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05 mayo 2013

Cap 5 Tu, mis celos y yo




CAPÍTULO 5: ESTO NO TIENE SENTIDO


Intenté que mi día sea normal y no pude. La traición de Edward me quemaba por dentro, muchas veces me arrepentí  de tratado con esa rudeza. Me gustaría haberle oído confesar sus culpas. ¿Qué estupidez habrá pasado por su mente? ¿Creería que yo lo iba a perdonar y aceptar todo? ¿En verdad creería que podía convencerme con alguna de sus tontas teorías psicológicas?

A lo mejor quería hipnotizarme para que acepte en casa a su amante.

El muy idiota, ni siquiera vio venir el divorcio. Si me conociera debería traer puesto un chaleco antibalas porque si yo los pescaba infraganti, lo menos que hubiese hecho es masacrarlos con mis propias manos. No dudaría en romperle la cabeza a ese par de cerdos.

Debo confesar que la ira me dio fuerzas para acabar con todos los quehaceres más rápido. Lavé, tendí la ropa, cociné y desinfecté el baño antes del mediodía. Terminé de sacar todas las cosas de Edward y las puse en dos bolsas de basura enormes. Sus libros de psicología, revistas, manuales. Incluso dos cuadros con pinturas de dos psicólogos famosos. Nunca me interesó quienes eran.

Era extraño que Alice, Esme o Carlisle no me llamaran hoy. Edward debió ir a llorarles que soy un monstruo. Debe agradecer que no le hiciera nada más. Con gusto le hubiera partido la cabeza o cortado cierta parte de su anatomía, que había usado para follarse a esa zorra.

Es un hecho: odio a Edward.

Todo el amor incondicional que le tenía se había podrido. Así me sentía por dentro. Que me estaba pudriendo. Él había infectado mis sentimientos con su inmundicia.

Escuché el teléfono de casa. Debe ser algún Cullen que intentará hacerme entender que la familia es primero y bla bla bla.

— ¿Diga?— respondí cortante.

— ¿La señora Isabella Cullen?— preguntaron.

—Por desgracia soy yo— respondí.

—Bueno… le hablo del estudio jurídico. La licenciada Victoria me encargó que le llame. Ella quiere que usted venga hoy.

—Está bien, iré hoy en la tarde. Gracias.

Así que la pelirroja “patea traseros” tenía información para mí. Excelente. Ojalá me consiguiera la dirección de algún lugar donde vendan instrumentos de tortura. Seguro que ella sabe de eso. Sonreí al imaginarme dándole latigazos al infiel. En algún lugar del mundo sé que está permitido hacer eso a los que sacan los pies del plato.

Alisté a Nessie y salí rumbo al bufete. Todo estaba calmado hoy, demasiado para mi gusto. Sin noticias de Edward o su familia. Extraño, muy extraño.

Ahora que recuerdo, el cumpleaños de Esme es mañana. Cada año cenamos en el Chateu Margaux. Me pregunto si estará toda la familia del adultero allí. Sus padres consentidores, sus hermanos apañadores y él con toda su hipocresía.

—La licenciada la está esperando, pase— me abrió la puerta la secretaria.

—Buenas tardes—saludé a Victoria.

—Buenas tardes Isabella— me sonrió.

—Sólo Bella— corregí.

—Bella, tengo todo listo y en regla para iniciar la demanda de divorcio— dijo tomando un sobre del cajón de su escritorio.

Lo recibí intentando prepararme para lo que sea que fuera a mirar. ¡Ya no debía afectarme!  Lo abrí y salieron varias fotografías tomadas en distintos lugares.

En las cuatro primeras, mostraban a Edward abriéndole la puerta de copiloto a su zorra adolescente. Estaban fuera de las oficinas de él. En la siguiente foto Edward la tenía de la mano en un restaurante. Parecía que ella lloraba o se hacía la idiota.

Casi destrozo la siguiente fotografía. Edward besaba a la tipa. Le daba el mismo beso que a mí cuando quería calmarme. Besaba su frente ¡Ese era su beso especial! ¿Por qué se lo daba a ella?

Seguí mirando esas desagradables fotografías. Ellos saliendo del restaurante, él la llevaba abrazada, le tomaba del brazo en la calle. ¡En plena puta calle! Maldito bastardo. Calma Bella, calma.

—Ese es el departamento que su marido le puso a su amante— me señaló cuando miré una fotografía dónde estaban cerca de una puerta. Parecía un lugar elegante.

— ¿Cómo lo sabe?— pregunté.

—Porque el contrato está a nombre de su marido, mire— me tendió un papel. Apenas era de la semana pasada, el muy imbécil hasta le había alquilado un lugar a la zorra. Sí, Edward firmaba como arrendatario. ¡Ojalá se pudra en el infierno!

—Malditos— dije intentando serenarme.

—Lo sé. ¿Me da carta libre para… proceder?

—Claro, quiero que ahora mismo introduzca los papeles del divorcio— pedí.

—No sólo para eso. ¿Acaso no quiere darle una lección al maldito?— preguntó con una sonrisa pícara.

—Es lo que más deseo. ¡Qué pague!

—Perfecto, no la abrumaré con términos legales, firme en estos papeles y su marido va a quedar con una mano delante y otra detrás.

—Quiero que le quiten el auto. El volvo plateado. Ese imbécil se pasea por toda la ciudad con su zorra montado en nuestro auto— dije entre dientes.

—El auto, la casa, el consultorio… todo lo que poseen será suyo Isabella. El adulterio de tu esposo le favorece. Tiene el derecho, como mujer maltratada, a pedir lo que desees.

—La custodia, es lo que más quiero.

—Un hombre adúltero no tiene derecho a criar a una niña. Ni siquiera a visitas regulares.

—Pero… bueno, Edward siempre fue buen padre.

—No le importó su hija cuando se llevó a esa rubia a la cama— sonrió malévolamente.

—Eso es cierto.

—No las merece.

— ¡No!—dije intentando tragarme lo que sentía. Humillada, como si fuera un trapo viejo que acaba de ser desechado. ¿A dónde se fue todo el amor que decía tenerme? ¿A dónde se fueron todos los recuerdos? ¿Las promesas? ¿Los planes futuros?

—Perfecto— guardó los documentos que le firmé sin leer. Ya no me importaba lo que pudiera pasarle a Edward. Él se lo buscó por pendejo.

Salí de allí con Nessie despierta,  me crucé con un grupo de personas que estaban por entrar al edificio de abogados, parecían bastante importantes.

—Disculpe señora ¿Conoce a la abogada Victoria Lefevre?— preguntó.

—Si— respondí recelosa.

—Quisiera preguntarle si ha tenido problemas con ella.

—No, ninguno.

— ¿Sabe si la abogada se sobrepasa en sus funciones o coacciona a sus clientes a firmar papeles de los que no informa con claridad?

—No. ¿Por qué?— pregunté interesada.

—Es solo una investigación por acoso que ha presentado la asociación de padres separados y divorciados. Creemos que la abogada en cuestión, está manipulando los divorcios culposos. Pero bueno, afortunadamente no es su caso. Disculpe— dijo aquella mujer antes de irse.

Una extraña sensación me afectó. Tal vez Victoria es muy dura con los maridos adúlteros, manipuladores y golpeadores. Quizás los aleja de sus hijos.

¡Yo que sé! Quien hace la paga, Edward debió medir las consecuencias de sus actos cuando decidió tener una aventura. Y si se ha enamorado de esa, no quiero que tenga el derecho de llevarse a mi hija a conocer a su zorra. ¡Eso jamás!


Por la noche, Edward me llamó al celular. Se oía muy afectado, pero esta vez estaba molesto.

—Quiero verte Bella. No puedo creer que de todos los abogados de la ciudad, eligieras exactamente a esa tal Victoria— me gritó.

—Mis decisiones legales no te competen. No tengo nada que hablar contigo— le colgué.

Llamó y llamó pero no le respondí.

Al día siguiente a media mañana recibí una llamada de Esme. Siempre la había respetado mucho siempre porque era una mujer muy equilibrada. Quisiera saber que tiene que decirme. Además es su cumpleaños…

—Buenos días Bella— empezó. También estaba enojada ¿Por qué conmigo y no con el adúltero de su hijo?

—Hola Esme— dije cortante.

—Bella, debes escuchar a mi hijo, todo esto es ridículo…— empezó a sermonearme.

—Esme, lo realmente ridículo es que una madre tenga que abogar por un hijo de más de 35 años— sonreí.  –Por favor, no se meta en esto. Es un problema de pareja— dije más tajante.

—Era de pareja, hasta que metiste a Nessie en el embrollo ¡No tienes derecho pedir la custodia completa!— el tono de su voz se hizo más fuerte. A mí no me iba a gritar la madre del infiel.

—Mi hija, mi problema señora— le corté. No quería pelearme con ella el día de su cumpleaños.

Victoria debe haber hecho su trabajo muy bien para que el avispero en la casa Cullen se haya removido.

Alice me estuvo llamando reiteradamente, pero no le contesté. Ella me responde cuando le da la gana y si no quiere hablarme ni se molesta en contestar. ¿Por qué yo iba a responder sus llamadas?

Por la tarde, Rose me llamó. Casi había oscurecido. Ella no era una Cullen de nacimiento, así que estaba segura que no me reprocharía nada.

—Hola Rosalie— saludé.

—Hola Bella, creí que no contestarías— escuché el ruido de algunos autos en la llamada, debía estar en la calle.

—Dime ¿Te puedo ayudar en algo?

—Sólo quería decirte que elegiste mal a la abogada— dijo sin ningún tono de reproche.

— ¿Tú crees?

—Está pidiendo un adelanto de herencia— dijo.

— ¿Eso qué es?— pregunté interesada.

—Dice que quieres parte del patrimonio de los padres de tu marido, lo que le corresponde por herencia.

— ¿En serio?— ahora entendía a esos investigadores que me encontré ayer. Creo que Victoria sí se excedía después de todo. ¿Pedir parte del patrimonio Cullen? Jamás se me habría ocurrido. Parece que si piensa dejarlo con una mano delante y otra detrás.

—Pero lo que más les ha caído mal a tus suegros es… que Victoria está desprestigiando a Edward a nivel laboral— me soltó.

— ¿Cómo así?— pregunté.

—Ha pedido una suspensión de su licencia. Y creo, Bella, que eso es ya demasiado. Edward cometió un error y lo estás crucificando por ello— me soltó.

— ¿Demasiado? ¿En verdad te parece demasiado?— pregunté empezando a sentir que me punzaban la sien.

—Sí. Bueno luego hablamos, acabo de llegar al restaurante.

—Disfruta tu cena— dije entre dientes.

— ¡Sabes bien que nadie lo hará!

— ¡Entonces hablen de lo mala mujer que soy! ¡Del pobrecito de Edward! ¡Y de esa rubia tonta!— grité.

—Tanya no tiene la culpa, no la vamos a incomodar hoy hablando de tus problemas con Edward— me cortó la llamada.

¿Es perra iba a cenar con ellos? No lo puedo creer, no. Ellos simplemente no pueden cambiar a una por otra. ¡Eso es humillante!

Ella no iba a ocupar mi lugar allí. Yo soy la esposa, lo he sido por varios años, incluso antes de casarnos, Edward ya me llevaba a la cena de cumpleaños de su madre.

¿Qué mierda le pasaba? ¿Por qué me hacía esto?

Sin querer le llamé a Irina. Me sentía fatal con ella por haberla tratado como la traté. Y en este momento la necesitaba más que nunca.

—Irina, por favor, soy Bella Cullen— dije.

—Señora… lo siento tanto— volvió a disculparse.

—Irina, soy yo quien lo siente, te juzgué mal. Sé que no tuviste malas intensiones, yo estaba muy preocupada.

—No se preocupe, entiendo— dijo dulcemente.

—Tengo una emergencia, no sé a quién recurrir, mis padres están de viaje, me he separado de mi marido y no tengo con quien dejar a Nessie— pedí.

—Yo estoy a tres calles de su casa, aquí vive un amigo de la universidad, hoy no tuvimos clases pero vine a estudiar— parecía muy feliz. Pero yo estaba con las emociones tan revueltas que me era difícil pensar.

—Ven pronto por favor. Prometo que será sólo una hora— pedí.

Diez minutos después la niñera llegaba. He de confesar que sí fui demasiado intransigente la vez anterior. Pero todo se debe al lío en que Edward anda metido.

—Regreso pronto, Nessie está dormida pero se levantará dentro de poco— le dejé más instrucciones y salí luego de ponerme una blusa de vestir.

No sabía exactamente lo que iba a hacer. Estaba enloqueciendo de ira. Pero de alguna forma quería verlos juntos. A esos dos perros y a la familia.

¡Qué bellos deben verse! ¡El adúltero y su puta cenando en familia!

El taxi demoró un poco, el tiempo suficiente para sacarme de mis casillas. Le grité a voz en cuello a otro taxi que nos cerró el paso. Insulté a un tipo árabe por querer adelantarnos.

Me comí las uñas. No lo hacía desde la secundaria. Mi tensión alcanzó tal nivel que cuando llegué a la puerta del restaurante tuve un mareo. Esto me estaba afectando demasiado, Edward iba a acabar conmigo.

Claro, eso debe querer el adúltero, acabar con mis nervios, verme muerta. Así mete a su puta a la casa, la hace madre de nuestra hija y tiene la familia perfecta.

El anfitrión intentó preguntarme algo pero no le hice caso y entré hacia la mesa que yo conocía bien. Sentí sus pasos detrás de mí. Debía temer por la paz del lugar. Y estaba en lo cierto.

En medio de su “nueva familia” estaba la puta esa. Conversando con mis ex suegros de lo más feliz. Traía el cabello suelto en bucles y un vestido negro sin mangas. ¡Sí que era delgada la desgraciada!

¿Y qué hacía el adúltero? La miraba idiotizado, ni siquiera reparó en mí hasta que estuve frente a él. Delante de mí estaba Jasper, me daba la espalda.

— ¡Bella!— se levantó Edward de su lugar, todos hicieron silencio y voltearon sus ojos a reparar en mi persona. El infiel parecía asustado.

— ¿Te diviertes, Edward?— dije apretando la mandíbula. Intentaba ser sarcástica pero sonó a amenaza. Imagino que cualquiera que me viera pensaría que soy una loca acosadora.

—Acompáñame al hall por favor— pidió.

—Así  nadie va a poder oír lo que tengo que decirte— dije cambiando de tono. Parecía más una burla.

—Bella por favor. Ven conmigo— salió de su lugar y dio un par de pasos hacia mí con la mano levantada.

— ¿Y después qué? ¿Vas a volver aquí a sentarte como si nada hubiese pasado?

—Bella, no tenemos por qué llegar a esto— rogó. Pero ni con su carita arrepentida iba a lograr ablandarme.

— ¿Llegar a dónde? ¿Te da más vergüenza que yo te diga algunas cosas a tener una amante?

La mirada de él cambió por completo. Si antes se veía nervioso, ahora parecía confuso.

—Y tu zorra… ¿No te da vergüenza sentarte al lado de una familia que no es tuya?— dirigí mi mirada a la rubitonta .

— ¡Isabella Basta!— Carlisle se levantó de sus asiento. –No nos arruines el día de hoy— me miró molesto.

¿A ese viejo que le pasaba? Claro, ahora recordaba, él los acompañó en los análisis. Ya debe amar al engendro que lleva esa puta en su vientre, por eso la defiende a capa y espada.

—Y yo pensé que eras decente Carlisle— dije mirándolo con furia. –De todas las personas del mundo creí que tú estarías de mi parte— le reclamé.

—Bella, mis nietas están primero… no importa lo que haya pasado antes…— intentaba disculparse pero ya no era posible. ¿Dijo nietas? ¿Ya saben el sexo del engendro que va a tener Edward con la puta? Qué rápida es la ciencia.

—Ok me voy, les dejo que cenen en paz, total, ya se deshicieron de mí. Edward sólo espero que me firmes el divorcio y nunca más te aparezcas en mi casa…

— ¡Esa casa también es de mi hijo!— saltó Esme.

—Mi casa, mi hija, mi auto… todo es mío. ¡Su hijo debió pensarlo mejor cuando decidió acostarse con putas!— grité.

Ya estaba fuera de mis casillas. No me importaba que me saquen cargada del lugar, mientras les diga todo lo que pensaba  de ellos y su estúpida familia apañadora.

— ¡Mi madre no era ninguna puta!— se levantó de su asiento la rubia.

No entendía nada de nada ¿Su madre? ¿Qué pasaba aquí? Ay por Dios, por Dios.

Edward tomó mi mano y me llevó a la entrada del restaurante. Me dejé guiar confundida y avergonzada… las cosas no tenían sentido…  ¿O sí?


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Este es el último capítulo del POV de Bella, los siguientes 5 capítulos serán desde la perspectiva de Edward.
Gracias por leer.

PATITO

Cap 4 Tu, mis celos y yo





CAPÍTULO 4: AHORA CONOCERÁS MI FURIA


El timbre sonó media hora después, fui corriendo a abrir la puerta. Edward de seguro olvidó sus llaves con el apuro.

Quiero que me diga de una vez lo que pasó, dónde ha estado y con quién. Si es verdad lo de la rubia adolescente y el laboratorio ese a donde se supone que fueron.

Pero no era mi marido quien llamó.

—Buenas noches— era una jovencita rubia. Su mirada tímida me hizo creer que me tenía miedo. Vestía ropa oscura. ¿Será metalera? ¿Emo? Qué se yo, tanto loco que hay por allí.

— ¿Sí?— dije extrañada. ¿Será alguna vecina nueva? No tenía pinta de vendedora. Parecía nerviosa.

—Está… ¿Está Edward?— reconocía su voz de inmediato. La misma tipa que días atrás lo había llamado a casa. ¿Era ella? ¿Era su amante adolescente?

—No. ¿Qué quieres?— dije empezando a sentir que se me inflamaban las venas.

—Es que… lo siento, no debí venir— dijo evidentemente intimidada por mi cara de esposa engañada.

— ¿Qué tienes con mi marido?— pregunté sin rodeos.

— ¿Él no ha hablado con usted?— preguntó. Parecía altanera, incluso vanidosa pero triste. Tal vez Edward no quería nada con ella.

—Te lo pregunto a ti. ¿Qué tienes con mi esposo?— volví a preguntar.

—No quiero molestar. Le dice a Edward que vine, le llamaré más tarde— trató de irse pero yo no pude contenerme más.

La tomé de la blusa y tiré de ella.

— ¿Cuál es tu nombre?— pregunté sujetándola del cuello.

—Soy… Tanya— dijo respirando con dificultad.

— ¿Cómo tienes el descaro de venir a mi casa?— pregunté sosteniéndola más fuerte.

— ¡Suélteme! ¡Suélteme!— gritó. Por mi la dejaba sin aire pero no valía la pena ensuciarme las manos con alguien tan insignificante como esta mujercita. Escuché pasos rápidos y pronto unas manos grandes me hicieron dejar de apretarla.

— ¡Bella! ¡Basta!— Edward me hizo desistir de seguirle presionando parte del cuello a esa desgraciada. ¿Cómo se atrevía a defender a su amante?

— ¿Basta? ¿La estás defendiendo?— grité.

— ¿Estás bien?— el muy imbécil ni siquiera me hacía caso, estaba más preocupado en ver si la puta esa tenía algún daño. Ya no tenía más que hablar con él. Nada más.

Entré y cerré la puerta de un golpe. Le puse seguro para que el muy idiota no pudiera entrar.

¡Esta es mi casa y no voy a permitir que me haga esto aquí! ¡Me ha humillado, ha preferido defender a esa puta en lugar de darme mi lugar!

No podía creerlo… era increíble. Mi Edward, era sólo un desgraciado más. Un estúpido hombre con una amante joven.

¿En qué fallé? ¿Qué pasó para que se busque una amante?

Debió ser durante mi embarazo, los últimos meses no tuvimos sexo. Dejamos de tener intimidad casi cuatro meses. ¡Debió ser eso!

¿Qué no se pudo aguantar? ¿Tanto necesitan sexo los hombres que corren a buscar a otra cuando sus mujeres están embarazadas?

Me eché a llorar al sofá. No presté atención a los golpes de la puerta. Se tardó más de media hora en regresar. Seguro fue a acompañar a aquella mujercita a tomar un taxi, o quizás la llevó al lugar donde la tiene. ¡Maldito cerdo!

Mi teléfono empezó sonar, luego el de la casa pero yo no tenía ánimos para atender, ni para contestarle. Sólo quería estar sola y que él no volviera. ¡Qué se largue con su puta!

Una hora después el llanto de mi hija me hizo ponerme de pie. Ya era hora que tomara algo de leche, en todo el día no le había dado pecho. Pero preferí no hacerlo yo misma, tal vez le pase algo de mi coraje y ella no merecía sentir nada de lo que yo sentía. Fui a preparar su fórmula, mis manos aún temblaban de rabia y de frustración.

No sé que hacer. Estoy tan des orientada.

Ni siquiera podía llamarle a mi mejor amiga. Alice no podría ayudarme ahora, es lo malo de casarte con el hermano de tu mejor amiga, cuando pierdes el marido, tal vez puedes perder su amistad. La gente suele ponerse de parte de la familia, en lugar que de los amigos.

Alice va a tener que decidir pronto de qué lado está. Si conmigo o con el infiel de su hermano. Y lo mismo mis suegros.

Esme es tan buen persona pero su debilidad es su hijo y dudo mucho que me dé su apoyo. Mi suegro en cambio es más recto. Pero según la recepcionista del laboratorio, había un hombre rubio con ellos. Me jugaría el pellejo a que es Carlisle.

Él debe saber lo que ha pasado. Imagino que a Edward se le fue todo de las manos cuando ella se embarazó y le dijo a su papá. Y claro, los padres debemos ayudar a nuestros hijos aunque metan la pata. Entonces tal vez Carlisle le aconsejó que la tipa esa se realice una prueba de ADN intrauterina para probar si el bebé es de Edward.

Pero si la puta se atrevió a venir aquí, debe ser porque esa prueba fue positiva. ¿Quién se arriesgaría a ir a la casa donde vive su amante sino tiene derechos? ¡El hijo debe ser de Edward!

Me revienta que esa maldita viniera hasta aquí. Debe sentirse tan segura, tan feliz con un hijo de mi marido en sus entrañas. Y él, siempre tan protector conmigo, ahora lo era con esa putita. Con gusto los envenenaría. ¡Par de cerdos! ¡Malditos!

Pero esto no se quedará así. Me voy a asesorar bien, mañana mismo iré a consultar con una de esas abogadas feministas para asegurarme. Esta casa es mía y de mi hija, no me iré para que él traiga a su amante. Lo demandaré por adulterio, necesitaré pruebas pero puedo conseguirlas. Nada mejor que esos análisis que se hicieron en el laboratorio para probar su engaño.

¡Ay Edward Cullen, te voy a dejar en calzoncillos! ¡Te voy a quitar hasta los pantalones con tantas demandas que te pondré! Vas a tener que rogarme para que te deje ver a Nessie. Y vas a pagar todo lo que me haces pasar. Como que me llamo Bella Swan, te vas a arrepentir de hacerme sufrir.

Me limpié otra vez las lágrimas y me prometí no llorar. Dicen que el dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional y yo no le iba a dar el gusto a esa mujercita poca cosa de verme destruida. Yo soy una mujer que sabe lo que vale y no va a dejarse pisotear.

Dormí temprano, antes desconecté el teléfono y apagué el celular para que no me molesten. Vi algunas llamadas perdidas de Esme. No tenía intenciones de hablar con mi suegra.

.

Me desperté en la madrugada a darle la leche a Nessie, preparé dos maletas con algunas prendas para Edward. Quería que se vaya de una buena vez. No le iba a permitir que vuelva a poner un pie en mi casa, que la infecte con su asquerosa presencia. Pensar que yo lo admiraba tanto, que creí ciegamente en él.

El amor te vuelve estúpida y de eso se aprovechan los hombres para engañarte.
Con mucha pena quité las cosas personales de Edward del baño. Como su afeitadora eléctrica, sus lociones que olían tan bien. El dolor estaba presente pero al embolsar algunas de sus objetos personales como su pasaporte volví a llorar. Miré todos esos sellos de distintos países que visitamos desde que nos hicimos novios. Viajamos a México, Venezuela, Brasil, España, Francia. Nuestra luna de miel en Europa abarcó muchos lugares. Cada uno de esos sellos representaba el tiempo que disfrutamos nuestro amor.

¿Por qué lo hiciste Edward?

Al día siguiente subí las maletas al auto, alisté a Nessie y me dirigí a uno de los bufetes de abogadas feministas más influyentes de la ciudad. Esperé a que me atendieran.

—Buen día señora Cullen ¿En qué puedo ayudarla? Soy Victoria— me saludó una abogada pelirroja muy guapa.

—Vengo a asesorarme, quiero pedir el divorcio por infidelidad— traté de sonreír.

—Pase a mi oficina, personalmente me haré cargo de su caso.

Entré a una de las oficinas más imponentes que había visto en mi vida. Fotos de la abogada adornaban las paredes. Escalando, en paracaídas, montando a caballo… haciendo canotaje. Parecía que le gustaban los deportes extremos.

— ¿Esa es usted?— pregunté mirando una enorme foto de dos personas bajo el agua, una de ellas metía la cabeza dentro de un tiburón.

—Sí, soy yo. Son mis pequeños trofeos, la gente piensa que estoy loca pero a mí me recuerdan que debo seguir adelante cada día— sonrió. Qué mujer más extraña.

—Bueno, quisiera saber cómo puedo demandar a mi esposo para que se aleje de nosotras. Mi bebé no llega a los seis meses y él ya tiene una amante… embarazada— le confesé. No pareció sorprenderle.

— ¿La golpeaba su marido? ¿Ejercía sobre usted algún tipo de violencia psicológica o física?

—No— dije muy segura. Edward jamás me había lastimado antes. Pero claro, ahora sentía que me había clavado un puñal en el corazón.

— ¿Su esposo consume algún tipo de drogas o licor?— volvió a preguntar.

—No. Solo bebe en reuniones sociales o familiares. De hecho, jamás lo he visto ebrio.

— ¿Cuánto tiempo de matrimonio?

—Serán tres años el mes que viene— recordé nuestra boda. ¡Qué tiempos tan hermosos!

— ¿Cuántos hijos?

—Sólo una, es ella— miré a mi Nessie en el cangurito en el que iba muy cómoda apegada a mi pecho.

— ¿En qué trabaja su esposo? ¿Y usted?

—Él es psicólogo, yo no trabajo por el momento, dirigía una revista de modas pero… con la nena…

—Le seré sincera señora. Generalmente atendemos casos de mujeres maltratadas, golpeadas, abusadas o abandonadas. Hacemos que los novios, esposos, amantes o abusadores paguen por lo que hicieron. Somos una piedra en sus zapatos, un grano en sus traseros. Para eso vivo, para hacer miserables las vidas de esos rufianes. Yo he sido una mujer maltratada, sé lo que puede hacer con nuestra estima un abusador. Pero, usted solo viene con una supuesta infidelidad. No quiero desmerecer su caso, pero si no me trae pruebas, no podré ayudarla mucho.

—No las tengo aquí. Sé que él fue con su amante a un laboratorio, es una adolescente…

— ¿Adolescente? ¿Qué edad tiene su marido?— preguntó abriendo mucho los ojos.

—Él tiene 35 años.

— ¿Y ella? ¿La amante?

—No creo que llegue a la mayoría de edad. Apenas la he visto.

—Podemos acusarlo por pedofilia, necesito saber el nombre y la dirección del trabajo de su esposo— me tendió un papel. Algo insegura escribí la dirección allí.

— ¿Qué hay de mí? ¿Puedo pedir el divorcio y la custodia de mi hija?

—Mencionó un laboratorio.

—Sí, es el laboratorio Dynacare. Allí fueron a hacerle los análisis de paternidad intrauterina a su amante.

—Necesito esos resultados— pidió.

— ¿Hay algún modo de obligar legalmente al laboratorio para que me entreguen una copia de los resultados? Sinceramente no creo que mi esposo me la de.

—Sí, podemos obligarlos, ellos no pueden negarse a entregar los resultados si hay un proceso legal de por medio. Lo difícil va a ser que admitan su demanda antes. ¿No tiene ni siquiera una fotografía?

—No— suspiré. Nessie empezó a inquietarse en mis brazos.

—Pues necesitamos conseguirlas. Este es Jenks, el investigador más fisgón que existe— me tendió una tarjeta. –Deposita 100 dólares en su cuenta y le llama, dígale que va de parte de Victoria, le da el nombre y la dirección del trabajo de su marido, él me traerá las fotos— sonrió.

Esto no parecía tan difícil de realizar. Al menos la parte legal. No sé si Edward ponga reparos en la separación, yo no quiero conciliaciones extrajudiciales ni terapia de parejas. Quiero el divorcio y una orden de alejamiento.

Salí de allí mucho más decidida, soy una mujer que vale y no voy a dejar que Edward me arruine la existencia.

Pasé por el banco y deposité 150 dólares en la cuenta del tal Jenks. Luego le llamé.

—Señor Jenks, soy Isabella Cullen y le llamo de parte de la abogada Victoria, he depositado 150 dólares en su cuenta. 100 para que obtenga pruebas de que mi marido es infiel y 50 para que se dé prisa. Su nombre es Edward Cullen y trabaja en el 595 de la avenida Lincoln.

—Entendido señora, mañana mismo tendrá los resultados.

Colgué más tranquila. Edward no podría contra esas pruebas y el laboratorio me daría los resultados. Y podré dejarlo sin derechos sobre ni Nessie y nuestra casa. Hasta su amado volvo sería mío, no le iba a dar el gusto de salir a pasear con su amante y su nueva familia en un auto donde me hizo el amor tantas veces.

Estaba tomando el control de las cosas. Sólo nos protegía a mi bebé y a mí. Si yo que soy su madre no vela por sus derechos ¿Quién más lo haría?

Pero al llegar a casa, de regreso, Edward me estaba esperando. Y no traía buena cara, parecía que no había dormido en toda la noche.

— ¿Qué haces aquí?— grité.

—Debemos hablar— dijo bastante apesadumbrado.

—Yo no tengo nada que hablar contigo Edward. Es obvio por quien te decidiste— entré a dejar en su cuna a Nessie porque se había quedado dormida. Al regresar él todavía estaba de pie en el mismo lugar que lo dejé.

—Bella, tú no sabes cómo ocurrieron las cosas. Déjame que te explique…

—Hay dos maletas en auto, tómalas y vete.

— ¡Necesito hablarte!— parecía que el buen psicólogo estaba perdiendo la cordura.

—Lo sé todo Edward, no necesitas decirme nada. ¡Ahora vete!

— ¿Quién te dijo? ¿Fue Carlisle?

—Yo misma fui a ese laboratorio— me crucé de brazos esperando a ver que me decía. Ya no tenía más excusas.

¿En qué momento empezaría a suplicarme? ¿Lloraría? Muchos hombres usan todos los recursos para pedir perdón y claro, luego regresan con las amantes.

—No quise ocultártelo…

— ¿Qué no quisiste ocultármelo? ¿Creías que nunca me iba a enterar de tus cochinadas?— grité.

—No tengo palabras para expresarte…

—Ahórrate tus palabras Edward, sólo quiero que te largues de aquí, te lleves tus cosas y que salgas de mi vida.

—Bella, me juzgas duramente…

— ¿Duramente? Yo te voy a enseñar lo que es algo duro—para entonces ya estaba fuera de mis casillas. Verlo allí tan pusilánime, intentando explicarme su engaño me encendió más todavía.

Tomé uno de los adornos de la hornacina y se lo arrojé. Él pareció asombrado ante mi reacción.

—Tranquilízate, no podemos hablar así— sugirió.

—No me tranquilizo nada ¡Vete a la mierda Edward! Tú y tus excusas ridículas, no las necesito. Lárgate y fírmame los papeles del divorcio cuando te lleguen— seguí arrojándole adornos, incluso una fotografía con todo y marco.

— ¿Divorcio?— preguntó asustado.

— ¡Divorcio! Ni creas que mi hija va a compartir la casa con tu bastardo, ni nada de lo que es nuestro. Te voy a quitar todo lo que tienes, si quieres mantener a tu puta vas a tener que empezar de cero pero conmigo no cuentes— le grité.

—Jamás creí que tuvieras un corazón tan mezquino. No tengo que decir más. Me voy— me dio la espalda. Cómo deseaba golpearlo con mis propias manos y preguntarle porque me hizo esto… porqué nos hizo esto… a nuestra familia…

— ¡Maldito mentiroso! ¡Mezquino tú que te revuelcas con cualquiera! ¡Tú que me engañaste! ¡Que me hiciste creer que eras un hombre bueno y resultaste un cerdo! ¡Vete y llévate tus cosas! ¡Vete porque no te necesito!

Pero él no me respondió nada. Ni siquiera sacó sus maletas de mi auto, sólo subió a su volvo y se marchó.

Cap 3 Tu, mis celos y yo





CAPÍTULO 3: ODIO SENTIR ESTO

Llegué a su consultorio en un taxi y bajé hecha una fiera. Me preguntaba en el ascensor si era bueno presentarme así de pronto y preguntarle de frente y sin rodeos sobre lo que me habían dicho dos personas. 

O tal vez era mejor esperar y tratar que él mismo lo confiese.

No sabía que carajos hacer pero tenía algo claro, si no me sacaba esta duda, no podría dormir, ni vivir.

Parece que mi aspecto asustó un poco a la señora Zafrina. Era una mujer alta, enorme diría yo. Morena pero ya entrada en años ¿Cuántos tendría? ¿Cincuenta? Veinte años menos y me habría rehusado a que trabajara con mi marido.

—Quiero ver a mi esposo— pedí. Tratando de ser lo más cortés posible.

—Buen día señora Cullen. Su esposo no está— dijo algo extraña.

Tomé mi celular y casi lo estrello al escuchar otra vez la vocecita de la operadora “deje su mensaje”

— ¿Sabes a dónde fue?— pregunté fastidiada.

—No— trató de sonreír pero una mueca en su rostro la delató. ¿Era mi imaginación me estaba mintiendo?

—Mire señora… soy una mujer paciente pero necesito ver a Edward. Si no me dice a donde fue, voy a echarla ahora mismo de aquí— amenacé.

—No le tengo miedo señora Cullen pero le diré la verdad. Su marido fue al laboratorio Dynacare— me contestó sin un ápice de temor por mi amenaza.

¿Laboratorio Dynacare? ¿Qué rayos hacía Edward en un laboratorio?

—Gracias— dije saliendo de allí muy confundida.

¿Le pasará algo a mi esposo? ¿Y si está enfermo y no ha querido decirme nada?

Ahora estaba además de molesta, muy asustada. Tal vez Edward me había ocultado algo grave, por eso se había portado tan extraño estos días. Desde aquella llamada telefónica, mi vida no volvió a ser la misma… cada día había algo nuevo que amenazaba con traer abajo mi felicidad.

Llegué al laboratorio y me quedé fuera. No sabía si entrar o no. ¿Edward seguiría dentro?

Una pareja entró… ella estaba embarazada pero sus rostros no eran amistosos, ni siquiera parecían felices. ¿En realidad era un laboratorio?

Por su fachada si lo parecía, había visto sus anuncios docenas de veces en los diarios.

Claro que era un laboratorio y uno de los más prestigiosos de la ciudad.

Me animé a entrar. Era un lugar enorme, para lo que se dedicaba. Parecía un pequeño hospital, con especialidades para cada cosa. Me sentía perdida, sin saber a quién preguntar. Detuve a un joven que parecía trabajar allí.

—Disculpe… ¿Cómo puedo encontrar a una persona que está en este lugar?— pregunté.

— ¿Qué tipo de análisis vino a realizarse?— me respondió con otra pregunta. Pero yo no sabía qué decirle.

—No lo sé. Sólo me dijo que venga aquí— traté de parecer perdida, lo cual era cierto. Pero no había razón para decirle al amable laboratorista que buscaba a un supuesto infiel.

—Pregunte en informes, a lo mejor le pueden dar algún dato, la señorita que atiende es bastante… fisonomista— sonrió. Creo que lo que quiso decir era “chismosa”

—Gracias— me despedí y fui al escritorio de informes.

Pero la niña que atendía, me estaba mirando interesada.

— ¿Se le ofrece algo?— preguntó muy feliz.

—Busco a alguien. Verá… mi hermano dijo que estaría aquí— sonreí.

— ¿Sabe a qué área venía?

—No

— ¿Cómo es su hermano? ¿O cómo vestía?— parecía que estaba muy interesada.

—Bueno… mide 1.85, delgado, cabello cobrizo, ojos verdes. Viste formalmente— dudé que pudiera acordarse, tanta gente pasa por aquí.

— ¿Muy pero muy guapo?— preguntó. Había olvidado ese pequeño detalle.

—Sí… es muy guapo, demasiado guapo— dije empezando a sentir como me picaban las agujas de los celos. Otra lagartona que había puesto sus ojos chismosos en mi marido.

—Claro que lo vi. La naturaleza de desbalanceó con ustedes— bromeó. ¿Me estaba diciendo fea? Carajo, esto me gano por perseguir a Edward. Pero cuando lo encuentre me las va a pagar. –Vino con su novia, pero es la segunda vez que vienen.

— ¿Su novia? ¿Ya han venido antes?— pregunté con ganas de echarme a llorar.

—Sí, vinieron el viernes pasado con otro señor rubio. Ella parecía muy triste, estaba llorando. Pero hoy me fijé que se atendieron en el segundo piso, creo que vas a ser tía— me sonrió mostrándome sus amarillos dientes.

El mundo se me cayó al piso… quise morir. ¿Ella… esa mujer… estaba embarazada?

— ¿Tía?— dije tambaleándome.

—Bueno en el segundo piso son los análisis para embarazo— me sonrió.

Corrí escaleras arriba, si Edward aún estaba aquí me iba a escuchar aunque todo el maldito laboratorio se entere lo desgraciado que era mi marido.

Pero al llegar allí me confundí más. Habían al menos 12 diferentes puertas cada una con un rotulo diferente. Las primeras efectivamente eran para embarazos pero las siguientes no. “ADN”, “Genética”, “Paternidad prenatal”… y seguían los nombres.

¿Paternidad prenatal? ¿Eso era una prueba de paternidad durante el embarazo?

Casi podría jurar que a eso había venido Edward y su… “golfa”. Quizás ella quedó embarazada y él no estaba seguro de ser el padre. ¿Quién se fiaría de una puta que se acuesta con un hombre casado? Porque no me iba a venir con el cuento que no sabía que él está felizmente casado. Edward es muy popular entre los psicólogos de la ciudad. Y lleva un enorme anillo de oro en la mano, como prueba que me pertenece.

Me dirigí directo a aquella puerta y llamé. No tardaron en abrirme.

—¿Tiene cita?— me preguntó la enfermera.

—No… pero verá, mi hermano está aquí. Me pidió que lo espere— dije conteniendo toda las ganas de gritar que tenía.

— ¿Su apellido?— preguntó.

—Cullen— dije mordiéndome la lengua.

—Lo siento. No hay ningún paciente Cullen aquí— dijo mirando su tablero. Cómo tenía ganas de arrebatarle ese maldito tablerito y buscar yo misma. Quizás ya se habían ido.

—Mire, es importante que lo vea, tengo un terrible problema familiar…— intenté buscarme una excusa.

—Lo siento. No le estoy mintiendo. No tengo a nadie con ese apellido para esta tarde.

¿Y esta mañana? ¿Y hace unas horas? Quise gritar.

—Gracias— dije.

Me dirigí a la primera puerta. “Análisis de embarazos”, no tardaron en abrirme.

— ¿La señora Travis?— me preguntaron. Pero si decía que no, probablemente ni me dejarían entrar.

—Si— dije. La enfermera se apartó para dejarme el paso. No me detuve en la salita de espera, abrí la primera puerta que tenía. Un médico sacaba sangre.

—Lo siento— me disculpé pero eso no me detuvo, una a una abrí las cuatro puertas de los privados. Algunas personas murmuraban.

— ¡Señora Travis, tranquila!— la enfermera muy molesta me cortó el paso del último consultorio.

—Ni me llamo Travis ni estoy tranquila, te arrancaré esa cabellera teñida si no te apartas— amenacé apretando los dientes. No le di tiempo a contestar y la hice a un lado.

— ¿Qué pasa?— un alarmado médico me recibió del otro lado. Pero Edward no estaba allí.

—Busco a mi marido, Edward Cullen y a su amante que han venido aquí— le grité perdiendo el control.

—Señora— la enfermera me tomó del brazo pero lo quité con violencia. –Señora, por favor, no queremos escándalos— me susurró la enfermera.

—Pues si no me dice dónde está mi marido, va a tener un escándalo de dimensiones colosales— la amenacé.

—Somos una institución seria y el principio de confidencialidad…

—Métase por el culo su principio de confidencialidad, sino me dice dónde está Edward Cullen y su amante adolescente… ¡Voy a llamar a los medios y van a enterarse que este lugar apoya el adulterio!— grité a voz en cuello.

Me sacaron resguardada por dos vigilantes matones. El director en persona vino a echarme del lugar. Pero antes de salir la estúpida de la recepcionista de despidió de mi con una sonrisa hipócrita.

Creo que debo agradecer que no me levantaran cargos. Me sentía derrotada, humillada…

Ya eran las 6 de la tarde y me fui a casa. Estaba a punto de echarme a llorar en el taxi. Bajé rápidamente, mi ropa estaba sucia, sudorosa y se me había salido un botón, además de quedarme apretada.

Entré a prisa sólo para encontrarme con Edward que parecía haber llegado unos instantes antes que yo. Apenas había dejado el maletín en su lugar.

— ¿Dónde estabas?— grité furiosa.

— ¿Te sucede algo? ¿Y Renesmee?— miró detrás de mí.

— ¿Dónde estabas? Te busqué, te seguí. Pero eres muy inteligente— dije conteniendo mi furia.

— ¿Dónde está la bebé?— dijo asustado.

— ¡Ella está bien! ¿Por qué me has mentido Edward?— mis palabras salían atropelladas. Lo confieso de haber tenido un florero o algo pesado a la mano se lo hubiera arrojado.

— ¿Mentido? ¿Qué te sucede amor? ¿Te sientes mal? ¿Ha pasado algo grave?— se quitó la corbata.

—No me cambies el tema. ¿No tienes algo que confesar? ¿Algo sucio que no me hayas dicho?

— ¿Sucio? ¿Bella estás bien? ¿Qué has hecho con Renesmee?— preguntó asustado.

— ¡Ella está bien!— grité.

— ¿Dónde está mi hija?— levantó la voz.

— ¿Tu hija? Claro, tu hija. Y yo solo soy la idiota que cuida a tu hija, que limpia tu casa, que lava los platos.

—Bella. Amor. No estás bien. Déjame ayudarte. Tranquila… ¿Dónde está nuestra bebita?— el muy imbécil creía que yo estaba loca.

—Está adentro ¡Y no me cambies el tema!— grité nuevamente.

—Bella, tranquila. ¿Dónde está la bebé? ¿Dónde la dejaste?— él hablaba como si yo fuese una loca.

—Está con su niñera— dije fastidiada que me hable como si fuera su paciente.

— ¿Dónde?

—Adentro, aquí las dejé— entré dándole un empujón.

Caminé hacia la habitación de mi princesa y no había nadie. Tampoco en mi habitación ni en la de huéspedes. Corrí hasta el baño, entré en la lavandería, salí a la pequeña terraza y no había señales de mi bebé ni de Irina.

Me giré a ver a Edward que estaba pálido.

— ¡No están!— dije asustada.

— ¿A dónde fuiste? ¿Cuánto demoraste? ¿Tienes el número de la… niñera?— preguntó asustado.

Tomé mi celular y le marqué a Irina. Su teléfono se escuchó en la casa. Entré corriendo. Pero lo encontré en el sofá, debajo de una babita.

¿Se había llevado a Renesmee? ¿Habían secuestrado a mi bebé?

Yo pude haber evitado esto, sino hubiera estado tan molesta buscando a Edward.

Él tiene la culpa de todo. Él y su amante adolescente.

— ¿Quién es ella? ¿Cómo se llama? ¿Dónde la ubicamos?— me preguntó.

—Te dije ayer pero apenas me prestaste atención— contesté nerviosa. ¿Y si habían secuestrado a mi bebé?

—Estaba… tenía muchos problemas Bella no te tomé atención— se excusó. — ¿Sabes su dirección? Vamos para allá.

— ¡No sé! No recuerdo, no sé. ¡Yo te dije y tú aceptaste pero no me hiciste el menor caso porque estás lleno de problemas!— grité.

—Sí, estoy lleno de problemas pero no quería molestarte con eso— dijo asustado. –Bella ¿Qué hacemos? ¿La niñera tiene a la bebé? ¿Cómo se llama?— preguntó.

—Se llama Irina Denali, tengo su presentación en mi bolso— corrí a buscar mi otro bolso de diario.

Allí estaban sus datos.

“Irina Denali. Lugar de nacimiento: Ontario, Canadá. Lugar de residencia: 201 de la Av. Prescot Departamento 401. Lugar de estudios: Universidad de Seattle, facultad de enfermería médica”

Edward leía conmigo. Su cercanía ahora me resultaba repugnante. Pensar que por seguirlo perdí a mi hija de vista.

—Ella me dijo que tenía clases a las 5 en punto los miércoles— dije recordando que prácticamente la obligué a quedarse hoy.

—Son a las 6:15. Voy a esa universidad a buscarla. Quédate por favor y busca en la guía o en la operadora de la empresa telefónica el número de su casa.

Edward corrió a ponerse un suéter y a buscar sus llaves.

—No quiero quedarme a esperar— dije molesta.

—Bella por favor— me miró molesto.

—Esto no hubiera pasado si tú no estuvieras de puto por allí— le grité. Ya no soportaba más, ahora me iba a escuchar. Ya no más la dulce y dócil Bella que hace todo lo que su esposo quiere y que es adornada con un par de hermosos cuernos.

— ¿Qué te pasa? ¡Bella, no seas necia, la niña es más importante ahora, lo que sea que necesites decirme puede esperar!

¿Me había gritado? Edward jamás me levantó la voz antes, jamás. Siempre se dirigía a mí con mucho cariño, con suavidad. Eso era culpa de su amorío con la perra esa. Una mujer de lo peor que se metió entre nosotros. Me importa un carajo que sea menos de edad cuando la tenga frente a mí le arrancaré todos los pelos de su cabecita rubia y vacía.

Iba a plantarme frente a la puerta pero preferí dejarlo pasar. Ya tendría tiempo de reclamarle por todo lo que me está haciendo. Edward salió sin decir palabra. Tomé el teléfono para llamar a la operadora y pedir el número de la dirección que me proporcionó la niñera cuando escuché la cerradura.

¡Era Irina con mi bebé!

— ¡Dónde estabas!— grité enfadadísima.

—Lo siento señora, le dejé una nota en la cocina. Tenía que ir a dejar un trabajo grupal, de ello dependía mi nota de instrumental quirúrgico, este semestre. Traté de decirle pero me cortó el teléfono— se excusó. —Tomé taxi de ida y vuelta pero el tráfico está terrible y me olvidé el celular o creo que se me cayó— dijo mirando alrededor.

—Estás despedida. Toma tus cosas y vete— dije molesta.

—Lo siento señora en verdad lo siento— dijo muy triste. Tomó sus cosas y salió de allí.

Había sido muy dura con ella pero el susto que me dio fue peor. Podría demandarla por esto.

Acosté a mi hija en su cuna, parecía cansadita. Tomé el teléfono y le llamé a Edward.

—La niñera regresó. La bebé está bien— le dije apenas contestó.

—Voy para allá— dijo aliviado.

No sabía cómo hablar con él sin que mis emociones me volvieran loca. Sentía que necesitaba explotar, gritar, lastimar a alguien. Mi orgullo estaba herido, mi dignidad pisoteada.

Si Edward me salía con alguna excusa barata, de las que he oído a miles de hombres, lo golpearía. Yo no soy una mujer que se deje pisotear, no voy a rogarle que siga conmigo si hay otra mujer. No voy a hacer el papel de mártir y poner a mi hija como excusa para mantener un matrimonio que no tenía remedio. Un engaño, una infidelidad no se perdona así de fácil. Y nada vuelve a ser lo mismo después que eso pasa.

Pero si Edward estaba enamorado de aquella mujer… me dolería más. Me partiría el alma saber que fue capaz de amar a otra teniéndome a mí. Si él confesaba que la quería, debía echarlo de casa. Y pedir el divorcio.

Sea como fuere, no podíamos continuar con esto, no había solución posible. Al menos por ahora en estos momentos en que me encontraba tan dolida, tan lastimada. Era capaz de incendiar una ciudad con el fuego de los celos carcomiendo mi existencia.

Odio sentir esto, lo odio. Detesto pensar que soy menos que otra mujer. Que soy menos bonita, menos agraciada. Nunca he tenido problemas de autoestima pero esto me hace sentirme tan poca cosa.


01 marzo 2013

Cap 2 Tu, mis celos y yo





CAPÍTULO 2: LAS DUDAS MATAN

Al día siguiente a media mañana, le llamé a Edward, pues Nessie estaba afiebrada. Apenas me respondió, parecía ocupado. Muy extraño.

—Dale un baño de agua tibia y me llamas para avisarme cómo progresa, disculpa pero debo apagar el celular— me cortó. ¿Cómo diablos le iba a avisar del progreso de la bebé si el tonto apagaría el celular?

Todo el día estuve con la duda. ¿Dónde habría ido Edward? ¿Con quién estaría? ¿Qué haría? ¿Estaría viendo papeles de esa paciente muerta? ¿Acaso él tuvo la culpa? Miles de dudas rondaban mi cabeza.

Por la tarde mi hija empeoró, Edward llegó a casa pasadas las seis de la tarde y juntos llevamos a la bebé a la clínica de Carlisle.

Ángela, su pediatra la revisó y nos anunció que Nessie tenía una infección estomacal leve. Habría que esperar a ver como respondía su organismo. Edward era enemigo de darle antibióticos a nuestra hija.

Esa noche nos acostamos muy tarde, la bebita demoró en dormir.

Todo el día siguiente me la pasé dedicada a mi bebé. Le cantaba y acunaba cada que lloraba intranquila. La fiebre se había intensificado. Llamé a Esme para ver si podía venir.

—Es un proceso Bella, no debes temer— me dijo en cuanto llegó.

—Quisiera que Edward estuviera aquí Esme— me quejé.

—Si supieras todas las veces que Carlisle me hizo falta— suspiró. –Es lo que debemos soportar las esposas de las personas encargadas de la salud de la gente— me sonrió.

—Pero Edward no es médico, es psicólogo. La gente no se volverá loca si no las atiende— seguí quejándome.

—A veces una palabra de aliento a tiempo nos salva de cometer una locura. Edward es responsable de cierta manera, por sus pacientes— me dijo con una sonrisa pero a mí me sonó a llamada de atención.

Debía ser que estaba muy sensible por cómo se encontraba mi hija. Y por eso  me parecía que nadie me comprendía. En realidad desde que di a luz me sentí diferente. Fueron tantas emociones juntas, miedo, alegría, ternura. Nessie era la primera nieta, recibí visitas durante todo un mes. Pero cuando la gente dejó de venir a verme  y mi vida entró en rutina, me sentí triste.

En las noches cuando tenía a Edward, era muy feliz. Reía como siempre, volvía a la vida. Pero por las mañanas mi vida era un asco. Últimamente ni siquiera me quitaba el pijama hasta después del mediodía.

—Voy a llamarle a Edward— dije preocupada.

— ¡No! Debe estar ocupado— ¿Era mi imaginación o Esme estaba preocupada? No quise contradecirla y cuidamos a la niña por unas horas.

Al atardecer, cuando Edward llegó me arrojé a sus brazos. Lo había extrañado tanto. Pero su frío recibimiento me dejó helada. Tal vez sólo estaba cansado.

— ¿Te pasa algo? ¿Sigues preocupado?— pregunté ansiosa.

—Ha sido un día agotador, sólo eso. ¿Cómo está mi princesa?— preguntó caminando apuradamente a la habitación de la niña. Claro… y de la reina no se acuerda.

—Mal, sigue con fiebre. Tu mamá vino a ayudarme, quisiera que la mía viniera pero está lejos— me quejé. Mis padres vivían en otro estado, así que nos visitaban una vez al mes. Cuando nació Nessie tuve a mi madre durante dos semanas diciéndome que hacer. ¡Cómo la extrañaba!

Afortunadamente mi pequeña era fuerte y al día siguiente amaneció mucho mejor, igual de traviesa que antes de enfermarse.  Revisé el periódico y casi me caigo de la impresión. En toda la segunda página había un extenso artículo sobre el juicio que Savagge, la revista de modas de Jessica, había iniciado contra Twilight, nuestra revista.

Esto se salió de las manos de Alice, en esa revista estaba invertidos todos mis ahorros, no podía dejar que se derrumbe así. Inmediatamente llamé por teléfono a su celular pero no me contestó. Llamé a la empresa pero me dijeron que Alice no estaba.

No me quedó más salida que llamarle a Rosalie.

—Hola  ¿Está Alice contigo?— pregunté.

—No. Está en los tribunales. Tranquila Bella, seguramente leíste el diario. Recuerda que tu ex compañero  Mike Newton es subdirector de ese diario. Y es novio de Jessica— me calmó. Era cierto, Mike y Jessica estaban saliendo. Me daban ganas de ir al diario y pegarle al rubio Newton por haber hacer semejante escándalo.

— ¿Seguro que no es algo grave?— pregunté.

—Te seré sincera. No lo sé. Alice no está preocupada pero las acusaciones son serias. Es sólo que no quería molestarte. Como ya no estás en la revista— esto me temía. Dejaba un tiempo de ir al lugar que yo misma ayudé a levantar y ahora soy una extraña que no merece siquiera que le cuenten lo que pasa.

—Te recuerdo Rosalie que esa revista es tanto de Alice como mía. El hecho que no esté allí sentada en tu lugar no quiere decir que no me importe lo que le pase a mi empresa— dije tratando de no perder la paciencia.

—Lo sé Bella, pero tú no estás para pleitos judiciales…— esa rubia terminó por agotar mi paciencia.

— ¿Crees que porque tengo una hija ya no puedo pensar?— vociferé.

—No es eso. Pero debes dedicarte a tu hogar y tu niña…

—Ser madre no me ablandó Rose, no soy un ama de casa normal, no me voy a quedar de brazos cruzados viendo como mi empresa se va al agua— me indigné. Lo que menos necesitaba es que me dijeran que me dedique a mi casa.

—La empresa no se está destruyendo, es sólo un juicio. Lo manejamos bien— me respondió fastidiada.

—Pues no lo parece. Dile a Alice que me llame apenas llegue, mañana mismo regreso a trabajar— sentencié.

—No tienes por qué regresar, mejor cuida de tu niña— me dijo más calmada.

— ¡Yo creo que sí!— le colgué.

Estaba furiosa. Yo no me voy a quedar en mi hogar a llenarme de niños. No voy a pasar el resto de mis días cocinando y limpiando, tenía una profesión y era buena en eso. Pero claro, fui madre y ahora ya no sirvo para nada más que amamantar y cambiar pañales.

Le llamé a mi madre para pedirle que viniera a cuidar de Nessie por una semana mientras arreglábamos lo de la revista.

—No puedo Bella, Charlie tiene unos días libres y planeamos ir a Rio el fin de semana, hay carnaval— se excusó.

— ¿Río de Janeiro, Brasil?— pregunté impactada.

— ¿Qué otro Río con carnaval conoces? Yo no me lo quiero perder— escuché su suave carcajada. Mi padre odiaba la música, el baile y el ruido. Dudaba mucho que se divertiría allí. Era cuestión de Renée, ella solía arrastrarlo a ese tipo de eventos.

— ¿Prefieres ir a un carnaval a cuidar a tu nieta?— pregunté.

—Claro que no. Pero es un viaje que he planeado desde hace tiempo, no seas dramática hija— aparentemente no era mi día de suerte.

—Entiendo. Buscaré una niñera, gracias Renée— le corté.

Carambas, creo que hoy nada me salí abien. Llamé a Esme pero me dijo que no podía hasta la otra semana.

Llamé a Leah, una compañera de la escuela, ella tenía una agencia de empleos.

—No tengo personal para cuidar de una niña tan pequeña Isabella, lo siento— se disculpó.

— ¿No entiendo? ¿Qué personal especial necesita mi hija?— pregunté molesta.

—Un niño menor de 6 meses necesita a una enfermera. No puedo enviar a cualquier persona, no quiero arriesgarme, ya he tenido problemas por eso— me dijo tajantemente.

—Necesito a alguien con urgencia— rogué.

—Lo siento, es muy pronto, las enfermeras que tengo están todas trabajando— colgué triste.

Además creo que tampoco quiso ayudarme mucho, no fuimos tan amigas después de todo. Ella siempre me culpó de desilusionar a Jacob. Él es mi mejor amigo y casi casi nos hicimos novios pero conocí a Edward y mi vida cambió.

Fui al market a hacer las compras, me relajé un poco mirando ofertas, novedades. Nessie estaba feliz fuera de casa.

En la zona de bebés una rubia muy hermosa nos hizo conversación, parecía feliz mirando la ropita.

— ¿Cuántos meses tiene?— me preguntó. Nessie le sonrió al instante.

—Cuatro, cumple cinco la semana que viene— sonreí.

—Está hermosa. ¿Cómo se llama?— preguntó.

—Renesmee pero le decimos Nessie, sé que suena descabellado pero así es.

— ¿Nessie? Es adorable ¿Puedo?— preguntó cuándo mi niña le dio sus bracitos. Asentí. Ella la cargó con mucha ternura.

— ¿Cuál es tu nombre?— pregunté.

—Irina. Irina Denali. Soy de Ontario, vine aquí a estudiar, de hecho voy a la universidad por las noches pero me he quedado sin empleo— son rió con tristeza.

— ¿Y dónde trabajabas?— pregunté interesada.

—En varios lugares. Mesera, recepcionista. Niñera— Nessie soltó una pequeña carcajada cuando ella la meció. Me asombré y reí junto a mi hija. –Creo que le gusto. Eres una princesa hermosa— le susurró ella.

— ¿Tienes recomendaciones?— pregunté.

—Claro. Aquí las traigo. Trabajé en varios lugares, el último fue el Mc Donalls pero los turnos son largos y yo tengo más tiempo en las mañanas. Se me cruzaban con mis clases de los miércoles que entro a las 5 de la tarde. Estudio enfermería— dijo sonriendo, aunque en sus ojos parecía haber mucha tristeza.

—Es que, debo volver al trabajo y no tengo con quien dejar a Nessie. ¿Puedes venir mañana?— le pregunté. Estaba siendo demasiado arriesgada al confiar en alguien que recién conozco pero mi hija sabía distinguir a las personas buenas y si ella aceptaba a Irina, creo que podía probar esta niñera.

—Ay gracias. Allí estaré— dijo mirando mi dirección.

Esperé a Edward esa noche, pero demoró un poco en llegar. Otra vez se venía cansado.

—Amor, tenemos que hablar— le dije, eso pareció ponerlo nervioso.

—Sí, dime— se sentó a mi lado.

Pareció no escucharme con la atención como yo esperaba. Parecía disperso, preocupado. Le conté los problemas que pasaba mi empresa y no se opuso a que volviera al trabajo. Le dije incluso que conocía una niñera en el súper mercado y no le pareció mal.

Qué extraño. Será que el saber que Nessie la aceptaba también lo convenció.

Al día siguiente Irina llegó puntual, a las nueve de la mañana. Pensaba ir sólo un par de horas y regresar antes del medio día.

Con mucho pesar dejé a mi pequeña y fui a arreglar esos asuntos. Todo parecía patas arriba, Rosalie no sabía que responder a los medios de comunicación que llamaban sin parar. Alice seguía en el juzgado. Yo estaba muy molesta porque ni siquiera me había devuelto la llamada.

Me enfrasqué en redactar  notas de prensa que no me di cuenta de la hora. Ya había pasado de la 1 de la tarde, me apresuré en llamar a casa.

—No se preocupe señora Bella, Nessie está durmiendo la siesta, comió su papilla y ha tomado dos biberones de leche— me tranquilizó Irina.

Me animé a quedarme a almorzar cerca del trabajo. Rosalie y yo bajamos al restaurante de la esquina.

Estábamos en pleno almuerzo cuando llegó Lauren.  La amiguísima de Jessica.  No sabía cómo echarla del lugar. 

—Hola Bella— me saludó al pasar a mi lado.

—Lauren— apenas la saludé.

—¿Has vuelto a trabajar? Yo pensaba que ya te habías enterrado en tu casa— sonrió. Si por mí fuera, le pateaba el culo por idiota.

—¿Miedo Lauren?— dije algo sarcástica. No me daban ganas de pelearme con esa tipa. Bastantes problemas tenía en la cabeza, cada 5 minutos recordaba a Nessie y se me hacía un nudo en el pecho.

—Miedo deberías tener tú. El otro día vi a tu marido almorzando con una rubia— sonrió de oreja a oreja.

—Mi marido almuerza con socios todo el tiempo— dije tomando un sorbo de mi bebida. Trataba de no darle importancia pero me fastidiaba que me golpee justo donde más me duele. Edward era mi debilidad. Pongan Edward y otra mujer en la misma oración y me hierve la sangre.

—Era una socia muy cariñosa, le tomaba las manos y parecía llorarle. Además era una rubia tan jovencita parecía menor de edad. ¿Cuántos tienes tú? ¿Veinticinco, treinta?— era oficial. Trapearía el suelo con esta mentirosa.

—Tienes tres segundos para marcharte o me voy a olvidar que soy una dama Lauren— le sonreí. Pero si las miradas mataran, esa mujercita ya estaría hecha cenizas. No volvió a abrir la boca y siguió su camino.

— ¡Maldita bruja! Las cosas que se inventa para molestar— suspiré tomando más agua.

—Si claro— Rosalie no parecía indignada como yo. Terminamos de comer en silencio pero cuando entrabamos al edificio Rose, que parecía en una batalla interna me sorprendió.

—Bella. Lo que dijo la perra de Lauren allá en el restaurante es cierto— dijo fastidiada.

— ¿Qué? ¿Qué parte?— mi cuerpo temblaba.

—Que yo también he visto a Edward con una joven rubia. No sé si es su paciente. No sé si es alguna amiga. Pero si lo he visto con una rubia hace dos días.

Todo mi ímpetu por la empresa, se fue abajo. Edward, mi Edward, el hombre que amaba, el padre de mi hija, el marido ejemplar… ¿Andaba con otra mujer? Y sin embargo todo tenía sentido. Había empezado a llegar tarde, a evitarme estas últimas noches.  Parecía cansado, triste… tal vez era la culpa lo que lo tenía así.

Traté de no parecer molesta pero no entré a la empresa. Ahora, en este preciso momento me importaba una mierda la revista.

Nada era más importante que saber la verdad. Si Edward me estaba engañando con otra mujer o no. Lo demás se puede ir por el retrete. Mi mundo se vendría abajo si yo no podía confiar más en mi marido.

Siempre me consideré una mujer afortunada, la más afortunada del mundo. Había logrado mi “felices por siempre” al casarme con el hombre que amé desde la primera vez que vi.

Edward era hermoso. Una sola de sus sonrisas quitaba el aliento. Ni que decir el día que me dijo que me amaba. Creí que me había sacado la lotería, que tenía el premio mayor. ¡Yo, amada por el hombre que en secreto adoraba! Fue más de lo que creí merecer. Pero dos años después de mi boda y con una hija, la noticia de que mi esposo andaba con otra me cayó como una bomba atómica.

—Irina, sé que tienes clases hoy pero necesito que te quedes, por favor. Te pagaré el doble, el triple si es necesario— empecé a decir rápidamente al teléfono, pues estaba en camino al consultorio de mi marido.

—Señora… es que…

—Por favor, es algo muy pero muy delicado. Te lo ruego. No me falles— corté antes que ella pudiera arrepentirse.

Ahora sí. A poner las cosas en claro con “el hombre de mi vida”. Edward me iba a explicar porque salía a comer y a pasear con una rubia adolescente.

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¿Edward estará engañando a Bella? ¿Qué estará ocultando?

PATITO

24 febrero 2013

Cap 1 Tu, mis celos y yo





CAPÍTULO 1: YO CUIDO LO QUE ES MÍO

BELLA

Estaba apurada terminando de hacerle la papilla a Renesmee, ella había volcado el biberón y gran parte de su leche goteaba ensuciando el piso de mi inmaculada cocina. ¡Rayos!

A veces, cuando me desbordaban los quehaceres, tenía ganas de salir corriendo y regresar a mi antiguo empleo en la revista de modas que mi cuñada Alice, dirigía.

Pero yo misma elegí quedarme al lado de mi hija hasta que cumpliera al menos 6 meses.

Nadie mejor que yo para cuidar de ella. Sabía que al volver a trabajar tendría que esforzarme el doble pues la moda cambia a una velocidad vertiginosa.

El teléfono sonó y me debatía entre ir a contestar o apagar la cocina. Renesmee empezó a llorar.

Creo que debí aceptar la propuesta de Edward y dejar que venga alguien a ayudarme con la limpieza, el lavado y la cocina. Pero quería ahorrar, necesitábamos ese dinero.

Nuestra bebé era una fuente inagotable de egresos. Pañales, leche, ropa, juguetes.

Y yo con gran alegría iba de tiendas los fines de semana a comprar todo lo que hacía falta. Aunque en el transcurso de la semana trabaje como esclava en el hogar.

Levanté a mi enana y le dejé en su corralito, unos minutos lloriqueando no le harían mal. Corrí a levantar el auricular antes que dé la última timbrada y la llamada sea derivada a la contestadora.

— ¿Diga?

—Buenos días. ¿Disculpe, es la casa del Doctor Edward Cullen?— era la voz de una mujer. Y no la conocía.

—Sí, él está trabajando ¿Quiere dejar algún encargo?

—Bueno, no en realidad, quisiera saber la dirección de su consultorio— dijo.

Una paciente, sonreí. Mi marido era el mejor psicólogo de la ciudad, a veces lo llamaban a casa para consultas privadas.

—Claro. Es en el 535 de la Avenida Lincoln— dije recordando el hermoso lugar que Edward había conseguido hace tan sólo un año atrás. Antes tenía una consulta en una zona no muy próspera,  se dedicaba a ayudar adolescentes desadaptados, pero desde que nos casamos él “sentó cabeza” como dijo su padre. Puso un consultorio elegante y le va de maravilla. No sé porque tardó tanto en asentarse.

—Gracias. ¿Disculpe, es usted su hermana?— preguntó nuevamente aquella voz suave.

—No, soy su esposa— contesté muy orgullosa.

—Oh. No sabía que Edward era casado. Bueno gracias. Adiós—me colgó el teléfono. 

Achiqué los ojos. Si algo me molestaba, eran las mujeres que miraban demasiado a mi marido.  O las ofrecidas que se le regalaban. Y he conocido docenas de ellas, que tan sólo mirarlo parecen perder las bragas. ¡Malditas!

Bueno, sólo espero que esa “mujercita” quiera una consulta profesional. Ganas no me faltan de poner cámaras en el consultorio de Edward para saber cuáles de todas sus pacientes le hacen propuestas indecentes, mientras yo aquí en mi casa, soy su cenicienta. Porque aunque Edward no me lo diga, sé que ha tenido que echar de la consulta a más de una lagartona que le ha pedido que las “relaje”. Como si mi marido estuviera para satisfacer sus frustraciones. ¡Las odio! ¡Regalonas!

¡Qué exagerada que soy!  Mi marido era un hombre correcto. Y si estoy aquí con papilla en la cara, leche en mis zapatos y un delantal manchado, es porque yo lo elegí. Bien podría tener a alguien que se encargue de todo mientras yo juego con mi bebé, o podría también estar sentada en una cómoda oficina redactando artículos de moda. O vigilando a mi marido… no sería mala idea.

El grito que pegó mi hija me hizo saltar. ¡La papilla!


—Amor, hoy te llamó una mujer pidiendo  la dirección del consultorio— comenté mientras servía la cena. Lo miré fijamente para ver si sus expresiones cambiaban.

— ¿Te dijo su nombre?— respondió  mi Edward secando sus manos.

—No. Sólo dijo… Que no sabía que eras casado— el tono de mi voz se hizo duro.

— ¿Así? Quizás sea una antigua paciente que me encontró por la guía telefónica, hace tanto que no voy ni un fin de semana a apoyar a los albergues para madres adolescentes— él ni cuenta se dio que yo estaba un pelín molesta por esa llamada.

Edward siempre estaba en las nubes, pensando en cómo ayudar a las personas, planeando hacer centros de rehabilitación para suicidas, adictos y demás gente llena de problemas.

He de confesar que no soy alguien muy altruista. Me dedico a la moda, con eso digo todo.

Me da pena el sufrimiento del prójimo pero no es algo que me quite el sueño. Debe ser porque he tenido un hogar normal, sin altibajos, ni problemas. Crecí en un ambiente tranquilo, estudié, me gradué, conseguí un empleo, conocí al hombre de mi vida y formé una familia. No me salté etapas ni tuve una adolescencia rebelde. Quizás porque no había razón para rebelarme por nada.

—Pues no sé quién era. No dijo su nombre. Y me colgó— seguí haciéndome la interesante.

—Hoy no he tenido pacientes nuevos. ¡Qué bien huele eso!— acercó su nariz a mi asado. Edward era despistado para mis reclamos. ¿O se hacía el despistado?

Una vez me había dicho que entendía mejor a un suicida que a una mujer celosa. Y que si quería reclamarle algo, se lo diga de frente y con todas sus palabras.

Bueno, esto no ameritaba decirle que estaba celosa. Era sólo una llamada. Seguramente aquella mujer ni siquiera iría a verlo, ya le había dejado bien en claro que él tenía dueña. No hay de qué preocuparme.


Dos semanas después me encontraba en el centro comercial esperando a Alice y Esme. Necesitaba comprar más ropa de bebé. Nessie crecía a una velocidad asombrosa y estaba engordando. Necesitaba todo, una talla más grande.

— ¡Ey Bella!— escuché que me llamaban. Reconocería esa voz en cualquier lugar. Mi mejor amiga, mi socia. Alice Cullen.

Nos conocimos en la universidad, yo cursaba el último semestre de literatura y ella el de administración. Pero ambas coincidimos en que nos gustaba mucho la ropa, los accesorios, las carteras. Con mis ediciones y su visión de empresa nos fue bastante bien.

Ahora me siento tan desplazada. Rosalie Hale, la esposa de Emmett entró a trabajar en mi lugar. No es tan buena redactando los artículos pero las fotografías y la edición han mejorado bastante. 

Y, cómo para terminar de deprimirme Rose venía al lado de Alice. Nunca fuimos las mejores amigas, siempre guardé mis distancias porque las rubias no me caen bien.

— ¡Bella! ¡Nessie! ¿Cómo está la bebé más hermosa del mundo?— allí iba mi cuñada otra vez. Siempre que veía a mi hija la llamaba como el monstro del Lago Ness y se dedicaba a hacerle caritas a la niña.

—Hola Bella, tu hija está muy bonita— una sonrisa genuina alumbró el rostro casi siempre adusto de Rose.

—Gracias. ¿Cómo va todo en la revista?— pregunté.

—Ah muy bien, nos demandaron esta semana. ¡Me sonrió! ¿Vieron? ¿Vieron?— Alice saltó de alegría mirando a su sobrina mientras yo me quedé helada.

—La línea de primavera que sacamos es bastante parecida a la de Savagge, la empresa de Jessica— me anunció Rose. Caray, eso no podía ser verdad.

—No es parecida, es la misma. La muy idiota se copió mis diseños antes que yo los sacara. Hace dos meses se malogró la fotocopiadora de la empresa, como no quise gastar la tinta de todas las impresoras, las llevé a fotocopiar a un centro fotográfico. De allí debió haberlas tomado. Pero no hay problema, las tengo patentadas desde hace un mes y su revista apenas salió el lunes. ¡Me hizo un puchero! ¡Mírenla! ¡Me ama!— chilló mi amiga. La revista era lo que menos le importaba en este momento.

—Pero es seguro ¿Verdad? ¿No habrá problemas?— pregunté alarmada. Rosalie también parecía encantada con Renesmee y no mostraba la debida preocupación.

—A menos que ella las patentara antes, no tendremos de que preocuparnos, en todo caso, nuestros folios están fechados. Emmett prometió encargarse personalmente del asunto— había olvidado que el marido de Rose era abogado.

Entramos a más de veinte tiendas y adquirimos tanta ropa que sería suficiente para que mi nena se vistiera por varios meses. Alice estaba loca de alegría probándole muchos vestidos, que cansada de tantas cosas nuevas, la princesita se durmió.

Mientras comíamos algo Alice recibió una llamada, era Esme.

—No mami… no, no he visto a papá desde anoche. Si, le llamaré— colgó. Rose y yo la miramos. –Papá se le perdió. Seguro está en una operación y por eso tiene el celular apagado— contestó. No sé porque Rose hizo un gesto desagradable. ¿Cuál era su problema? Nuestro suegro era una persona bastante recta. No podría imaginármelo haciendo algo indebido.

Nos despedimos casi al anochecer y me fui a casa.

Preparé la cena, la comida de Nessie, que nunca paraba de comer. Carambas, yo también estoy empezando a llamarla así. Planché un poco de ropa, miré algo de televisión y Edward no llegaba.  Era extraño, él nunca se retrasaba.

Marqué su celular y estaba apagado. No sabía qué hacer. Le llamé a mi suegra pero me dijo que Carlisle y Edward estaban juntos por un detalle médico.

Mi marido llegó una hora después, bastante serio.

— ¿Qué pasó amor? ¿Por qué llegas tan tarde?— pregunté. Quizás elevé un poco el tono de mi voz.

—Problemas en el trabajo— respondió colocando su maletín en el lugar de siempre.

— ¿Qué problemas?— pregunté poniéndome delante de él. Esperaba que no saliera con su discurso de siempre, cuando estoy enfadada. Edward me había pedido varias veces que vaya a ver a una colega suya, porque mis emociones están algo desequilibradas desde el parto.

—Alguien falleció— dijo muy preocupado.

— ¿Se mató?— me asusté mucho.

—No. Ya estaba mal, yo no sabía. Apenas me enteré hace un par de días de su estado. Tendré que ayudar un poco, era una mujer… con pocos recursos— dijo quitándose el abrigo.

—Claro amor. Pero deberías contactar con servicio social ¿No crees?— pobre de mí Edward, tenía tan buen corazón, creo que debido a eso nunca amasó fortuna. Siempre estaba ayudando a los demás olvidándose de sí mismo. Pero ahora no podía darse el lujo, no cuando nuestra hija crecía y necesitaba cosas. Además estaba la hipoteca de la casa. Él ganaba bien pero el pago mensual de nuestra residencia nos dejaba sólo el 50% de sus ganancias.

—Sí. Eso haré. Mañana estaré fuera del consultorio… arreglando papeles— me sonrió tristemente.

Antes de irnos a la cama, eché un ojo a su abrigo. Tenía la mala costumbre de hurgar en sus bolsillos por si tenía papeles que botar. También revisé su celular. Había tres llamadas entre ayer y hoy que no estaban registradas.  De distintos números. No me pareció importante.

Dicen que quien no siente celos no está enamorado. Y yo estoy loca por Edward. Pero cuido lo que es mío, estoy siempre al pendiente, siempre vigilante. Una planta que no se cuida, muere. Por ello yo siempre estoy muy pendiente de las necesidades de mi marido.

Le tengo la comida más deliciosa preparada cuando llega. Cuido mi aspecto, no quiero que crea que soy una mujer descuidada de mi apariencia. Tengo la casa muy bien arreglada para que sea un ambiente agradable. Su ropa siempre está limpia, sus cosas en orden.  Soy la esposa perfecta.

Pero durante el día lo extraño tanto que me desespera saber que él sale a comer con sus colegas, va a reuniones de la sociedad de psicólogos, lleva una maestría los sábados.  Y yo no estoy incluida en eso. Tengo miedo que por allí conozca a alguien más bonita, más joven, más… interesante. Sé que él me ama pero ¿Cómo estar segura que me es fiel siempre?

Los hombres suelen mirar a las mujeres, se fijan en un buen trasero en unos pechos enormes. No sé si Edward sea la excepción. Y hay algunas ofrecidas que no le importa que sean hombres casados. Igual ofrecen su mercadería sin el menos pudor. ¡Cuántos hogares se han destruido por esas tipas que no tienen moral!

Recuerdo que en mi hogar sólo una vez hubo un problema de ese tipo. Una vez llegó a trabajar a la delegación de policía una teniente que venía de Seattle. Y le echó el ojo a mi papá. Se hizo amiga de mi madre, venía a la casa a visitar. ¡Incluso me regaló una cadena de oro en mi cumpleaños!

Grande fue mi decepción al ver que se le regalaba a Charlie el día del aniversario de la policía. Mi padre, que no suele tomar alcohol, había bebido un par de copas. Yo llegué al salón de eventos porque mamá me envió con algunos bocaditos. Ella estaba muy resfriada y no pudo ir.

Escuché claramente como esa teniente le proponía a papá ir a otro lugar más privado. Le dijo que estaba muy atraída por él. ¡Que sus bigotes eran sexys!

Yo quería llorar de rabia, afortunadamente papá se negó. Aproveché que ella fue al baño para hacerle una escenita. Tomé las butifarras que mamá y yo habíamos hecho y le restregué en la cara y el cabello con tiras de asado y cebollas. Le advertí que no volviera a casa o le contaría a mamá sus bajas intensiones.

Al poco tiempo esa perra se fue de Forks y Renée nunca se enteró de nada. Pero ese pasaje quedó tan marcado en mi memoria que tengo miedo siempre que alguien como esa “Sue” aparezca en la vida de mi esposo.

Dormí tranquila esa noche. Creo que fue la última noche que descansé bien. Porque desde entonces mi vida rutinaria se transformó en un verdadero infierno que me arrastró a cometer muchas acciones precipitadas.

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Primer capítulo de este fic corto.

Gracias por leer.