunta señora—dijo secamente. ¿Señora? ¿Se hace el interesante? Sólo hace unos instantes me saludó con un “Hola”.

— ¿Qué haces aquí?—— pregunté.

—Trabajando ¿Y usted?— me dijo en son de burla. ¿O tal vez era mi imaginación? Lo cierto es que él no sabía cómo tratarme, era obvio. Y yo tampoco.

— ¿Por qué me atiendes tú? ¿No eres pediatra?

—Lo soy. Neonatólogo. Pero este hospital es muy pequeño así que debo desempeñar varias funciones, mientras llegan los demás colegas que he solicitado. Hoy tengo consulta externa de todas las especialidades. No pensará que estoy aquí para atenderla a propósito ¿Verdad?— su pregunta me desarmó. ¿Qué se yo porqué estaba aquí? Lo único que quiero es que no sea él quien me atienda.

— ¿Entonces tú me vas a hacer la consulta?— pregunté.

—Créame que tampoco es el paraíso para mí— dijo muy serio.

— ¿Qué? Sera mejor que me vaya— dije tratando de moverme.

—Por favor me llama al paciente que sigue— dijo sin inmutarse.

Me debatía entre lanzarle mi bolso o pegar un grito.

—No puedo ir hasta Port Ángeles. Tengo amenaza de aborto— dije ofuscada.

—Lo sé. ¿Por qué no hacemos la consulta de una vez?— dijo alborotándose el cabello. Parecía estresado o molesto.

—Bien— dije tratando de mostrarme indiferente.

— ¿Edad?

—24 años.

—Estado civil

—Sabes que sigo soltera— eso debía venir en la ficha que llené cuando me hospitalizaron.

—Ni lo sabía ni me importa, sólo lleno el formulario— dijo sin levantar la vista para verme. ¡Era un idiota!

—Soltera— dije tratando de calmarme y contestar las preguntas sin ninguna emoción.

—Póngase una bata por favor, debo revisarla— mis mejillas se tiñeron furiosamente de un rojo vergonzoso. Desnudarme para que él me ausculte… ni muerta.

—No— dije apretando los dientes.

— ¿No puede o no quiere?— preguntó fastidiado. –Si no puede ponerse la bata puedo llamar a una enfermera para que le ayude pero no creo que sea el caso— dijo cruzándose de brazos.

—No quiero— en verdad no quería. ¿Cómo desnudarme para él?

—Mire, tengo al menos 20 consultas el día de hoy. Si no quiere que la revise puede irse, así no me hacer perder el tiempo ni pierde el suyo— me lanzó una sonrisa nada amable.

—No puedes… simplemente llenar tus estúpidos papeles y dejarme ir en paz— le grité.

—Hago mi trabajo señora. No crea que deseo que se desvista por alguna razón pervertida. Así es la medicina.

—Cómo sé que no quieres aprovechar de mí— dije tontamente. Claro que él no quería eso, era yo la que no quería que me viera desnuda y panzona.

—Bien. Todas nuestras consultas de ahora en adelante serán grabadas para su tranquilidad y por mi protección profesional— Sacó una cámara de uno de los aparadores, junto con trípode y lo acomodó sobre su escritorio a pesar de mis protestas.

— ¿Grabarme? ¿Estás loco?— grité.

—Mida sus palabras señora Swan o puedo demandarla por maltrato— casi podría jurar que se estaba riendo de mí.

—Vete a la mierda Edward— salí del consultorio lo más rápido que pude, mi silla se trabó dos veces.

El siguiente paciente entró y la puerta se cerró dejándome ver a un Edward sonriente. ¡Se estaba burlando de mí!

Jake estaba fuera esperándome, se alarmó ante mi semblante.

— ¿Pasa algo?— preguntó asustado.

—Sí, pasa que Edward me va a atender— dije fastidiada.

— ¿Cullen? ¿En serio? Es ginecólogo— preguntó.

—No. Es pediatra, dice que no hay más médicos aquí y él atiende obstetricia— dije calmándome.

—Bells, no puedes hacer el viaje hasta Por Ángeles— me recodó.

—Lo sé. Debo buscar otro médico.

—No hay. A no ser que quieras atenderte con Sue. Ella es partera— sonrió. No, una partera no. Mi hijo merecía una buena atención, además no era de raza Quileute, ellas dan a luz de forma diferente. Y tal vez mi embarazo sea complicado. ¡Maldición!

— ¡No! Debo atenderme aquí pero entra conmigo por favor el idiota quiere filmar todas mis consultas— dije molesta.

— ¿En serio? ¿Por qué?

—Lo insulté, le dije que quería aprovecharse de mí.

—Pero Bella, los médicos deben revisarte, se supone que debes estar sin ropa, al menos eso he oído de los caras pálidas. Allá en La Push todo es más fácil y no nos enfermamos tanto como ustedes— sonrió. Lo que me faltaba que alardee de la buena salud de su raza.

—Jake no quiero volver allí y rogarle que me atienda— lloriqueé.

—Vale, yo entro contigo, vamos a fastidiar un poco a Cullen— sonrió.

Esperamos un buen rato, los demás pacientes no quisieron cederme su lugar. Una señora bastante obesa me dijo que eso me lo tenía merecido por ser grosera con el médico. Que el doctor era un bombón, mas bueno que el pan y no se merecía que le hubiera gritado.

—Bien, ahora podemos entrar— sonrió Jake cuando ya no había más pacientes.

—No confío en ti— le dije entrecerrando los ojos. Esa sonrisa socarrona no me daba buena espina.

—Lo harás— se adelantó para abrir la puerta. — ¿Se puede? – dijo Jake metiendo la cabeza en el consultorio. Edward levantó la vista. Su mirada no era la más amigable, aunque no parecía tan afectado de todas formas.

— ¿Tiene cita para hoy?— preguntó Edward.

—Mi prometida siempre si quiere la consulta—jaló mi silla hacia adentro. ¡Ay tonto Jake!

—Claro. Pero que quede claro que no quiero problemas. Su prometida me acusa de perversión. Si no va a dar problemas puedo dejar de lado la filmación— dijo muy serio.

—No. Bella no va dar más problemas— le aseguró. ¿Yo problemática? ¿Qué se creían ese par?

—Puede quedarse si desea— dijo mirando a Jake.

—Ahhh yo… creo que mejor espero afuera— y así Jake huyó a pesar que le lancé una de mis miradas amenazantes.

—Bien, señora, tome esa bata, puede quitarse la ropa detrás de aquel biombo— indicó. Apreté las uñas contra la silla de ruedas. –Asumo que puede caminar— me miró cuando vio que no me moví.

—Si puedo— dije furiosa. Caminé, hacia el biombo y me quité el vestido y el sujetador. Pero me dejé las pantaletas puestas.

Volví envuelta en aquella bata.

—Recuéstese en la camilla— indicó Edward. Obedecí.

Tomó mi presión arterial, mis pulsaciones y los latidos de mi corazón, mientras anotaba todo muy profesionalmente.

— ¿Le han hecho despistaje de cáncer uterino?— preguntó.

—Sí. Hace cuatro meses— contesté. La verdad ya me estaba relajando. Esperaba que solo me toque la pancita y le tome las medidas para anotar el crecimiento.

—Bien ¿Y mamografía?— preguntó. No recordaba que me lo hubieran hecho.

—No.

—Debemos hacer un examen entonces— dijo muy serio.

— ¿Cuando?— pregunté.

—Aquí y ahora— respondió sin pensarlo mucho.

— ¿Ahora? Bien. ¿Hay algún costo extra?

—No claro que no— dijo tomando un par de guantes de su escritorio.

— ¿Y el mamógrafo?— pregunte mirando hacia todos lados. Esto no me daba buena espina.

—El hospital no tiene. El examen es a la vieja usanza... manualmente— respondió.

No, esto no puede estar pasando. ¿Edward iba a tocar mis pechos? ¿A manosearlos?

— ¿Qué? ¡Eso no es posible!— grite indignada.

— ¿Qué pasa?— entró Jake antes que Edward pudiera responderme.

— ¡Que no tienen mamografo!— le dije molesta.

— ¿Y eso que es?— preguntó el tonto.

—Una máquina para detectar cáncer de pecho— le respondió Edward por mí.

—Ah ¿Eso es muy malo?— volvió a preguntar mi amigo. Ay cuando salga de aquí lo moleré a carterazos.

—Sí. El doctor quiere hacerlo manualmente— le dije abochornada

— ¿Y cuál es el problema?— Jake volvió a hacer otra pregunta estúpida. Pude escuchar claramente cómo Edward ahogaba una carcajada que disimuló con un carraspeo.

—Ninguno— dije otra vez haciendo bilis.

—A vaya entonces acá te espero, no grites por gusto.

Mi amigo me abandonó, el muy canalla. Ni siquiera entendió que es una mamografía por lo que me di cuenta. O no le encontraría nada malo a que me tocaran los pechos.

—Coloque… coloque sus manos detrás de mí… detrás su cabeza— me indicó Edward luego que de un solo tirón retiré la bata de mis pechos. ¿Ahora quien estaba abochornado?

Mis pechitos antes pequeños y sin vida, ahora lucían bastante imponentes. Habían crecido dos tallas.

Obedecí las indicaciones y cerré mis ojos para no ver lo que hacía.

Sus dedos se movieron en círculos sobre mi pecho izquierdo, podía escuchar como Edward tragaba saliva y respiraba entrecortadamente. ¿Estaba nervioso? ¿Todavía podía ponerlo así?

Recuerdo la primera vez que hizo eso, bueno, no con afán médico. Sino la primera vez que me tocó… hace muchos años atrás. Fui yo quien puso su mano sobre mi pecho, quien lo insté a acariciarme. Igual que ahora, parecía a punto de un ataque de asma. Y eso me divertía mucho.

—En perfecto estado. Puede vestirse— dijo aceleradamente una vez que terminó.

—Pero… no me ha medido la barriga. En la otra consulta me tomaban las medidas del crecimiento— reclamé.

—Ah sí, es cierto. ¿En qué estaba pensando?— dijo tomando sus notas.

—En pechos— susurré.

—¿Perdón?— se giró a verme.

—Que tengo una copia de mi historia clínica de Port Ángeles, necesito una histerectomía al dar a luz— le pedí que me alcance mi cartera.

Él la revisó y la anexó a mi historia médica. Terminó de tomar medidas a mi pancita, anotó las pulsaciones del bebé y dio por terminada la consulta.

Me vestí y volví a mi silla de ruedas.

— ¿Para cuándo es la siguiente consulta?— pregunté.

—En dos semanas. Le aseguro que la atenderá un médico de especialidad, estamos esperando la llegada de nuevos colegas al hospital— dijo muy serio.

—Gracias ¿Cree que se podrá realizar la histerectomía que necesito cuando dé a luz?— pregunté.

—Estoy seguro, la especialista en obstetricia es bastante buena— sonrió recordando algo. Me pareció que pensaba en ella. Y eso no me importaba para nada ¡Para nada!

Abrí la puerta para dejar entrar a Jake.

— ¿Ya terminaron?— preguntó mi amigo.

—Si— dije sonriente.

—Vaya, que bueno mi amor. Es hora de almorzar ¿Qué me vas a preparar?— preguntó. ¡Cómo si yo le cocinara algo!

—Algo delicioso— dije muy cariñosa con Jake.

—Eres la mejor cocinera del mundo— me levantó de la silla sin mucho esfuerzo.

—Con cuidado por favor— replicó Edward que estaba bastante fastidiado.

—Bueno doc, gracias, me llevo a mi chica, la silla es del hospital, allí se la dejo— caminó conmigo hasta la puerta.

— ¡Su cita!— reclamó Edward con un papel en la mano.

Jake me acercó hasta tomar el papel de manos de Edward, quien nos fulminaba con la mirada.

—Gracias doctor y disculpe las molestas— le sonreí. Me despedí agitando mi mano antes de desaparecer en los brazos de Jake. 

Cap 9 ¿Quién llamó a la Cigüeña?




CAPÍTULO 9

CASI TE PIERDO

El director en persona me revisó al llegar al hospital, yo no podía dejar de temblar de lo asustada que estaba. No me imaginaba un mundo sin mi bebé. Tantos sueños, tantas ilusiones. No era justo, no lo era.

“No te vayas mi pequeño corazón” “Quédate con mami” Le susurraba.

—¿Está bien el bebé?— me atrevía a preguntar.

—Ha habido un leve sangrado, producto de la caída. Necesita un ultrasonido para verificar que el bebé esté en perfectas condiciones. No se preocupe, puedo escuchar sus latidos. Tranquila, óigalos usted misma— me sonrió el director del hospital.

Era un doctor ya muy anciano, lo conocí cuando yo iba al pre escolar y me dio varicela. Parece inmortal ¿Qué edad tendrá, 70? Recuerdo cuando venía aquí con Edward, a veces almorzábamos en la cafetería, mientras esperábamos a su papá.

Me puso el estetoscopio en mis oídos, derramé una lágrima de alegría al saber que mi pequeñín estaba bien.

—Tenía tanto miedo— suspiré.

—No fue un golpe frontal, allí tal vez hubiéramos tenido que lamentar algo. Pero de ahora en adelante va a tener que guardar reposo. Al menos un par de semanas no debe levantarse— sugirió.

—Tengo que ir a Port Ángeles…— me acordé de Bree.

—No viajes. Debe guardar reposo el mayor tiempo posible.

—¿Y mi trabajo?— pregunté pensando en mis niños.

—¿Quiere que ese bebé nazca bien?— me respondió con otra pregunta.

—Sí, no se preocupe, haré reposo absoluto, lo prometo.

—Bien, buena suerte y cuídese— me sonrió.

—¿No me va a hacer el ultrasonido?— pregunté.

—Yo no, una enfermera lo hará. Usted es mi última paciente. Justamente hoy entro a retiro, han sido más de 30 años en Forks— dijo suspirando.

—¿En serio? Yo lo recuerdo desde niña.

—Y yo a ti, si me permites que te tutee. Has venido más veces de las que deberías, esos pies planos no te han ayudado mucho— sonrió. ¿Pies planos?

—Usted me puso mi primer yeso ¿Se acuerda? Y me lo firmó— sonreí al recordar.

—Lo recuerdo. Cuídate mucho Bella, pon atención al caminar, ya no eres solamente tú en ese cuerpo— terminó de anotar algo en una hoja.

—Lo sé. Gracias. ¿Y ahora a dónde irá?— pregunté.

—A Miami, no quiero un invierno más en Forks— sonreí ante su broma. Que rico sonaba un día soleado. Por aquí no es muy común.

—Que tenga buen viaje y gracias por todo. Pero el hospital no será lo mismo sin usted— me despedí cuando la enfermera empujaba mi camilla rumbo a otro lugar.

—Al contrario, ahora el hospital se llena de gente nueva. El joven doctor Cullen hará un buen trabajo— alcancé a decirle adiós con la mano pero me quedé estática con mi muñeca levantada. ¿El joven doctor Cullen? ¿Edward va a ser el nuevo director del hospital?

Entonces vino a quedarse. Aun no entiendo para qué. ¿A qué se debe esta repentina llegada? ¿Recordará lo que pasó en esa fiesta? Parecía inconsciente cuando lo dejé en aquel cuartito del hospital.

—Voy a realizarle una ultrasonido obstétrico pélvico— me dijo una enfermera rubia, acomodándome cerca de la máquina. Yo seguí pensando y devanándome los sesos con muchas teorías acerca de la llegada de Edward a Forks.

Tenía temor que fuese por mí. Que recuerde todo con nitidez y haya venido a buscarme. Pero entonces ¿Por qué no lo hizo antes? Han pasado meses desde aquello…

—Por favor, abra las piernas— escuché decir y me asusté.

—¿Qué?— grité. Los dos ultrasonidos anteriores que me realizó Bree fueron en mi pancita.

—Le realizaré un ultrasonido pélvico o transvaginal, es necesario para saber la condición exacta del bebé— yo miraba asustada su aparato de forma alargada.

¡Eso parecía un pene! ¿Me lo iba a meter todito?

—¿Duele?— pregunté asustada.

—No. Sólo debe relajarse.

Si cómo no, relajarse, como si fuera fácil.

—¡Ay!— grité al sentir el aparato helado entrando en mí.

—¡Señora debe relajarse sino le va a doler!— me gritó la enfermera.

Cerré mis ojos intentando visualizar un campo lleno de pajaritos y mariposas, traté de relajarme pero fue en vano. Parecía que hacía el amor con Iron Man.

Una de las peores experiencias que he tenido, sentía que me estaban violando. La verdad no duele ¡Pero desmoraliza!

Todo sea por el bien de mi bebé, puedo resistir lo que sea por el… o ella.

Después de ese invasivo ultrasonido me llevaron a una habitación.

—Por indicaciones del médico va a permanecer esta noche en observación. Les diré a sus familiares que pueden pasar a verla — me indicó la misma enfermera violadora. Yo ya la veía con mala cara. Era tan seria, parece que no tenía músculos faciales. ¿Qué le costaba una sonrisa o una palabra amable?

Mi papá entró preocupado, le expliqué que todo iba bien con el bebé pero él no dejaba de mirar molesto a Jake, como si mi amigo tuviera la culpa del accidente.

—Debo guardar reposo absoluto, mañana podré irme— le sonreí.

—Voy a pasar tu habitación al primer piso— suspiró papá.

—Charlie, Jake no tuvo la culpa, en serio— traté de relajar el ambiente porque mi padre seguía con ganas de golpear a mi amigo.

—Es cierto, yo no tuve la culpa. Fue ese Cullen que llegó a fastidiar— se defendió Jake.

—¿Cullen? ¿El doctor Cullen ha vuelto?— preguntó papá.

—No. Es su hijo. Edward. Será el nuevo director del hospital— dije como si no me importara.

—¿En serio? Había oído que el doctor Baker se iba pero no sabía que ya había llegado su reemplazo. Espera… ese es… tu… quiero decir…

—Su ex— dijo Jake mirando hacia la ventana. Quise arrojarle una almohada.

—¿Él te empujó? ¿Ese chico lo hizo?— preguntó papá.

—¡No! Edward no tiene que ver con que cayera, ni siquiera estaba allí, lo vimos un momento dentro del supermercado. No digas tonterías Jake. Y ya no es un chico papá.

—Se distrajo porque nos encontramos con él. Yo le dije que no caminara en el suelo mojado pero ni me oyó, iba como sonámbula desde que lo vio— se quejó Jake.

No lo resistí y le arrojé mi almohada.

—¡Deja de inventar! Me caí porque soy torpe, siempre me caigo, no es novedad— estaba molesta. Era culpa mía no de Edward que terminara desparramada en el asfalto.

—No quiero que vuelvas a distraerte, llevas a mi nieto allí y debes cuidarlo— papá señaló mi barriguita. Ahora resulta que soy descuidada. ¡Ay! ¡Hombres!

—Lo sé. Me cuidaré más, lo prometo.

Al rato ellos se marcharon y me quedé sola pensando en que quizás muy cerca de allí, con suerte, a unos metros, Edward estaría trabajando. O tal vez no, ya era muy tarde.

.

Desperté con la sensación de haber sido observada durante la noche. Tal vez eran ideas mías, pero tenía aquella sensación otra vez. Hace tanto que no la sentía.

Jamás se lo conté a nadie, pero cuando estaba en la preparatoria Edward se quedó a dormir algunas noches en mi habitación. Y al despertar por la mañana, lo encontraba siempre observándome. Él decía que le gustaba verme dormir. Que hablaba en sueños y le respondía lo que él preguntaba.

Eso no era posible ahora. Él debe guardarme rencor aún. Se fue de aquí muy dolido por aquel malentendido con Jake. Además su mirada en el súper mercado me dio a entender que yo no soy de su agrado.

Por años guardé el dolor de su partida en mi corazón y tan sólo hace unos meses, cuando lo volví a ver en Vancouver sentí que el tiempo no había pasado. De alguna forma no podía tener sentimientos negativos por Edward. Estoy segura que en el futuro tampoco podré tenerlos. Mi hijo me lo recordará a diario.

—Buen día, le traigo el desayuno— una enfermera muy bonita entró con un carrito de comida. Era tan agradable encontrarse con alguien así en un hospital, no como la de ayer que parecía un sargento.

—Hola. Gracias. ¿Cuál es tu nombre?— pregunté.

—Soy Renata— me sonrió.

—Yo soy Bella, gracias por el desayuno— le devolví la sonrisa.

—Debe alimentarse bien, está baja de peso, aquí tiene su dieta balanceada— me dejó una carpeta en la mesita de noche.

Mientras mordisqueaba unas deliciosas tostadas, abrí aquel folder para saber qué debía comer. Me sorprendí al encontrar un detallado menú para toda la semana. Además venían con un recetario. ¡Vaya, este hospital sí que se preocupa por sus pacientes!

Y ahora supongo que tendré que hacer mis controles aquí, no puedo ir hasta Port Ángeles a ver a Bree. Ni modo.

El jugo estaba delicioso y pensar que dicen que la comida de los hospitales es horrible.

— ¿Le gustó?— nuevamente Renata entró con su sonrisa radiante.

—Sí, gracias. Estaba muy bueno. ¿Cómo se llama la otra enfermera que me atendió? Es rubia, pequeña y nunca sonríe— pregunté. Quería saber el nombre de la enfermera violadora. Aquella mujer seria.

—Ah, debe referirse a Jane. Ella es la jefa, yo tengo cuidado de ser muy profesional. Pero no puedo con mi buen humor— volvió a sonreír. –Su alta ha sido firmada señora, una ambulancia la llevará a su casa.

— ¿Me van a llevar a casa?—pregunté olvidando a la enfermera mala de quien quería saber más.

—Sí, aquí lo dice— me señaló el papel de mi alta.

“Paciente con amenaza de aborto debe ser transportada a su vivienda en movilidad del hospital”.

Luego venían una serie de recomendaciones sobre mi estado.

“Reposo absoluto en cama por una semana, luego reposo parcial y pélvico”
“Abstenerse de relaciones sexuales en lo que queda del embarazo”
“No realizarse duchas vaginales o inmersiones”
“Evitar subir o bajar escalones”
“No cargar peso”
“Evitar tabaco, bebidas alcohólicas o drogas”
“Los viajes están contraindicados”
“Control prenatal cada 15 días”

Acudir de emergencia al hospital si presenta lo siguiente:
- Pérdida de fluido vaginal (acuso, mucoso o sanguíneo)
- Contracciones en el útero.
- Calambres abdominales.
- Dolor en la parte baja de la espalda.

Estaba sellado y venía una con firma irreconocible. Era sólo un garabato. No podía saber quién fue el que autorizó que me llevaran a casa en una ambulancia del hospital pero se lo agradecía. Era mucho más cómodo así que salir y pedir un taxi. O que Jake me lleve en su motocicleta.

—Me comuniqué con su padre para coordinar su llegada a casa— me confirmó Renata, la enfermera buena. Era un hecho, la atención era de primera. Creo que no tendré reparos en atenderme aquí. Tenía una cita para la semana siguiente.

—Gracias. ¡Qué buena atención!— sonreí.

—Sí, me parecen excelentes los nuevos cambios que está haciendo el doctor Cullen— al escuchar ese nombre la sonrisa se me congeló en las mejillas.

¿Edward estaba detrás de todo esto?

— ¿Cambios?— pregunté intentando sacarle alguna información extra a la buena enfermera.

—Desde que él llegó hace sólo unos días, hemos atendido más personas que en todo el mes. La comida ha cambiado, se usan las ambulancias para transportar a los pacientes a sus domicilios y traerlos en casos graves. Y eso que somos un hospital pequeño, ni siquiera tenemos médicos para cada especialidad. El mes que viene se incorporan 5 médicos nuevos de especialidad y se está gestionando un moderno quirófano.

— ¿En serio? Me alegro mucho— suspiré.

—Lo que más me gusta es la construcción de la sala de neonatología, vamos a tener muchas cosas modernas al fin. El anterior director era anciano, yo lo conocí de niña y ya era mayor. Quizás por eso no había grandes cambios en el hospital.

—Eso es bueno… los cambios. Imagino que daré a luz aquí— sonreí pensando en lo mucho que Edward estaba haciendo por este lugar. Y yo tan tonta pensaba que regresó por mí.

—Espero atenderla personalmente cuando lo tenga— me sonrió.

—Llámame Bella, no me digas señora que suena raro. Ni siquiera estoy casada.

— ¿En serio? Creí que el joven moreno era su esposo, el doctor Cullen lo mencionó— susurró pensando.

¿Edward le había hablado de mí? ¿Le dijo que Jake y yo estábamos casados? ¿Con qué derecho habla de mi vida?

—Bueno Bella, que tengas buen viaje, ya es hora de llevarte al estacionamiento del hospital, voy por una silla de ruedas— Renata se fue dejándome con esta duda.

No pude preguntarle si había hablado de mí con Edward.